Tan grande y bello, así como lleno de misterios y peligros inimagibales, es una fuente inagotable de inspiración. El día de hoy Fernando Vixtha Vázquez nos comparte un cuento al respecto.

Para Carito

En las vacaciones de diciembre mi papá llegó con la noticia de que iríamos una semana a la playa. Mi mamá y yo saltamos de emoción, era la mejor noticia. Fuimos a preparar nuestras maletas, metí todas mis faldas, sombreros, gorras, lentes. Después, al llegar al hotel en el que nos íbamos a quedar, me daría cuenta que olvidé mis chanclas, aunque la verdad estuvo bien porque ya ahí mi papá me compró otras rosas y con flores, muy bonitas. Todo iba muy bien para que al día siguiente conociera el mar, pero ocurrió el accidente.

Al bajar de la camioneta mi papá me pidió ayudarle a sacar unas cosas, yo lo ignoré y fui corriendo hasta la orilla y pude verlo: Azul, no como la tarde o como las paletas de chicle, era un azul que te decía “ven, entra, bajo tu propio riesgo”. Azul como los ojos del protagonista de alguna serie que se ve lindo, pero terminará haciéndote daño. Un azul que parece transparente y que cuando se acumula, adquiere la fuerza para lastimarte. Imagino que así se verían muchas lágrimas si las pusiéramos todas juntas. Las lágrimas permiten sacar el mar que todos llevamos dentro, y con ellas se va el dolor. Me quedé en silencio por un rato, encantada por su seducción, hipnotizada. Aunque la playa estaba llena de turistas, no pude oír nada más que el movimiento del agua moviéndose por el viento. Necesitaba meterme.

Nadar no era un problema para mí, cerca de mi pueblo había un lago y desde que era pequeña mis tíos nos llevaban a zambullirnos. Recuerdo que en temporada de lluvias el lago se llenaba tanto que a veces llegaban patos. Me gustaba verlos deslizarse desde la ventana de mi casa. Sé que ahí nacieron mis ganas por conocer el mar. En esos días yo era una niña delgada como ahorita, pero se me hacía una pancita muy chistosa, por eso mis tíos me decían “Charal”.

Cuando cumplí 10 años mis papás me compraron un patito, lo llamé Mango. Todos los días, después de terminar la tarea, Mango y yo íbamos a nadar al lago. Los fines de semana eran lindos en ese entonces. Despertaba temprano, desayunaba y mi mamá me llevaba al lago con Mango, hasta que mi papá regresaba de la fábrica y pasaba por nosotros en su camioneta para ir a comer. En los restaurantes y lugares de comida las personas se sorprendían de ver a Mango con nosotros, pero luego de un tiempo se acostumbraron, lo saludaban y algunos hasta le regalaban un pedazo de pan.

Ese día todo estaba en perfecta sincronía, el clima estaba muy bien, el sol era brillante, pero no calentaba en exceso. El lugar en el que mi papá puso la sombrilla estaba alejado del resto de las personas y yo estaba lista para entrar al agua. Me quité la ropa que me había puesto sobre el traje de baño y salí corriendo al mar. Nadé, en círculos al inicio, así estuve como por una hora. Después, cuando vi que el agua no era muy profunda, quise avanzar más. No pude seguir porque mi papá me gritó: “¡Charal, charal! ¡No tan lejos!”, y eso me dio mucha pena. Ya tenía 14 y todos en mi familia me seguían llamando así.

Después ya no quise nadar, sentía que todos se me quedaban viendo y se burlaban de mí, así que preferí quedarme acostada en una toalla, a tomar el sol mientras veía una revista. Mi mamá estaba sentada en una silla junto a mí, aunque después de un rato se fue al agua con mi papá. “No te quedes mucho tiempo en el sol, te va a hacer daño”, me dijo antes de irse. Creo que mi cuerpo resintió el esfuerzo de no haber nadado por años y hacerlo en exceso, me sentía cansada. Alguna vez leí en una revista que nadar era el ejercicio más completo, que nadando se queman más calorías que corriendo o haciendo cualquier otra cosa.

Desperté por los gritos de mi padre. No supe en qué momento me quedé dormida. Él venía cargando a mi mamá, con la cara roja, sudando. Ella estaba llorando y gritaba que le dolía. Su pierna izquierda sangraba. Al parecer, mientras estaban en el mar, algo la había mordido o picado. La pierna de mi madre no dejaba de sangrar y ella se desmayó. Varias personas se acercaron a ayudar a mi papá. Algunos decían que había sido un pez globo, otros empezaron a asustarse por un tiburón. Al final, alguien llamó a emergencias y mi mamá estuvo en el hospital hasta la tarde del día siguiente.

Le inyectaron algunas cosas, le hicieron pruebas de sangre y para la mañana siguiente ya estaba más tranquila, aunque con el pie todavía hinchado. Los doctores no pudieron decir qué pez la había picado o si ella había pisado alguna piedra o vidrio.  Mi mamá dijo que no tenía el pie apoyado, que estaba lejos de la orilla y solo sintió un pinchazo muy fuerte que la jaló un poco hacia abajo. Ahí empezó a gritar y mi papá la ayudó a salir del agua. Regresamos al hotel y los siguientes días nos la pasamos encerrados, cuidándola.

Al llegar a casa yo quería meterme al lago, me había quedado con ganas de nadar más, aunque eso ya no era posible. Tenía tres años que lo habían rodeado por una reja. La gente del pueblo empezó a dejar su basura ahí y las autoridades del municipio decidieron cerrarlo para que las personas no entraran a nadar ni a ensuciarlo más. Mi mamá estaba totalmente recuperada para entonces, o eso creíamos.

Las vacaciones terminaron y tuve que regresar a la secundaria. Todos en la primera clase hablaron de sus vacaciones y lo mucho que se divirtieron. Incluso mi mejor amiga me contó que fue a Estados Unidos. Yo no tuve ganas de contar cómo mi mamá se desmayó. Todo seguía su curso normal, hasta que un día, a la hora de la salida, mi mamá no estaba enfrente de la paletería donde siempre me encontraba. Solía ir por mí a la escuela y después pasar al mercado a comprar la comida. Ella nunca había llegado tarde, es extraño que no notas ciertas cosas hasta que dejan de ocurrir. Esperé a que llegara, todos los niños se fueron y ella no apareció. Jugué un poco en las máquinas, cuando se me acabó el dinero fui a buscarla al mercado, tampoco estaba ahí. Mi casa no estaba lejos, sin embargo fue raro regresar sola, sentía que todos se me quedaban viendo.

Toqué el timbre varias veces y nadie abrió. Rodeé la casa y me asomé por la ventana de la cocina, entonces vi el cuerpo de mi mamá tirado en la sala, retorciéndose. Tuve mucho miedo, sentía mi corazón latiendo en mis oídos, no sabía qué hacer. Rompí el vidrio de la ventana con una piedra y entré por ahí.

La cara de mi madre se veía seca, como si hubiera envejecido hasta el punto de casi morir. Sus ojos se veían tristes, pero no podía llorar. Intentó hablar: A… ag… ag… agu… agua. Como pude la subí al sillón y fui por un vaso de agua, ella lo tomó como si hubiera pasado una semana en el desierto. Después pudo hablar mejor, aunque solo fue para pedirme más, “trae una jarra”. Desde que llegué de la escuela y hasta que mi papá llegó del trabajo, ya en la noche, mi mamá se había tomado 16 jarras de agua. Casi se acaba los dos garrafones que teníamos. Cuando llegó mi padre me mandaron a dormir. Ni me acordé que no había comido todo el día. No quería que mi mamá se muriera, eso me quitó el hambre.

Al día siguiente desperté temprano. Mi padre estaba haciendo unas llamadas y me dijo que mi mamá estaba muy mala. “¿Van a ir al doctor?”, le pregunté. Él dijo que no, que él la cuidaría. Nunca lo había visto así, con ganas de llorar, el mar estaba a punto de salir de sus ojos. “¿Puedes irte sola a la escuela?”, me preguntó. “Sí, pero si mamá está mala me quedo a cuidarla”, dije. “No, todo va a estar bien”, respondió. Yo sólo recordé que una vez leí en una revista que esa frase la decía la gente cuando todo iba a estar mal.

Durante las clases no pude pensar en nada, sólo recordaba a mi mamá tirada en el piso, con su piel seca a punto de romperse. Por fin sonó la campana de salida y fui corriendo a casa. Al llegar me sorprendió ver a un grupo de hombres trabajando. Unos sacaban tierra de mi casa con unos botes hasta una camioneta, otros medían el terreno que estaba detrás de la cocina. Uno manejaba una máquina para romper el piso y otros escarbaba la tierra con picos. Encontré a mi papá saliendo de su cuarto. “¿Qué está pasando?”, dije asustada. “Están construyendo una alberca”, me respondió muy serio. Me puse feliz, olvidé mis preocupaciones de la mañana, di un brinco y entré al cuarto para contarle a mi mamá. Lo que vi fue extraño.

Mi mamá estaba en la cama, sus manos y piernas estaban sobre cubetas llenas de agua, las sábanas estaban mojadas y su rostro estaba sudado, había algunas arrugas en su piel. Los dedos de sus manos estaban pegados con una especie de tela y al acercarme pude ver que sus dos piernas también. “No sé qué me pasa, mi amor”, me dijo. “Sólo sé que sin agua no puedo respirar”, e intentó sonreír. Yo no pude evitar llorar. Su cuello se veía más delgado, la pupila en sus ojos era más grande y oscura. Su cabello, que antes tenía algunas canas, ahora era totalmente blanco y en sus brazos, lo que yo creí que eran arrugas, eran escamas. Entonces lo supe: mi mamá se estaba convirtiendo en una sirena.

Después de que acabaron de construir la alberca, la techaron y construyeron paredes. Ningún vecino debería ver que mi mamá se pasaba todo el día, todos los días, ahí. El espacio no era muy grande y mi mamá no podía estar de pie, sólo podía estar ella ahí adentro. A mí me hubiera gustado estar nadando con ella antes de que muriera. Siento que esos últimos meses nos unimos más.

Yo le dejaba algo de comida antes de irme a la escuela. Me quedaba un rato viéndola dormir, me recordaba a mi patito Mango, disfrutando del agua sin preocupaciones. Regresaba de las clases y hacía la tarea sentada en la orilla de la alberca. Mi mamá me ayudaba y después me decía las recetas para hacer la comida que yo ya había comprado en el mercado. Cuando alguien preguntaba por mi mamá yo les decía que estaba cuidando a mi abuela, que estaba muy enferma. Mi papá pasaba casi todo el día en el trabajo, tenía que pagar lo préstamos que pidió para tener una alberca en la casa.

Él sólo descansaba los domingos, y esos días los dedicaba por completo a mi mamá. Cada día que pasaban juntos era como si celebraran su aniversario. Mi padre despertaba temprano para cocinarle el desayuno, se lo acercaba a la alberca y lo comían juntos mientras veían alguna película o escuchaban música. Platicaban de cuando eran jóvenes; de la primera vez que mi papá conoció a la familia de mi mamá y lo nervioso que estaba; de la vez que se conocieron en el café del pueblo y mi papá le invitó un pastel que ella rechazo al inicio porque estaba a dieta, “cuando insistió no le pude decir que no, me gustó desde que lo vi entrar”.

Sacaban el álbum de fotos y recordaban la vez que viajaron a la capital, era septiembre y los dos traen la cara maquillada festejando la independencia del país; fotos de los dos usando sombrero mientras bailaban en una fiesta de los abuelos; fotos de ellos cargándome cuando era bebé. Había muchas risas, aunque en el fondo podía ver en sus rostros la nostalgia de saber que esos días no volverían. 

A veces jugábamos con cartas o turista y a veces los días no eran tan buenos. Mi madre despertaba triste, diciendo que era una carga para nosotros y que mi papá debería buscarse otra pareja, duraba sin tocar la comida y se quedaba en el fondo de la alberca, llorando. Esos días yo prefería alejarme. Así estuvimos por más de un año.

Fue un domingo cuando mi mamá murió. Yo había ido a comer con una amiga y al regresar a casa encontré a mi papá llorando y a mi mamá en el sillón, los dos desnudos. Ella ya no se movía, todo su cuerpo estaba seco. Abracé a mi papá y lloramos juntos, abrazando a mi mamá hasta que nos quedamos dormidos. Cuando desperté él la había metido a la alberca de nuevo, pero ella ya no nadaba.

Mi papá me contó que ella le dijo que lo extrañaba, que extrañaba su cuerpo, que no quería seguir viviendo así. No era la primera ocasión en que mi mamá le decía eso. Así que ese domingo, que era su aniversario, decidieron que ella saldría y harían el amor. Otras veces lo habían intentado, incluso ella había salido por unos cuantos minutos, sin embargo tomaban precauciones y cuando el aire se le iba, regresaba a la alberca. Esta vez fue diferente, ella empezó a asfixiarse y cuando mi papá quiso llevarla al agua, ella lo abrazó muy fuerte y le dijo que no. “No, no, estoy bien así. Estoy bien así. Quédate conmigo”, fue lo último que dijo. Saqué el mar que tenía adentro. No he vuelto a nadar.