Cuando los viajes son largos, las marcas quedan y las personas (y los sueños) no se olvidan. El día de hoy Erik Sandoval nos comparte un interesante texto.

 

“perdido en el corazón de la grande Babylon”
Manu Chao

El olvido pesa sobre mis hombros, la nostalgia se agranda con cada paso que dan mis lacerados pies, el rumbo es incierto, no sé ni cuándo ni dónde, hay kilómetros en el horizonte. Muchas nubes que han cubierto mi llanto, muchas lunas han abrigado mis noches y tantos soles que han lastimado mi piel mientras espero lo que sea que venga.

Tantos años han pasado, no se cuántos, un día los abrazos de mi familia se impregnaron en la ropa que se deshizo de tantas puestas y al paso del tiempo los guardé en mi desgastada mochila para los momentos con más frío. No recuerdo las palabras, solo tengo memoria del llanto, la despedida y las manos al aire diciendo adiós; el viaje empieza con el primer paso decidido y continúa solo con la insistencia por sobrevivir.

Los durmientes parecen eternos, escaleras inmutables sin principio ni final, pacientes, ¿cuántas veces ellos han acompañado mi sueño? Soy un durmiente más que perdió las mágicas noches de cálidos sueños y hoy vaga como el viento a lugares donde la muerte ronda. Soy uno más de ellos, no me dan las fuerzas en ocasiones para levantar el paso y continuar la marcha, no hay brújula, no hay nada.

Me perdí en un laberinto de sombras, calles y lamentos; arrastré mi cuerpo por el fango y el desprecio, arrancaron de mí la dignidad para hacerme invisible, callaron mi voz para que ni el viento se enterara de mi palabra. Mis manos se llenaron de miseria y tierra, mis ojos reventaron en amaneceres inciertos y lloraron siempre, las lágrimas solo aligeran al alma pero no mitigan la desgracia.

Primero arañé la tierra de la fosa, de a poco mis dedos fueron sintiendo el aire fresco, el sol resplandeciente, la vida; tomé, de los brazos que me rodeaban, fuerzas para asirme a la esperanza y fui dejando a mi paso fragmentos dolorosos de pasados sin rostros, futuros sin trazar. Mis piernas que empujaban desde abajo, sin quererlo hundían otras piernas, pies cansados que encontraron en ese lugar reposo inmerecido. Mis ojos recuperaban las miradas de otros ojos, amaneceres y rostros conocidos, pequeñas historias que se veían en pupilas ya sin vida. Salí sin vida de aquel agujero compartido, de muchos yo, de muchos otros y a pesar del dolor propio, lloré por ellos.

Desperté destrozado, sin imagen, sin sombra, sin nada. Me armé de un pensamiento que vagaba desorientado a orillas de una solitaria autopista y que tenía como horizonte la idea de encontrar algo mejor, aunque no supiera qué. Con el pensamiento encontrado caminé sin rumbo, buscando lo que sea que pudiera encontrar y lo hice, destrozadas y a orillas de aquella olvidada vía del tren encontré un par de piernas, cansadas de soportar el peso de un viaje inacabable, ya sin fuerzas.

Unas manos que colgaban de una reja reforzada de alambre de púas, la cabeza de un desaparecido, los miles de pies errantes que utilicé para hacerme un par, corazones destrozados, olvidos cotidianos. Y así anduve de pieza en pieza, de historias fui armando la propia, de miradas y recuerdos, de llantos, de fronteras y cementerios, de desprecio e ignominia, de olvidos cotidianos, de muerte.

Una anónima cruz cuelga en algún lado, el zapato de alguien se pudre a la intemperie, los llantos de los niños resuenan en la noche fría y dolorosa del desierto, los gritos ahogados duermen en lo profundo del río, los sueños no viajan sobre los trenes de la muerte, los olvidados no pasamos a la historia.

Y en los solitarios caminos de donde sea, suena “el viento viene, el viento se va por la frontera”.