Los misterios ocultos alrededor del mundo son bastantes e increíbles, el día de hoy David Hernández  nos presenta un particular caso.

Podría usted pensar que estoy loco y pensándolo bien, eso no se aleja mucho de la realidad, pero ¿qué es la realidad? Todo y nada al mismo tiempo, incluso en esos instantes podría no ser más que un producto de su imaginación ¿no lo cree? ¡Vamos! no me vea así que todavía no he empezado, mejor beba su café y póngase cómodo.

Era el 17 de mayo del año 2000 o al menos eso creo y si no ocurrió en esa fecha realmente no me importa porque eso no es importante. Aquel día el señor Alfred P. Winchester a quienes todos llamaban simplemente Alfred o Sr. Winchester, se mecía sobre su cómoda silla dentro un elegante despacho, uno de aquellos que a pesar de ser rentado estaba lleno de objetos extraños recolectados a lo largo del mundo.

En su colección había incluso uno hueso que se presumía había formado parte del esqueleto de San Pedro; el cual había sido robado hace algunos siglos por fanáticos religiosos; o al menos eso se contaba y eso se creía.

Un día llamaron al despacho. Golpearon con urgencia la puerta de madera en espera de una señal, pero Alfred, hombre de mediana edad que no se dejaba manipular ni controlar, avanzó a paso lento. Al abrir miró frente a él a una chica con lentes oscuros, collar de oro y un porte elegante. Llevaba además un documento enrollado en la mano derecha.

—¡Alfred que gusto verte! Diría que la edad te ha tratado mal, pero mira lo bien que te ves. Como los buenos vinos, dicen por ahí -Le guiñó el ojo.

—Estambul 1991, nueve años Margaret Whitaker y sigue siendo la misma impertinente -sonrió- Usted no vendría si no fuera algo importante así que dígame el motivo.

—¿Pero es que ya no hay caballeros? ¡Vamos! ¡Invítame a pasar y sírveme una buena copa de vino!, esto te va a interesar y te aseguro que nos hará muy ricos. Alfred rio mientras con un ademan la invitaba a pasar.

—Yo ya soy rico Margaret, pero -sonrió entre dientes- ¿cómo negarme a serlo un poco más?

— ¡No es solo un poco sino demasiado! ¿Te suenan las palabras “la suerte del colibrí”?

—Nueva España 1570,-se dirigió hacia el minibar de su oficina y sacó una botella de vino y dos copas- el pirata Hernando de Mendoza robó un barco entero lleno de oro. Fue capturado en 1578 y condenado a muerte en siete ocasiones, pero de alguna forma siempre era visto de nuevo. Cuando se le hizo confesar ante el Papa, explicó que había firmado un pacto de sangre con un colibrí. Jamás fue hallado el barco.

—¡Exactamente! ¿Qué me dirías si te dijera que conozco la forma de hallar todo ese oro? -hizo una mueca de satisfacción- Año 1590, Hernando de Mendoza aparece muerto de manera inexplicable y sin las cuencas de los ojos. Un siglo después su cuerpo es desenterrado por saqueadores de tesoros con un documento extraño que no pudieron comprender.

—Ya veo -sirvió las copas- Eso que traes en la mano derecha es aquel texto ¿Cómo lo obtuviste?

Ella sonrió

—De la misma forma que conseguiste aquel hueso del Apóstol.

Ahora fue Alfred quien le dirigió una sonrisa.

—Dudo mucho que haya sido igual Margaret.

—¡Como sea! las circunstancias no importan. Necesito tu ayuda para comprender el objetivo del mensaje. -Pronunció y luego extendió el documento que llevaba consigo develando algunas palabras que Alfred leyó detenidamente mientras su invitada bebía el vino.

La Suerte del Colibrí
¿Será que la muerte es compañera de la suerte? Intenté escapar de las llamas del infierno, pero ha muerto el colibrí por mi traición vil. Me negué al tributo final; el alma del cielo que no he devuelto. Ahora vendrá por mí como lo dijo el contrato. “Para la muerte invisible serás, pero ciego quedarás si rehúsas la prueba final” Por ello me mataré y su tesoro maldito, seguirá enterrado bajo la mirada de la muerte, oculto en el mar y abrazado por las garras del demonio.

—Yo no veo la dificultad para resolverlo Margaret, pero creo que en esta ocasión rechazaré su oferta.

—¿Qué?, ¡pero hace un rato dijiste que me ayudarías Alfred!

—No es así, tan solo dije que no me negaría a ser un poco más rico.

—¡Creí que nos habíamos entendido! Tú… -Comenzó, pero al instante sintió que la respiración se le iba y algo oprimía su pecho haciendo que pareciera asfixiarse.

—Budapest 1995, Elizabeth Garwood, es hallada muerta en su departamento. -hizo una pausa- Lo investigue Margaret, -Caminó por el despacho- Mi esposa nunca cambió su apellido, pero ¿cómo ibas a saberlo, no es verdad? Ese collar que llevas y ese mapa eran suyos. Considera esto como un karma y para serte franco, tu búsqueda hubiera sido una perdida de tiempo. Devolver el hueso del apóstol “el tributo final, el alma del cielo…” en las profundidades del mar muerto, luego de buscar la forma de un par de garras, no es algo que desee. No me digas que la solución no se te había ocurrido. Estoy seguro de que sí y, por lo tanto, me alegra que seas tú y no yo quien esté a punto de morir.

Y es así como termina esta historia. Tan larga como para beber un café y tan corta como para desayunar, pero ¿por qué me mira así? Pareciera que le falta la respiración. No me diga que la historia no le ha gustado. Bueno en realidad no me importa. Dentro de unos minutos usted estará en compañía de mi madre e incluso de su padre a quien no conocí. Cuando lo vea, dígale que fue William Whitaker quien lo mató.

 

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