¿Sabes que es la hiperestesia? El día de hoy Héctor Iván Chávez Garduño nos comparte un interesante cuento al respecto.

Corrí por el pasillo hacia tu habitación, mientras contabas para atraparme. Me propusiste jugar a las escondidillas como niños, y enternecido acepté entusiasmado por la idea de que me buscaras. El conteo regresivo cesó en el momento justo en el que las placas de madera del closet cerraron mi visión y bloquearon tu presencia. La agitación inicial, por la protección, paró, pero su huella aún era visible en el ardor de mis pulmones y mi corazón quienes pesadamente retumbaban contra toda exigencia de calma y silencio de la que era capaz mi pecho.

Las comisuras de mis labios, apretadas, conteniéndose a llamarte, entumecían mi espera. Mis piernas dobladas, para acomodarse mejor en el escondrijo, imitaban –en muecas deformes– mi contradictoria ilusión de verte.

Poco a poco mis pupilas se enternecieron en la oscuridad que me rodeaba y cubría como un velo. Nunca pude ver a través de él, aunque realmente no quería hacerlo. Me senté en mi pequeño escondite de madera que me mantenía a salvo como si algo me cazara afuera, entre murmullos y risas lejanas. A su vez, mi cuerpo era abrazado por el entorno, entre los ganchos, las telas y los cajones, como ansiaran añadirme a su colección.

Al correr los minutos, los límites de mi cuerpo se fundían de apoco en la calidez del armario. Seguía esperando entumecido junto al suave roce de las telas que caían a mis hombros desde la infinidad. Las costuras de las mismas ropas recorrían mis muslos y mis dedos. Comencé a sentirme cómodo sentado allí en el armario.

La mezclilla áspera se batía a vuelo contra la seda y el polar reclamaba mis contornos. Las manos de terciopelo se metían entre la fina playera que llevaba, contrastaban al ejército de hormigueos y polvo que desfilaban sus pasos en mi barbilla, en mi mejilla y anidaban en la punta de mi nariz. Sin saberlo, mis ligeros movimientos me paseaban por entre suéteres, vestidos, camisas y pantalones. Su presencia era tan común como el aire en los pulmones, pero ahora, cegado, me iluminaban sombras y detalles. Me esclarecía el silencio nombres enterrados, costumbres y presencias.

El crujido de una pisada endureció todo nuevamente y se congelaron los instantes clavados por los pasos de plomo que intentaban, sin éxito, ser sigilosos. Haciendo que los márgenes de mi cuerpo se contrajeron y reacomodaron violentamente.

El paseo del ser por la habitación era inconstante y torpe. Cada golpeteo, cada carcajada contenida, enterraban en mi como la punta de un alfiler y su metálico aliento. Recorrían cada poro de la piel, pese a estar lejos del alcance mundano de sus ojos, sus sonidos se abrían paso entre mis oídos. Mis añoranzas de volver a ti, incrementaron de golpe.

Al intentar pararme las telas se enredaron en mi cuello. Los ganchos me jalaban hacia ellos y de repente los alfileres y agujas con hilos se convirtieron en mis nervios transformándolos en encajes.  Mi cuerpo ahora se convertía en un pedazo de cuero. Me volví una chamarra, un pedazo de tela más en tu closet de almas acalladas y perdidas.

Los últimos segundos hundieron mi voluntad, y acepté el extraño destino de perecer para tu uso, a cambio del deleite sentir tu piel sin censura, cubrir su deslumbre y pactar con tu aroma mi pertenecía.

No tendría resistencia alguna a ti, aunque con eso perdiera el juego. ¿A cuántos más atrapaste aquí jugando a las escondidillas? Ahora sólo luciendo como trofeos, amantes marchitos; y como cada primavera, nos desecharás para llenarte de ropa nueva.

No me deslumbró cuando me descubriste, abriste las puertas del closet y me miraste. No me conmovieron tus ojos insatisfechos, solo tu tacto causó mi estremecimiento. El que me tocaras y probaras mi resistencia, que me acercaras a tus labios y nariz, y estrujaras lo último del aroma que me reconocía como ser humano en tu presencia. Colocaste mi cuero sobre tus hombros y te miraste al espejo, te deleitaste con mi sufrimiento y dependencia, acariciabas sobre mí tu figura. Me convertiste en una prenda más para que resaltaras.

Alcancé a ver como tomabas un gancho que sobraba en la esquina, sentí tus manos y sus uñas abriéndome por la mitad. Oigo llegar a alguien a toda prisa, veo como abre el armario y se mete dentro, lo siento moverse entre nosotros y creo que esta nueva playera tuya, te lucirá tan hermosa como tu presencia, al menos, hasta que llegue una nueva.

Hiperestesia: Exaltación de los sentidos, aumento anormal y doloroso de la sensibilidad táctil.