La muerte nunca es el final, sino el principio de algo más. Sentimientos como el amor logran trascender los límites y hoy Mariana Mérida nos roba una lágrima con este cuento.

La vida había sido larga, tal vez demasiado, para doña Juanita; mi bisabuela nonagenaria, con la que no se podía platicar sin que te saliera con una peculiar petición:

        -Ay, mi’ ja, por ahí pídele a Dios que me muera…

     Ella era una mujer bajita de estatura, de complexión delgada, aún bastante fuerte para su edad. Su ajado y manchado cutis, muy blanco en sus buenos tiempos, mostraba una pequeña cicatriz rosada bajo la nariz, consecuencia de un superado cáncer benigno de piel. Hija de unos campesinos, en su juventud se peinaba su larga cabellera azabache con gruesas trenzas y se cubría la cabeza con un rebozo; ahora sólo se vestía con unas sencillas batas de algodón con alegres estampados de flores. Viuda desde hacía cerca de 30 años, su naturaleza solía ser bastante gruñona, hasta amargada, pues a lo largo de su vida había superado, para bien o para mal, muchas vicisitudes.

     Para empezar, su madre, quien también se llamaba Juana, había sido en vida una mujer muy fea, tanto por dentro como por fuera, que nunca demostró amor hacia nada ni a nadie , por lo que Juanita siempre recibió malos tratos de su parte. Por otro lado, su padre, don Refugio, era un hombre muy guapo que, luego de casi ser atacado por un demoniaco perro negro con ojos de fuego, se había arrimado a un monasterio donde le enseñaron a leer y a escribir, conocimientos que luego transmitiría a sus hijos. Aun así, eso no lo salvaría de suicidarse, pues muchos años después, ya de viejo, le pediría a una de sus nietas que le arrimara un veneno con el cual se quitó la vida, causando mucho impacto en la inocente niña. Al parecer, en la familia de Juana ya existía cierta tendencia suicida.

       Desde niña, Juanita siempre había demostrado un carácter muy fuerte, siendo una pesadilla para sus compañeritas de escuela, a quienes las amarraba de las trenzas a sus asientos cuando la molestaban. En cierta ocasión, cuando ella caminaba por el campo, un toro la había correteado obligándola a ir recogiendo piedras en el camino y treparse a un árbol; ahí, le aventó las piedras hasta que le tumbó un cuerno. En otra ocasión, cuando apenas contaba con once años de edad, experimentó un intento de violación que se vio frustrado gracias a los gruesos nudos de su “calzón de castidad”. Sin embargo, aquel sólo sería el inicio, pues para su desgracia Juana era bonita, gracias a los genes de su padre.

Una de tantas hirientes frases que su madre le dedicaba, era la siguiente:

       –Es que estás bien pendeja, ¡si con tremendas chichotas podrías sacarnos de esta pobreza! Aprende a tus hermanas, ellas sí están usando lo que Dios les dio…

        Y es que la madre de Juana era, además de cruel, muy poco ortodoxa. Obligó a casi todas sus hijas a prostituirse, ya sea con parientes más adinerados o en burdeles, mientras que los hijos varones se hicieron todos unos malvivientes, siendo el más bueno de ellos un tipo que trabajaba en un elevador, que se encaprichó con una mujer que sólo jugó con él y él, en venganza, le arrojó ácido en la cara, desgraciándole la vida para siempre.

        Al ser una jovencita de catorce, huyendo de un pervertido tío, Juana se fugó y se casó con un hombre, que después de su noche de bodas la abandonó, dejándole sólo el acta de matrimonio hecha pedazos junto a la cama. Saboreando el rencor por vez primera, no le quedó de otra más que regresar a la casa de su tío, donde su desalmada madre quiso forzarla a amancebarse con él, justo como había logrado con Manuela, su hermana mayor. No obstante, Juana además de bonita era bastante terca, por lo que no le importaron las consecuencias al herir de gravedad a su tío, cuando éste quiso abusar de ella. Su madre al enterarse de esto, le dio tremenda paliza, encerrándola en un cuarto y obligándola a planchar la ropa de todos, como ya era la costumbre.

       Llorando amargamente su infortunio, Juana no advirtió en un principio el escenario que ofrecía su ventanal, que daba hacia la calle. Ahí, era habitual que los mineros pasaran, tras una dura jornada de trabajo. Juana tampoco advirtió que uno de esos mineros tuvo el valor de acercarse a su ventana, hasta que el joven le habló:

       –Oiga, señorita. ¿Por qué llora?

      Juana alzó su rostro bañado en lágrimas y lo reconoció. Desde hacía un tiempo que ella y aquel joven se miraban, incluso ya tenían el atrevimiento de escribirse cartas, que se dejaban frente al ventanal, el mismo desde donde ahora él le hablaba.

        –Qué le importa –replicó Juana, limpiándose el rostro y volviendo a lo suyo.

      –Perdóneme el atrevimiento, pero es que yo la veo tan bonita como para que ande usted sufriendo –respondió el minero, con exquisita educación.

       Sin poder ocultar su angustia, Juana tragó gordo mientras se volvía limpiar la cara. De modo que se rindió y a regañadientes contó a grandes rasgos sus desgracias.

         El joven, frunciendo el ceño y asintiendo, le propuso a quemarropa:

        –¿Y por qué no se huye conmigo?

Juana se quedó de una pieza.

        –¿Habla en serio?

        –Claro que sí –contestó el joven–. Ándele, yo la hago fuerte. Véngase conmigo.

       Ella lo miró, y luego miró la puerta de su encierro. Volvió a mirarlo a él y, en menos de unos segundos, se pusieron de acuerdo en su plan de escape.

      Como ella estaba planchando la ropa, aprovechó la situación y le entregó al joven minero sus propias prendas. El joven se retiró para luego volver en la noche, y ahí Juana se brincó el ventanal con ayuda de su nuevo marido, con quien se casaría luego de que ella le pariera nada más y nada menos que seis hijos.

       Su matrimonio con Santos sería largo y, aunque lleno de más vicisitudes, leal hasta la muerte, cumpliendo su juramento. Y aunque distaría mucho de ser un cuento de hadas, como los que Juana solía escuchar de su padre, sí que fue un matrimonio estable donde se cuidaron uno al otro, y así hasta que Santos falleciera de cáncer en los huesos.

     Ahora que ya era vieja y vivía sola, Juana mataba su tiempo viendo telenovelas, tejiendo carpetas, comiendo mazapanes y tomando Coca-Cola. Algunas veces sus hijos y hasta sus nietos venían a visitarla, unos menos frecuentes que otros, pero todos los de su familia de alguna manera la procuraban. Cuando la visitaban sus nietos más pequeños, a su modo agrio, los recibía y les contaba uno de los cuentos que su padre le había contado a ella, además de darles de comer deliciosas capirotadas. Por otro lado, sus hijos, quienes eran adultos ya, mostraban una auténtica preocupación por su frágil salud, cosa a la que doña Juanita se mostraba renuente.

        Así era, a grandes rasgos, la existencia de doña Juanita, hasta que llegó la noche en que finalmente falleció.

       Durmiendo en su cama, Juana de pronto abrió sus cansados ojos y vio claramente frente a ella a su difunto marido. Hombre alto, delgado, de nariz aguileña y canoso cabello peinado hacia atrás, la miraba fijamente con sus pequeños ojos, tan amarillos como los de un gato entre la leña. Lejos de asustarse, ella hizo un gesto de fastidio y dijo:

            –¿Qué chingados haces aquí?

          La espectral figura de su esposo le sonreía, hablándole con aquella voz que Juanita hacía años que no escuchaba, pero que reconocía hasta en pipián:

            –Juanilla, ¿hace cuánto que no comes?

            –¡Qué te importa! Ya me quiero morir y nadie me hace caso de pedírselo a Dios.

            –Dios te escuchó desde hace tiempo, pero aún tenías cosas qué aprender antes de llevarte a su presencia. Ahora me ha enviado por ti.

        Juanita se quedó callada un momento, sintiendo miedo por conseguir lo que había pedido. Pero su carácter rudo la hizo aparentar sobreponerse y contestó retadora:

            –Pues, ¿qué esperas? ¡Vámonos!

Don Santos sonrió benévolo y meneó la cabeza.

            –No…aún no. Tú no has cambiado.

            –¿Y que querías que cambiara? –inquirió ella más retadoramente–. ¡A ver, dime!

            Su marido la miró una vez más con aquella eterna paciencia que siempre le tuvo en vida, aun en los peores momentos. Entonces le dijo:

              –Lo primero que debes hacer antes de irnos, es mirar tu vida y entender qué es lo que lograste en ella…

            –¿Lograr yo? –replicó Juana, incrédula–. Solo amargarme, sentirme abandonada.

            –¿Y por qué? –la cuestionó él tranquilamente.

            Doña Juana se quedó atónita, pues nunca nadie se lo había preguntado. Pensando unos largos segundos, sólo atinó a decir:

            –Pues, me quedé sola por vivir tanto. Tú moriste joven y aún eras útil a otros, pero yo llegué a anciana y me convertí en un estorbo.

              –¿De veras? –inquirió su marido, esbozando una sutil sonrisa irónica.

              El espectro de don Santos mostró varios momentos de la vida de Juana, donde sus hijos, nietos y demás parientes la habían querido hacer partícipe de sus vidas, pero ella los había rechazado a todos con malos modos. La anciana mujer volvió a enmudecer.

Santos volvió a tomar la palabra.

           –Has sido una mujer muy mala, Juanilla. Por eso no podías salirte con la tuya, pues la muerte nunca es a contentillo. Tienes que empezar a aceptar tus errores.

Juana caviló nerviosamente, pues odiaba admitir sus errores.

            –Yo…los alejé, porque quería estar sola. Yo nunca toleré que quisieran gobernar mi vida. Pero supongo que ellos solo querían cuidarme y quererme…y yo no lo permití…

            –Pero aun así te han amado y cuidado –afirmaba don Santos–. Ahora mismo están rodeando tu lecho y han traído un médico, pues estás en agonía.

            Juana se quedó de una pieza, mirando a su alrededor. No podía ver nada más que su habitación, sumida en la obscuridad, y a su marido plantado frente a ella.

            –¿Descubrirán que me dejé morir de hambre? –preguntó con miedo.

            Santos afirmó lentamente con la cabeza.

            –Si, en cuanto te examine el médico. Es una pena que nuestra hija Virginia, con la que viviste tus últimos años, nunca supiera que tirabas al excusado la comida que te traía, tan amorosamente preparada.

            Entonces Juanita sintió que un nudo se la hacía en la garganta.

            –Fui egoísta ¿verdad? –preguntó, titubeando.

            –Bastante, Juanilla. Pero también hiciste cosas buenas. ¿Recuerdas alguna?

           Nuevamente Juana se quedó pensando un rato antes de contestar:

          –Yo…siempre fui leal contigo. Aún recuerdo cuando te acusaron falsamente de robo y querían mandarte preso a las islas Marías; siempre estuve contigo. Desde que nos juntamos, siempre te seguí a donde fueras; cuidé de nuestros hijos, que fueron nueve, y aún crié a dos ajenos, los hijos de los Manderfield, aquellos que murieron en la guerra.

            –¿Lo ves? Lograste dar amor a mucha gente: a mí, a nuestros hijos, incluso a esos buenos muchachos, que aun agonizando en la batalla siempre pensaron en ti. Hasta yo en mi lecho de muerte me lamenté que no estuvieras conmigo, porque me llevaron casi a la fuerza a México y no pudiste acompañarme por tu ya avanzada edad…

            –¿Por eso anduviste fregando a nuestros hijos que me cuidaran, cuando moriste?

            –No podía dejarte sola –explicó Santos–. Cuando morí, no pude dejar eso resuelto, por eso fui con nuestra hija Tina para intentar darle mi mensaje. Y aun con eso, aun debía asegurarme que fueras bien cuidada…

            –Por eso andabas fregándome sin dejarme sola, ¿verdad? –reclamó Juana–. ¡Sabía que eras tú! ¡Siempre tuviste esa mala maña, aún vivo! Aparecerte como santa aparición, me dabas tremendos sustos en la cocina. Y, pos, ahora muerto, peor tantito…

            Su marido le sonrió con benevolencia.

            –Pero ahora son nuestros hijos los que estarán de luto. Es normal, algún día tenía que ser. Lo que les duele más es cómo fue: se han enterado que te dejaste morir. Y no lo entienden, no entienden qué fue lo que no pudieron darte para que quisieras irte.

Juanita se llenó de culpa y pidió desesperada:

            –¡Déjame volver! Al menos para hablar con ellos antes de irme. Que sepan que no fue así, yo nomás no quería ser más una carga para ellos…

            –Lo siento; es tu hora y ya no podrás volver a hablar. Solo tendrás consciencia para recibir la extrema unción del sacerdote, gracias a tu arrepentimiento.

            –¡Pero mis hijos tienen que saber que no tienen ninguna culpa!

            Entonces don Santos apareció más cerca de la cabeza de su mujer, y acariciándole amorosamente la frente, le murmuró:

            –Ellos lo entenderán llegado el momento. No te preocupes, chaparrita.

           Los ojos de Juana se cerraron, sintiendo cómo se le agitaba la respiración. En plena obscuridad, pudo oír claramente al sacerdote rezando, acompañado de muchas personas cuyas voces reconoció: sus nueve hijos, e incluso algunos nietos, se encontraban rezando y rezando con mucho fervor cada una de las oraciones.

          Juana no podía abrir los ojos, articular palabra o mover su cuerpo. Pero de pronto, sintió una mano sobre la suya, y oyó únicamente la voz de su hija Tina diciéndole:

            –Mamá, ¿tienes miedo?

        Con todas sus fuerzas, Juana trató de afirmar con su cabeza. No supo si lo logró o no, pero su hija entendió y le dijo:

       –Mamá, esto es lo que tú querías. Ahora sólo entrégate a Dios, nosotros estaremos conformes con tu decisión.

          Juanita se relajó; una inmensa calma la invadió cuando sintió en su marchita frente la humedad de los santos óleos. Su espíritu se separó de su cuerpo y ahí fue cuando por fin pudo abrir los ojos, distinguiendo a su marido don Santos en medio de sus hijos. Ella, al ver cómo el hombre que había amado tanto le extendía los brazos, no dudó ni un segundo y se le abalanzó, sintiendo su cálido abrazo por vez primera en mucho tiempo.

         Cuando los esposos se separaron, Juana tuvo el valor de voltear a mirar a quienes dejaba atrás, y claramente pudo ver a toda su familia alrededor de su lecho. A su manera, cada uno desahogaba su pena, pero aun así la anciana mujer tuvo la certeza de que todos estarían bien y lo superarían; ella misma los había criado, por lo que los conocía al dedillo, y los conocía lo suficiente para saber, con sólo verlos, que estarían bien.

          El alma de doña Juanita, una fuerte mujer que había vivido diversas experiencias, se unió a la de su amado marido don Santos, y ambos abandonaron este mundo tomados de la mano, tal y como se fueron cuando de jóvenes se huyeron por primera vez.

Ni aun la muerte, con su implacable veredicto, había logrado separarlos.