Los gatos son animales majestuosos y misteriosos, amados por unos, odiados por otros, el día de hoy Eduardo Galván Mateos nos comparte desde Pánuco, Veracruz un interesante cuento.

 

Habían transcurrido sólo setenta y siete horas con cincuenta y tres minutos desde que Emilce me abandonó, y el segundero se precipitaba hacia un desfiladero amargo e interminable, sin final, al que, a manera de presagio, llamé locura. Era exasperante aquella sensación que los chasquidos de las manecillas del reloj ejercían en mi mente, como si un pesado martillo golpeteara con fuerzas descomunales en los rincones más débiles de mi cráneo. Al mirar frente a frente a mi verdugo, sus brazos revelaban las veinte horas con cincuenta y cuatro minutos, en una noche fría de aquel año, curiosamente, bisiesto.

Tan sólo un par de horas atrás había llegado a casa, agotado y algo empapado por la brizna de una tarde húmeda. Como una costumbre que siempre he tenido, sacudí mis zapatos en el tapete de la entrada, justo antes de abrir la puerta; pero, en esta ocasión, de las suelas de mi calzado se desprendía aquel fango negruzco y viscoso, residuo y evidencia de mi visita al cementerio de Santa Cecilia, donde había visto por última vez el rostro de Emilce. Al cruzar el umbral llegué a percibir algo extraño en el aire, algo que me hizo oler la solapa de mi traje negro casi por inercia: era el olor a rosas blancas y margaritas, mezclado con el desagradable olor de la fría muerte.

Me quité de encima mi saco, aflojé mi corbata y desabotoné los tres primeros ojales de mi camisa blanca, y al mismo tiempo observé mi rostro y la expresión acartonada que este contenía, reflejado en un pequeño espejo en forma de oval que colgaba de la pared en la sala; mi aspecto parecía el de alguien que estaba a una década de la profundidad de una tumba, muy a pesar de mis treinta y tantos. Me quité aquellos oxford algo desgastados, y a la par parecía quitar unos pesados grilletes de mis tobillos: era el peso de la soledad, que resonaba en el suelo de madera a cada paso que daba. El ligero rastro de fango que dejé me recordaba al último paraje de Emilce, a su pálido rostro, visto a través de la fragilidad de un cristal apenas cubierto por unas gotas de llovizna.

Quise descansar un poco, olvidarme de todo el mundo, mientras me reclinaba en el respaldo del sillón de la sala, pero una presencia que se escurría entre mis tobillos me cortó el ritmo normal de la respiración. Se trataba del gato de Emilce, un gato joven, del color de la noche, con el pecho y los bigotes blancos, “más escurridizo que una lombriz de tierra”, solía decirle a ella. La conducta de aquel gato era desconcertante, tenía la extraña costumbre de subir al regazo de Emilce y dormir en sus piernas, mientras ella practicaba en el piano una melodía que hasta ahora sigo recordando. Clair de lune, de Claude Debussy. Por las mañanas, cuando Emilce despertaba, siempre acontecía la sorpresa de encontrar a aquel felino de claros bigotes frente a ella, observándola fijamente, y llegué a darme cuenta de que el gato también nos observaba por la noche, a muy entradas horas nocturnas, con su mirada de ojos verdes que resplandecían con los
rayos de la luna.

Ella lo llamaba por las tardes para darle su ración de atún enlatado, usaba un diminutivo en especial, el cual no recordaba si era “bigotillos”, o “carboncillo”, o “cariñito”, no lo sé, pues casi siempre me mantuve alejado de ese gato debido a que simplemente no lo toleraba cerca, debido a mis alergias no controladas. Aquella tarde, me limité a llamarlo por su nombre común, acercando mi mano un poco a él, mientras le mascullaba “gatito, ven”. Solo fue ocasión de un par de caricias y en seguida lavé mis manos, de otra forma habría sufrido de incontrolables estornudos por lo que restaba de la tarde.

Aquella noche, después de aletargarme con un par de tragos de vodka (pues es conocido que el alcohol esteriliza los males), pude dormir de manera confortable. Soñé a Emilce radiante, más bella de lo que nunca la vi, asemejaba una aparición divina, y su silueta era enaltecida por un extraño brillo cegador, sus pies parecían no tocar el impuro suelo, tomaba mi mano y me sonreía de tal manera que sus mejillas se ruborizaban y las líneas expresivas de sus ojos se pronunciaban. Aquel sueño terminó cuando, de un momento a otro, su divina aparición se desmoronó en mis manos, dejando un rastro de ceniza gris. Eso me hizo despertar con la garganta seca y una sensación de vacío.

En variadas ocasiones el pequeño gato merodeaba entre mis tobillos, restregando su cuerpo y su cola en señal de afecto, yo lo azuzaba para que se fuera de mi vista, y este emprendía camino hacía donde se encontraba el piano. Mi sorpresa fue aún más enorme cuando algunos días después encontré por la tarde al gato de Emilce, recostado en el banquillo frente al piano y ronroneando de plácida manera, como si una gran pasividad invadiera su cuerpo. Decidí no tomarle más importancia, a fin de cuentas no era más que una actitud normal, propia de los gatos.

Muy aparte de las torturas que me provocaban mis alergias, había otra cosa por la cual esos pequeños felinos me desagradaban en sobre manera, pues siempre había pensado que los gatos tenían una extraña conexión con un mundo desconocido que nosotros los humanos ignoramos, y eso me desconcertaba. Vagaba entre dos polos opuestos, pasaba de la aversión al ligero cariño por aquel gato negro de bigotes blancos. Por una parte odiaba su presencia, aunque, por otro lado, sus ojos verdes y mirada penetrante traían a mi memoria la imagen de Emilce.

Casualmente, las veces que salía de casa y caminaba tres calles abajo para comprar pan francés o cualquier otro alimento, el gato de Emilce seguía mis pasos, esquivando a otras personas y ganándole el paso audazmente a las bicicletas. Hacía lo mismo cuando salía por las mañanas y me dirigía a mi trabajo, siempre me seguía tras calles abajo. Algunas veces hacía una visita a la floristería y llevaba a casa tulipanes blancos, las flores favoritas de Emilce, los colocaba en un florero de cuello delgado con agua fresca; me extrañaba mucho verlos marchitos a la mañana siguiente.

Algunas noches no conseguía dormir, pues justo al acostarme y tratar de que el sueño me
llevara a los parajes del descanso y el olvido, me parecía escuchar notas siendo tocadas en el piano, una tras otra, organizadas de tal manera que conformaban aquella melodía que era tan inconfundible para mis oídos: Clair de lune. En cada ocasión en que escuchaba aquella melodía siendo ejecutada magistralmente en el piano a plena noche, solía bajar por las escaleras velozmente, pues tal pieza solo la escuché de las delicadas manos de Emilce. Lo único que encontraba era a aquel gato negro pechiblanco, recostado en el banquillo frente al piano, y un pesado silencio que solo era quebrado por el ronroneo del animal.

Esto comenzó como un extraño suceso aislado, después de manera dispersa, hasta convertirse en algo cotidiano. Aquello se volvió tan normal para mí, que incluso llegué a pregonar y a jurar al panadero, al hombre de la floristería y al mundo mismo, que Emilce me visitaba por las noches y que, con su gato en su regazo, tocaba dulces melodías en el piano hasta que el sueño me vencía. “Deberías salir más de casa, hijo, para despejar la mente y no solo para comprar pan. Las penas no se olvidan entre cuatro paredes”, me dijo en alguna oportunidad el panadero.

Un par de meses pasaron estando yo convencido de las visitas nocturnas de Emilce, pues no podía negar la actitud del gato y lo que mis oídos me confirmaban. Sin embargo, en una de aquellas noches no escuché más las notas del piano, y al bajar por las escaleras corroboré que el gato estaba recostado en el banquillo del piano, ronroneando. Traté de dormir pensando en que esa noche no escucharía Clair de lune, ni las demás melodías que Emilce venía a tocar en su piano.

A la mañana siguiente desperté entre estornudos y con una insoportable congestión nasal, intenté incorporarme en busca de un pañuelo en la gaveta, y fue solo entonces que lo descubrí. A mi lado y sobre la almohada, yacía el cuerpo del gato de Emilce. Tenía el cuello roto, destrozado, los ojos casi salidos de sus cuencas y su boca entre abierta, mostrando sus colmillos, como si hubiese sido víctima de un ataque y ese alguien o algo que lo atacó lo hubiese venido a dejar a mi cama, mientras yo dormía. Entré en pánico, pues razones tenía de sobra, alguien había tenido que entrar a mi casa para dejar el cadáver del gatito sobre mi cama, alguien tuvo que haberlo atacado, y lo más importante, ¿quién tendría tan mal corazón para matar un animal y dejarlo a un lado del dueño mientras este duerme? Tenía tantas preguntas en aquel momento, pero de lo único que estaba seguro era de mi sentimiento de haber perdido a Emilce por segunda vez.

Envolví el cuerpo del gato con la cubierta de una almohada a manera de un sudario, me dirigí a la parte trasera de la casa en donde ya tenía pensada su última morada. Entre un árbol de durazno y un arbusto de espinos, cavé un agujero de pequeño tamaño, lo suficiente para que lo largo del cuerpo del gato descansara sin problemas. Cavé el hoyo a una profundidad exagerada para ser una fosa para un animal, pues no quería tener problemas días después debido a las aves de rapiña u otros animales que pudieran desenterrar el cadáver. Con la pala fangosa cubrí de tierra aquel envoltorio frío y rígido, así hasta que el único rastro que quedaba era un punto de tierra removida en el patio trasero. Mi nariz continuaba constipada, aunque ya no sabía exactamente si era la alergia residual que aquel felino pechiblanco había dejado en mí, o si era obra anticipada del sentimiento que ya había hecho mis ojos acuosos.

Un par de lágrimas recorrieron mis mejillas, y luego otras más, aunque la comisura de mis labios se curvaba de tal manera que comenzó a formar una sonrisa nerviosa. Pasé del dolor al regocijo, mis lágrimas ya no eran de pena sino de alegría, de una risa estentórea que me llevó al suelo y me puso de rodillas. Al mirar aquel punto de tierra removida me sentí tan bien, me encantaba. Controlando un poco mi risa y mirando hacia el último descanso del animal, alcancé a mascullar “ven, gatito”, reí aún más antes de decir “ahora estás con Emilce. Ya estas con ella, gracias a mi”.

Me recosté en el suelo, junto a la pala cubierta de fango, y sentí una gran calma al momento en que recordaba aquella noche en que puse una almohada sobre el rostro de Emilce mientras ella dormía, y recordaba cómo es que ella despertó debido a mis movimientos abruptos, me miro con sus ojos llenos de pánico, y luchó con fuerza para mantenerse con vida. Probablemente el darse cuenta de que la persona con la que dormía intentaba asfixiarla pudo más que ella, el miedo se apoderó de su persona y su corazón se detuvo, dando como resultado una muerte por ataque cardiaco. Detuve el corazón de Emilce, y su respiración se interrumpió por el fallo de su corazón. Recostado en el suelo y mirando hacia el cielo, hacia las blancas nubes, fue como resolví mis dilemas, fue como me sentí en paz. Aquel hombre tenía mucha razón: las penas no se
olvidan entre cuatro paredes.