El día de hoy Alejandro Espinosa nos envía desde Ciudad de México un interesante poema que seguro nos dejará pensando un rato.

 

No hay poesía,
hay ignorancia de la nada,
no es un refugio seguro la poesía
¿cuándo lo fue?

Cálida intimidad prenatal,
fiambre, índigo distante:
poeta en repaso
padece la poesía.

Primer vientre,
primera matriz de la condición primigenia
quedamos solos entre el paraíso
y la escritura parturienta.

¿Qué mano la mano de dios inventa?

De repente sé y me veo saber
y sé de una presencia de la que manan miradas
como un bullir de sangre láctea
eres tú y todos los úteros de los que procede el poema
y la mano que se repite obstinada
y escribe sobre sí misma y se borra y se calla.

Los dedos ahogados en tinta,
la inconsistencia material;
descubro el alumbramiento de ápeiron
mi propio alumbramiento describo,
yo era Tao y llovía,
todo está implicado en el número secreto

Hiede la incoherencia
el dios predilecto de dios hiede,
mi presencia es una ausencia despeñada
arde mi memoria en tu vientre,
la letra desbocada asciende
mi cuerpo desciende en vilo por tu cuerpo,
no queda nada de la nada.

Entre el sístole temporal
y el diástole espacial,
la horrenda certeza dionisiaca,
el pulular de enjambres,
y las redes que cubren la imagen
(que entra por un ojo y sale por el otro)
y los días, los días ajenos que son propios,
y los peldaños quietos que nadie sube,
y el desamparo de la abstracción pura,
y el cráneo roto de mi padre,
y la lengua que llevo enterrada en la lengua,
y los ojos que en los ojos llevo,
y la hostia remojada por la sangre de una inalcanzable tortuga,
y la sonrisa nublada que puebla al mundo,
y el cansancio señalado
y la consumada reconciliación con la totalidad primordial
y el posible paso de una vida a otra,
y la desesperanza escatológica
y las muletas y las cabras de cristo
(que cuando bajo de la cruz lo acompañaron
no sin haber hecho el onanista
antes de subir al cielo.)

Otra vez este caos crudo, sonriente y hermético,
se ha perdido la cuenta de los destinos y de la cuenta.
Habrá que seguir las prescripciones del oráculo:
voy a comer azúcar hasta volverme sol
voy a decir que no me callo y me voy a callar
con mi memoria tan mansa como un zapato
voy a unir opuestos y contrarios.

Cómica hipérbole monocorde
golpea el pecho del instante,
adormece el sonido, ruido raído,
por adentro, la petición
del ápeiron niño.

En la medula de la partitura
El silencio bosteza.

La ventana da al principio infundado,
como emulo de eso que me callo,
que el universo es una teta inmanente
a la que ofrendo insondable e inconcebible
mis pulgares, la historia de mis manos.

Soy el estertor del infinito,
Cónclave de mí mismo
en el etcétera tribal
los gritos, la repetición,
el danzante delirio,
el hechizo que se dilata y que nos toca a todos.

Verso vacuo

Los poetas que el lenguaje poseyó
han muerto,
los nombres se quiebran y se desmoronan,
dime mujer qué dice el árbol,
los libros que son estaciones
la inmediatez de los dados.

No es posible zurcir cosa y palabra,
crear un quimérico objeto simultáneo,
el cabalista y su terco garabato:
dios mismo va a decirse el nombre
en su propio oído.

Osatura del mito,
unánime ocaso en la página de fuego,
prosigo sin ti, te busco
el espacio se difunde como hidra,
la sangre del paquidermo se clava en el escapulario
el sol humilla y se abisma
crece dentro de mí, otro sol
como el ocelote ahorcado por su silencio
y otro y otro.

Latidos enterrados en una mirada transparente
se mece la soledad entre mis ruinas
las interrogaciones me dividen
te encuentro y te pierdo siempre,
la mano se disuelve en la página,
como la del verdugo onanista.
Un árbol crece en el núcleo de mi cuarto
la sangre seminal inunda el mundo,
la escritura se recrea.

Yo no soy yo ni para mí mismo
distanciado de ti y en ti
entre lo absoluto y lo relativo
entre el tiempo que nos ve y cambiamos
por otro tiempo que nos cambia
parto desde ti hacia ti,
desterrado de la inercia
y las lúcidas circunstancias,
proclamo el desinterés lúcido,
hipócrita, me subordino al orden,
me repugnan las consecuencias comunes
desterrado de la náusea y de mi pensamiento infame.
Desprecio lo posible,
Mi conciencia obscena
Continúa con la escritura…

Bajo mi vergonzante muerte
mi vaga ilusión de saberlo todo
y decirlo con una indefinida
caligrafía metafísica,
tlatolli, queja órfica
tacto suprasegmental.

Bailemos sobre el cadáver
de mi condición sin porvenir,
vierte tu piel
yo vertiré mis versos.

Te saco los ojos
cortas mis manos.

Suena el tambor solar,
trémulo como aguijón
en las intermitentes profundidades
del bullicio silente,
el toro escarba su sombra,
el dolor asciende y nos ve
darle mil vueltas al mundo, sin zapatos,
las palabras huelen a miedo,
el revólver en los riñones
es como el grito del cerdo,
se muere el suicida
de una inmensa mordida vacía,
se muere de vida.

Repaso las órbitas,
el nouménico fimo.
Aniquilo la confusa procedencia,
el centro del limbo,
el comienzo que aún no comienza,
mi concepción ingenua y delirante
que es representación hipotética.

En mí reposan las horas,
los versos sin trazo
y la indescifrable solución
(en mí como en todos)
las vicisitudes cíclicas
y el puño cerrado del recién nacido,
la querencia del nombre,
la raíz y la flor
respuesta plausible
de la que queda movimiento y energía.

¿Qué nos queda después de haber pasado por nosotros,
después de haber pasado a la mesa y comernos todo?

Se trata de tejer el desprecio
de saber que no podemos volar,
de erigir la mentira
y de no volar jamás.

(Entonces volar).