Los recuerdos, el amor y la amistad siempre se encuentran presentes y hoy Ángel Guagnelli nos comparte un interesante cuento.

Era una víspera de otoño cuando lo vi por última vez. Estaba sentado en la banca de algún parque, esperando a que el jazz le acompañara en lo que pronosticaba ser una fría y solitaria velada. En la mano izquierda tenía a su guitarra con la tercera cuerda rota y la caja ya desgastada; en la mano derecha sujetaba un cigarrillo a medio terminar, dejando caer la ceniza en sus pies junto al envase de una cerveza que se había bebido antes de mi llegada.

Lo primero que noté fue que había pasado ya un tiempo considerable desde el pasado encuentro, podría decirse que su personalidad es totalmente la de otra persona. Ni siquiera tuve que decir una palabra para saber que no se encontraba bien, su propia expresión distraída ya decía mucho incluso a una gran distancia. Se notaba a leguas su confusión, producto de aquellos pensamientos que lo tenían abrumado desde hacía semanas; su mirada estaba fuera de sí, sus emociones se escuchan a kilómetros de aquí… era como si se hubiera roto por dentro o se hubiera perdido en la pena. Era un artista sin su pincel… un ave sin alas.

Hablamos por un rato aquella noche mientras el tabaco terminaba de consumirse con el aire de septiembre. Confesó, entre murmullos, que sentía inseguridad en el sitio donde nos encontrábamos y que ni siquiera recuerda cómo fue que sus piernas lo habían llevado de vuelta. Habría sido sonámbulo, tal vez. ¿O sería que sus recuerdos jugaron en contra suya? No es de extrañarse que le sucedan este tipo de cosas, el hombre suele ser muy voluble ante las emociones que en él nacen. Tampoco me parece coincidencia que se comporte cual prevaricador tan solo por aburrimiento u ocio. Si en algo es experto, es en procrastinar… por mi parte puedo decir que no somos tan distintos en ese aspecto.

– No me siento del todo seguro aquí – recalcó.

Le dio un gran respiro al clavo en sus manos. Guardó el humo un par de segundos y pausó la música momentáneamente.

– ¿No te parece raro? – pregunta al aire, el humo sale denso y pálido como la niebla, y se va dispersando por el viento hasta que no queda rastro. – El silencio… es tan raro… es muy confortable.

Apagó la colilla con la suela de su calzado, vio su reproductor de música y cambió la pista que había puesto en pausa por una con ritmo tenue y melodía suspicaz, cerró los ojos y no dijo ni una sola palabra más. Le gusta hacerse el intenso cuando de fumar se trata, como si le dijera a la muerte: “venga, que ya nada me importa”. Así es él, siempre ha sido él. Tardaría mucho en explicar su comportamiento, sus hábitos, la manera en la que muere y la extrañeza con la que sobrevive a sus propios deseos suicidas. Tan solo puedo decir que es él, un tipejo raro, rayando en lo psicótico y un tanto distraído.

Aunque muchas veces quisiera saber qué es lo que piensa realmente, ergo, lo que calla mientras habla contigo sobre cualquier cosa. No obstante, cuando el silencio se apodera de él, es cuando más intrigado me siento. Su silencio no es indiferencia, eso me ha quedado claro; tampoco es una grosería o algo que genere incomodidad, simplemente es algo importante para él, y por más que intentes hacerlo parlar, jamás podrás apartarlo de su nebulosa mental. No he de palidecer, hoy no. Su ansiedad ya no altera a la mía. Al contrario, lo veo como una oportunidad de llevarle el ritmo, de saber cómo es que solo existir le ha llevado hasta aquí … o eso pienso yo.

– Entre la luna y el mar nace una figura sin igual. Se hace llamar “La poetisa”.

– ¿Disculpa? – me tomó desprevenido tratando de buscarle sentido a su vida. Es como si supiera identificar el momento en el que lo intentas comprender, y te distrae de lo que sea que puedas pensar. – ¿Quién es la poetisa? – le pregunté medianamente intrigado, quería seguirle el juego y no sabía que me estaba llevando al mayor de sus anhelos.

– ¿No te había hablado de ella? – echó la mirada al cielo y siguió fumando como un loco – Es la belleza en todo su esplendor, mi amigo. Una estela furiosa envuelta en llamas que hizo brillar mi corazón cual faro en medio del oscuro mar. Incomparable y pura. El total manifiesto de mi gran amor. Como ella no hay ninguna – versó.

Sacó de su chamarra la cajetilla con los últimos tres cigarrillos que nos quedaban. Tomó uno y lo llevo a su boca sin encenderlo; me ofreció uno, lo acepté y procedí con la misma acción, nunca es bueno fumar solo, sobre todo cuando el nudo en la garganta no te permite siquiera respirar el aire limpio. Permanecí pensativo apenas mencionó a la sursuncorda, a quien describió como beata, una joya de mujer que logró compenetrar sus sentimientos, algo que creí imposible que le sucediera a este mujeriego de cuarta.

La conoció en sus días de flaniere junto a un árbol, en medio de un ruido vacío; cientos de personas caminaban por ahí una y otra vez para comer, charlar o hacer tareas pendientes, incluso le parecían familiares los rostros de quienes frecuentaban el sitio, los había visto en al menos una ocasión a cada uno. Pero ella… era la primera vez que su mirada se perdía en unos ojos tan brillantes, según él lo describe.

Ha mencionado no poder resistirse a su belleza, como un mortal que fuere hechizado por el canto de una bruja, así lo relata. Su espíritu le pertenece al fuego, pues nació entre la luna y el mar, ese espacio donde las estrellas se funden de luz para iluminar a la humanidad… Una mujer cósmica, ¿quién lo diría? Suena a una fantasía para cualquiera, el deseo de los hombres mortales y el regalo divino de los dioses.

Para él fue un hermoso sueño que se plasmó en su realidad, un sueño de aquellos en los que puedes sentir el aire en tu cuerpo al volar; cada instante a su lado era colmar a la magia de tanto romance y de tanto placer; dos almas que se habían unido al unísono, a la suave melodía de la vida; fue un sueño tan profundo y tan personal que se lo olvidó que un día debería despertar.

 ¡Cielo santo! Cómo le dolía pensar que nadie la vería de la misma forma en que él lo hacía… que nadie la podría amar tanto como él lo hacía.

– ¿Qué pasó con ella? – le pregunté

Calló por un par de segundos mirando al infinito. Prendió el tabaco.

– Mmmmm… No lo sé. Simplemente desperté aquí, en medio de un sueño, cubierto por la tierra después de terminada la tormenta que azotó desde la tarde. Abrí mis ojos y aquí estaba sentado; no había nadie, no había aves, no había nada. Por un momento me sentí tranquilo, ¿qué clase de mal podría existir aquí? Pero la soledad se volvió aplastante y ya me había cansado de pensar… Al final me di cuenta que nada de esto cambiaría, que la ansiedad jamás se iría. Regresé al lugar donde habíamos nacido, pero ahora estaba solo…

Arrojó el cigarro al piso cuando apenas iba por la mitad, tomó su guitarra y se la colocó en las piernas como si fuera a interpretar algo, pero simplemente se mantuvo quieto, con una mirada de nostalgia profunda. Paseaba sus dedos de traste en traste, haciendo resonar el bordón cada cuatro tiempos, lo demás eran cálidas caricias sobre el cuerpo y el brazo, con ligeras pisadas simulando la percusión de una melodía nueva para mis oídos. Fue subiendo el ritmo lentamente con un suave arpegio… y un vertiginoso crescendo se apoderó de él.

– Sí que fluyes – le dije esperando no interrumpir su pieza.

Continuó tocando…

“Los días con ella estaban llenos de magia. Y en las noches la luna brillaba solo para nosotros. Fue así por un buen rato, una época de luz que nos mantuvo unidos, incluso cuando estábamos en lugares distintos. Nuestros corazones se habían conectado sin dudas, sin el miedo de perdernos en el camino que habíamos forjado. Cada momento que vivíamos, cada sincronía, eran la confirmación de que nuestro amor sería indestructible.”.

Pausó…

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar el tiempo, lugar o circunstancia. El hilo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca se romperá”.

– ¿Crees en esa leyenda? – le pregunté…

Una sonrisa se dibujó en su rostro, probablemente la más sincera y expresiva que le he visto en mucho tiempo; tan contagiosa que no pude evitar seguir su gesto, por muy raro que fuere, por muy raro que lo encontrara. Pues toda esta plática ha estado al borde de un agudo llanto que de pronto se tragó. Repentinamente se levantó de su asiento y comenzó a caminar en círculos sobre el césped, alrededor de un árbol que ya estaba dormido desde hace unas cuantas horas. Estiraba sus brazos, giraba sobre sí mismo, siempre con la vista y la mente en el cielo, como un niño buscando naves extraterrestres en la cima de la montaña.

– Todo este tiempo hablando… y sólo me has contado lo maravillosa que era. Sin embargo, estás destrozado, ¿no debería ser que hablaras mal de ella? Al menos un pequeño “esa maldita me rompió el corazón” – le dije, pero dudo que me haya prestado atención.

– ¿Recuerdas cuando me hablaban los animales? Eran tiempos gloriosos. Estaban llenos de magia, diversión, aventuras increíbles que vivíamos una y otra vez… – se detuvo al costado de un árbol, con la mano sobre el tronco, lo que decía no tenía sentido – ¿Recuerdas cuándo fue la última ocasión que vimos algo similar? Ni siquiera sé si todavía están aquí.

Quizá la conversación no tenía nada que ver con lo que habíamos charlado los últimos minutos, pero claro que sabía de lo que me hablaba y percibía la misma pena que él con respecto a ello. El abandono fue algo con lo que nunca pudo lidiar, por más que lo intentaba, aunque se hiciera el fuerte.

– No solo se trata de ella, ¿verdad? – me paré a su lado.

– Una de varias… la más importante, quizás. Pero sí, aún hay tanto por resolver de tantas cosas que apenas y puedo recordar lo que es – miró a sus manos, las cuales le temblaban como las de alguien con el pulso de una metralleta, y tomó con firmeza la soga que llevaba en la mano – Solo esto me queda.

Su sonrisa se volvió una mueca amarga y solitaria apenas terminó su diálogo. Vi en él lo que sentía en verdad, el dolor que vivió cuando perdió todo lo que para él era importante. Ahora comprendo sus lágrimas, la desesperación, el pesar que conlleva vivir una vida vacía con la vista nublada y la cordura echada a un lado… lo sé, porque ya lo he vivido antes. Porque soy una extensión de él.

– Hay tanto dentro de mí que me da miedo. Mi mente, mi cuerpo y mi espíritu están dañados… Perderme a mí mismo fue la peor tragedia, y lo único que no sé cómo remediar… – comentó dolido, se había tragado el llanto y su voz se hizo mucho más suave. Amarró la soga a una de las ramas con mayor grosor del árbol; se le notaba muy frío en su decisión, como si no le importara o como si fuera algo que lleva meditando desde hace tiempo. Al final solo dijo – “Ce fut un plaisir”. – y se me introdujo a la soga dejándola en su cuello.

– ¡Espera…! – quise detenerlo, pero ni siquiera tuve algo que decir cuando volteó a verme, como si hubiera olvidado cada palabra que he aprendido en mi vida. Quizá no debía decir nada en realidad. Sonrió por última vez.

– Tan solo quiero que ella esté bien, que mi familia esté bien, que mis amigos estén bien. Y quiero poder estar igual de bien que ellos. – dijo al final, con aire tranquilo y el alma descansada, perdonándose todo lo que se había hecho a sí mismo, lo que le hizo a los demás y lo que ellos le hicieron a él. Y con los brazos extendidos, como un ave libre, se echó al vacío.

Cayó al piso y mencionó sentir su cuerpo flotar como si hubiera vuelto a nacer. “¡Fue espléndido!” son sus exactas palabras y las últimas que le escuché decir. Todo se silenció a su alrededor, la neblina bajó y al tocar tierra se dispersó limpiando el mundo entero; no había más caminos, ni más edificios, o fábricas… Estaba en un valle caminando descalzo junto al lago, con esa sonrisa con la que partió dibujada en el rostro; además los estaba viendo una vez más y eso alegró su espíritu como en los viejos tiempos. Se quedó pasmado en cielo, simplemente esperando.

– ¿Lo has entendido? – le pregunté.

 Y asintió.