Comenzamos la semana con este poema de Miguel Ángel Dirzo quién a más de uno nos pondrá a pensar.

 

En memoria a “El dedos”, un niño de la calle.

Mis ojos no ven,
los tuyos tampoco,
los de él se santiguan de odio ante el infierno y el paraíso.

 

El viento se alarma por tu olor de tierra-carne
y carne-mierda,
que en polvo se convertirá.

 

Lo que no podemos ver, de todo ello somos culpables.
El gran esfuerzo por cantarle a la imaginación,
al color a la algarabía,
es mitigado por la realidad viva de tus manos que no pueden
hacer la señal de la santa cruz, porque las quemaron tus padres
como castigo eterno.

 

Eres un pequeño dios que se orina en la banqueta
como bautizándola.
Todo lo ve,
está en todas partes
vive en todos
y todos lo ignoramos.

 

Camina entre nosotros con pies descalzos y el estómago lleno de cemento.

 

Pequeño dios hijo de humano, nacido por añadidura,
te pregunto en una oración:

 

¿A quién miras con los ojos secos?
¿Por qué caminas con el cuerpo lleno de hambre?
¿Por qué enseñas la mejor de las lecciones sin voluntad?

 

Déjame acompañarte
en el olor de tus pasos.
Déjame convertir
las flores en piedras
como tú lo haces,
apóstol de alcohol y miedo,
ese papel ahogado en tiner
es tu pan y lo compartes.

 

Con una voz divina y áspera,
tú preguntas:
—¿me regalas una moneda?—.

 

Todos nos vamos
y te quedas con la mano extendida
mientras tu excremento desaparece
en el lugar donde esta noche morirás.

 

Para renacer al tercer día
con el rostro seco, lleno de espinas.
Entre otros dioses como tú.

 

Acerca del autor

Miguel Ángel Dirzo es Psicólogo de la Facultad de Estudios Superiores UNAM. Maestro en Educación, Neurocognición y Aprendizaje es Ex miembro de la Academia de Literatura de la Ciudad de México.

Encuéntralo en Twitter como: @MiguelDirzo