Muchas veces la realidad supera la ficción, el día de hoy Ruby Martinez nos comparte un directo y profundo relato que (tristemente) es una realidad del día a día.

Este relato pertenece a su tercer titulo Memorias de un amor (publicado en noviembre de 2018); una serie de relatos donde, de manera delicada, se narra esa batalla entre el corazón y la razón. Muchas veces es mejor soltar que sostener.

 

 

Mi amor salió un día muy temprano rumbo a su lugar de trabajo; todas las mañanas tomaba el transporte público —salía más económico que ponerle gasolina al auto para atravesar toda la ciudad—. Ese día se levantó tan radiante, sonriendo como pocas veces la podía ver —en el fondo sabía que se debía a un chico—. Se maquilló y se peinó agregándole un plus a su rutina habitual. Le preparé el desayuno. Al bajar a la cocina me dio un beso en la mejilla y se disculpó por no poder quedarse a desayunar, así que envolví la comida para que se la llevara. No salió sin antes recordarme cuánto me amaba, como siempre hacia. Solo éramos ella y yo.

Al llegar a la oficina me llamó para decirme precisamente eso, que ya había llegado y que a la hora de la comida me volvía a marcar, simplemente para saber cómo iba mi día. Siempre estaba muy al pendiente de mí. Tal como dijo, a las dos en punto el teléfono estaba timbrando. Le respondí que me encontraba bien, que estaba en casa de su abuela cocinando para la familia. Ella me dijo que estaba muy atareada, el día se estaba tornando pesado y tenía una infinidad de informes por realizar, es por eso que lo mejor fue despacharla y colgarle. A las ocho de la noche, ya oscurecido, me volvió a marcar para decirme que se quedaría una hora más trabajando, pero que no me preocupara, pues su nuevo novio la traería de vuelta a casa. Sus palabras no me calmaron en lo absoluto. No me preocupaba que ella hiciera algo indebido, me preocupaba el hecho de que el mundo es tan humano, que se le ocurren tantas atrocidades para cometer. Decidí esperarla despierta, lo más tarde que podía llegar, sería a las nueve y media.

Cuando el reloj marcó las diez le llamé. Me respondió la contestadora. Me imaginaba lo que quizá estaría haciendo con su novio. En lo más interno esperaba que fuera eso y no otra cosa. Once de la noche. Nada. La preocupación ya se había apoderado de mí, pues nunca pasaba de largo, siempre me avisaba, fuera a donde fuera. Le marqué a Luisa, su mejor amiga, para preguntarle sobre el chico con el que andaba y de paso pedirle su número telefónico. Después de eso llamé a Noel —así se llamaba el susodicho— y le pregunté dónde estaba ella. Me dijo que la estuvo esperando fuera del trabajo, le marcó incontable número de veces y como no le respondió, se marchó del lugar. La incertidumbre ya roía mi sistema entero. Llamé a mi hermano, le conté lo que estaba pasando y le pedí que viniera por mí para ir a buscarla. Recorrimos la colonia entera donde se encontraba su trabajo y ni un rastro de ella. Aún no pasaban 72 horas, pero todo apuntaba que Kiara había desaparecido. Desalentados, regresamos a casa donde ya se encontraba toda la familia. Presos del miedo, imaginándonos lo peor, fuimos ante las autoridades.

Los oficiales nos dijeron lo que ya sabíamos, necesitábamos esperar a que se cumpliera el plazo para reportarla como desaparecida y activar las alertas pertinentes. Yo no podía esperar tanto tiempo, en ese lapso ella podía estar siendo vendida, asesinada, violada… Salimos por las calles, preguntamos a las personas si la habían visto, pegamos carteles de “SE BUSCA” y gritamos una y mil veces su nombre esperando escucharla. Después de dos días, volvimos para poner la denuncia. Me sacaron tantas opciones posibles del por qué Kiara desaparecería, siempre pensando que más que un secuestro, fue una huida. Kiara no huiría por nada del mundo, no tenía motivos para hacerlo. Pedí que interrogaran a su novio, a pesar de haberme dicho que no la encontró en el trabajo. Se suponía que él la recogería ese día. Algo no cuadraba. Días después, al volver a dar otra ronda por la oficina de Kiara y habernos topado con cientos de comentarios que insinuaban que ella había provocado su secuestro, se me ocurrió revisar las cámaras que el banco de enfrente tenía.

Acompañé a la policía hasta el lugar y en las cintas apreciamos como Kiara se subió a un auto, que a los pocos minutos supe era de Noel, el supuesto novio. En las imágenes no se vislumbró que la hubiera devuelto a la oficina como para que después saliera sola y la hubieran levantado. Junto a los oficiales fui hasta casa de Noel, donde lo arrestaron para interrogarlo. No dejé que se lo llevaran sin antes darle un par de bofetadas y a la vez rogarle que me dijera dónde estaba ella. No cayó en mis provocaciones. Los agentes ineptos tampoco le sacaron información, aunque juraban que hacían todo lo posible. Ya una semana había pasado y no había nada sobre Kiara.

El viernes por la madrugada tocaron el timbre de casa, salí apresurada sin tomar precauciones, por mi mente pasaba que podía ser ella, que la habían soltado después de haberla usado para sus cobardes fines. En la puerta había un contenedor de basura. Temiendo, me acerque y levante la tapa. La bolsa de adentro estaba bien amarrada, así que corrí por unas tijeras para cortarla. No sé de dónde agarré fuerzas para hacer tanto. Cuando abrí la bolsa, sí, era lo imaginable, eran simples desperdicios. Quienes la habían raptado, ya sabían que la estábamos buscando y la broma solo corroboraba que había sido algo planeado.

Nunca llamaron para pedir rescate, así que de dinero no se trataba. Los fines maliciosos, nadie más que ellos los conocían. El fin de semana por la noche sucedió algo similar, solo que esta vez, en la puerta descansaba una maleta. Cuando la abrí me topé nuevamente con lo esperado, dentro yacía el cuerpo de mi hija Kiara. Si, pues después de tanto tiempo y sin pedir dinero, mi corazón ya presentía que ella no estaba en este mundo. El corazón se me aceleró y el mareo y nauseas se presentaron a los poco segundos. Desconsolada, me aferré a ella sin importarme el mal olor que desprendía. Estaba pálida y fría. El cabello se lo habían cortado. Tenía unos cuantos golpes en la cara —había luchado mi pequeña—. Permanecí a su lado hasta que mi hermano llegó a casa para ver cómo me encontraba, después llamó a las autoridades y me obligaron a despegarme. No quería
dejarla ir. No otra vez

La autopsia reveló que la habían torturado y por último, le habían retirado sus órganos internos. Todos ellos. Sin compasión, la dejaron vacía. Sin compasión, destrozaron mi alma. Un acto tan cobarde y cruel que no merece perdón de Dios. Una ley divina sería la que se encargaría de ellos y de Noel, quien después de haber aparecido el cuerpo, reveló que él la había entregado para que vendieran sus partes en el mercado negro.

No, mi hija no propició que la mataran, que la ultrajaran. Mi hija no vestía faldas cortas ni blusas escotadas para provocar a los hombres. No se subía a coches con desconocidos ni agregaba a cualquier persona en redes sociales como para decir que buscaba aventuras. Nada de lo que la sociedad, la policía y los medios de comunicación insinuaban, había sido la causa de que me la arrebataran. Mi hija solo amó como sabía hacerlo: sin medida.

Aquí en su cuarto, sentada sobre su cama, contemplando sus fotografías, es el lugar favorito en el que me permito recordarle y llorarle hasta que me seco. Cada día recobro nuevas fuerzas y relleno mi banco de lágrimas, pues es imposible no entrar aquí y acordarme de su sonrisa, de la alegría que desprendía, de los besos que cada mañana me daba antes de irse a trabajar.

Por las noches su ángel me acompaña, se recuesta a mi lado y mientras lloro, me acaricia el cabello y me dice: “Gracias. Gracias porque me conocías tan bien que nunca hiciste caso de lo que la gente decía. Nunca dudaste de los valores que me inculcaste. Gracias por buscarme por cielo, mar y tierra, mamá. Te amo”. Me duele que hayan arrancado de mi lado al ser que más amaba. Me duele de una manera que pocos comprenderían. Una mañana mi hija salió de casa con rumbo a su trabajo. Lo último que nos dijimos fue “te amo”. Al menos partió con el corazón lleno de amor. Una mañana la vi cerrar la puerta sin saber que no volvería.

Mi amor no volvió a los brazos de mamá.