¿Y tú has pensado que pasaría si un día desaparecieras, si de un momento a otro la gente se olvidara de ti? El día de hoy desde la FES Acatlán, Adrián Ramos Mexicano nos comparte un cuento que nos dejará pensando un rato.

 

Sigo sin tener idea de lo que me ocurrió. Hasta hace unos días yo era total y absolutamente tangible. No morí, lo que me pasó es diferente: es como si simplemente hubiera dejado de existir, como si el universo se hubiera reconfigurado de tal manera que yo no hubiera estado nunca en él. Como cuando después de un par de oleajes, la arena de la playa se ve exactamente igual que hace un par de horas aunque ésta sea completamente distinta.

      Pero hubo un pequeño detalle que se le olvidó al Universo después de reconfigurarlo sin mí: yo sigo aquí, como una especie de Scrooge, contemplando el mundo ante su ausencia, pero sin alguien que venga a darme una lección moral ni de autoestima ni de superación personal. Tampoco soy como el Hombre Invisible, ¡no!, ese cabrón al menos podía golpear a quien quisiera. Ya lo dije, a mí me tocó ser intangible.

         Todo comenzó en un iHop. Tras la supervivencia que conlleva enfrentarse a la masa hedionda laboral del transporte público mañanero, me reconfortaría al desayunar unos deliciosos pancakes en compañía de aquella mujer que ha ganado mi cariño a pulso. Pero antes debía ir al baño. Pensé que no tardaría mucho, así que decidí pedir la mesa y salir corriendo con rumbo al sanitario. Y allí ocurrió. Teóricamente, esos baños son tan inteligentes que tienen la capacidad de arrojar su carga de agua cuando dejan de detectar al ser vivo que estaba ahí sentado; y digo teóricamente porque siempre se activan antes de que termines y quedas con las nalgas salpicadas. Pero esta vez no, porque… porque ¡me quedé sin nalgas!, sin piernas, sin manos, fui testigo de cómo mis manos se tornaban traslúcidas y desaparecían ante mi mirada. Sin saberlo en ese momento, me convertí en el espectador que he sido hasta ahora.

       Claro, en primera instancia me fundí con el pánico, pero encontré la manera de “trasladarme” hacia afuera del baño, hacia el conglomerado de mesas y personas. Y fue allí cuando ocurrió el reacomodo. Todo el mundo se encontraba en una especie de glitch. Por un par de segundos reinó la confusión, como si nadie supiera qué estuviera haciendo, algunos se movieron de forma errática, algunos lograron gesticulaciones repulsivas, tics nerviosos, como presas de un videojuego mal programado o de un disco de noise y, de un momento a otro todo volvió a la normalidad. Nota: aquí el mundo me perdió.

       La misma mesera que me había dirigido a mi mesa, ahora la cedía a un par de ancianos. Después lo peor. La vi a ella. Había llegado al restaurante, pero se detuvo justo en el umbral de la entrada, ahora se veía desconcertada y abandonó inmediatamente el lugar, hacia la calle, hacia mi olvido.

        Me sentí con ganas de gritar, de golpear, de hacerle notar a alguien mi existencia. Desfilaron en mi mente todos esos excluidos sociales: vagabundos, limosneros, drogadictos. Gente que, a pesar de existir, son rehuidos por la sociedad, los evitan, pasan de largo; me vi en los pies de las personas que día a día se postran a la mitad de una calle observando a los transeúntes, mientras éstos últimos ignoran por completo que en ese pedazo de calle hay algo con vida en busca de un poco de empatía. Al final me di por vencido.

         Lentamente dominé el arte del desplazamiento incorpóreo y comencé a vagar con el fin de confirmar mi desaparición. Me llené de tristeza al ver el letrero de “se renta” fuera de mi departamento. Me pregunté qué sería de mis gatos, mi colección de discos, mis libros. En casa de mi madre el resultado no fue diferente, la foto de mi primera comunión ya no figuraba en la pared, sobre las figuritas de porcelana. En el trabajo tampoco encontré mi foto de empleado del mes ni mi nombre en los lockers.

       A partir de esa serie de excursiones comprendí que, a pesar de estar aquí, el consenso de mi inexistencia es absoluto. El Universo ha conseguido borrarme y ahora nadie me recordará. Creo que sencillamente no puedo luchar contra el Cosmos, así que he decidido rendirme, tomar mi situación con solemnidad y sacarle el mayor provecho posible. Observar, cuestionar, aprender, ahora son mis metas.  Tengo algunas dudas específicas: ¿cuánto durará este estado? ¿Algún día volveré a la normalidad o seré trasladado a algún otro tipo de plano? ¿Habrá más como yo? ¿Seré capaz de percibirlos? Supongo que de momento mi única alternativa es esperar.