Josué Francisco González Jassí de la Universidad Iberoamericana de Puebla nos comparte un interesante poema.

En la noche de todos los días
un arroyo de oscuridad fluye.
Lenguas de líquido nocturno
que se bifurcan y hacen tierra mojada.

Camino sobre los charcos,
siento el amor de Dios en el suelo:
el pasto ceniza, los árboles de ébano,
luciérnagas de luz apagada,
los grillos mudos.

El arroyo se vuelve cascada,
entre las piedras se forma un lago,
me adentro desnudo y seguro a bañarme en él.

Empapado del agua hirviente,
sumerjo las manos en la mejilla del lago.
Pido limosna de agua
y me lavo la cara con este amor.

Camino sobre la orilla, apenas mojo los pies.
Mi cuerpo se seca con la atmósfera,
pero ahora recubierto por una dermis de miel.
¡Manantial de amor es mi cabello húmedo!

El agua apenada lentamente obtiene su orgullo.
Se eleva tanto que me ve a los ojos,
se eleva hasta las hojas de los árboles.

En la noche de Dios, el mundo se ahoga.
La marea me abate sin paz ni respeto.
Sueño en Dantes y Quijotes,
sueño en Beatrices y Dulcineas,
sueño una historia aún más grande.
Soy un marinero asfixiado en este mar.

De estos holocaustos y naufragios
quedo con el cuerpo limpio.
Yo también soy un cristo resucitado.

En el día de todos los días
ha llegado el tacto de Dios.
Despierto en el calor del sol
y me siento verdaderamente amado.