A veces la vida tiene sucesos increíbles, el día de hoy Jorge Martínez (ToTo) del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM nos comparte un interesante cuento.

No importaba que fueran los primeros, segundos o terceros rayos del sol, la luz se colaba tenuemente por la ventana, anunciando el preludio de otro sofocante y cotidiano día. Con gran lentitud, Irene se sentó en la orilla de la cama con la mirada clavada en el suelo, su cabello formaba una cortina tras la cual se ocultaban las ojeras que enmarcaban su mirada distraída y cansada, los labios pálidos y secos, y la nariz aguileña que odiaba desde la adolescencia. Tardó un par de minutos para reunir las fuerzas necesarias y levantarse.

Tres meses atrás, Ernesto, había sido acribillado en un puesto de quesadillas. Los testigos dijeron que el asesino se dirigió rápidamente hacia él lo llamó y descargó el cartucho de su pistola en unos segundos. Su cuerpo yacía en un gran charco de sangre junto al paquete de papel kraft que contenía la novela que había impreso en su trabajo y que prometía ser toda una revelación.

A partir de ese día, Irene, fue protagonista de diversas versiones que las vecinas comentaban entre el mercado y la telenovela.

-Estoy segura que tenía una amante y el marido le pasó factura.

-Por eso no te llenan de plomo. Para mí que es cuestión de drogas. Seguramente ella también está metida.

-Pues yo me enteré que era una fulana que el difunto había sacado de trabajar y pues al padrote no le gustó y pues ahí está, tres metros bajo tierra. Segurito que al rato vienen por ella, sino tiempo al tiempo.

Estos y otro tipo de comentarios, que no variaban demasiado, circulaban entre la gente de la colonia. Intentaba mostrar indiferencia, pero lo cierto es que al volver a casa rompía en llanto e incluso llegó a sospechar que tal vez alguna de los chismes de las vecinas pudiera ser cierto.

“¿Qué tanto conocías a Ernesto? ¿cómo podrías estar segura de que no andaba metido en algo ilegal?” Lo amaba, era cierto, pero a la vez tenía que haber pasado algo grave para que tuviera esa muerte. No era un accidente, de eso cada día que pasaba estaba más segura.

El hartazgo le atragantaba. El pequeño departamento en el que vivía no podía contener su enojo; la tristeza se tendía y se postraba en los escasos muebles que adornaban su hogar. No podía más, necesitaba saber quién era Ernesto.

Había llegado a odiarlo y no tenía claro el por qué. Tal vez por las infamias que tenía que soportar por parte de las vecinas. Tal vez por el gran espacio que había dejado en su cama. Tal vez por mentirle, porque sin importar los chismes, algo tenían de cierto, nadie te llena de plomo por qué sí. Tenía que conocer la verdad. 

Tomó su bolso y decididamente se dirigió al puesto de quesadillas. El recuerdo de Ernesto le rondaba. Lo frío de su boca, su respiración acelerada cuando hacía el amor, su sexo caliente entre sus piernas. Las lágrimas que comenzaban a brotar fueron rápidamente secadas con la manga de su suéter. Aceleró el paso y vislumbró la lona amarilla.

Había llegado al puesto precipitadamente, pero se frenó ante el comal en el que se sumergían las quesadillas y ante la cara regordeta de Doña Martha quien con agilidad pasaba de tener un volteador en las manos a un trozo de masa que rápidamente comenzaba a manipular con sus pequeñas manos.

– ¿Qué le voy a dar güerita?- Una explicación, eso necesitaba. -Tengo quesadillas, gorditas, sopes, tostadas…-

No podía musitar palabra alguna. La dependiente alzó la vista y dio un leve respingo al ver su rostro mudo y su mirada que se perdía entre el aceite que hacía burbujear la quesadilla recién hecha.

-Pero si es usted. Ya tenía ganas de pasarme por su casa y darle el pésame. Cuánto lo siento, pero ya ve, entre el puesto y los hijos, la verdad no había tenido el tiempo. Espero encuentre pronta resignación. Pero siéntese, no se quede ahí parada, ahoritita mismo le hago una de huitlacoche, ya verá qué bien le cae. Chamaco, arrímale un banco a la señorita. ¡Ay!, siento mucho lo que sucedió, menudo susto que nos llevamos, todo sucedió tan rápido. Y pensar que ya casi tenía su pedido.

En cuanto el niño puso el banco a su alcance, comenzó a sollozar cubriéndose la cara con las manos. ¡Qué estupidez! ¿cómo aquella señora regordeta podría darle una explicación?, en todo caso, lo último que podía saber eran los últimos momentos de su vida, nada más, ¿cómo podía saber más qué tú qué se escondía tras la muerte de Ernesto?

-Ya no llore güerita, hágalo por el difunto. Mi madre siempre nos dijo que si uno llora el muertito no puede descansar en paz. Cuando mi padre murió, solamente le pudimos llorar el día del velorio, después nos juntó a todos mis hermanos y a mí, para advertirnos que si nos veía con una sola lágrima nos daría la tunda de nuestra vida. Y vaya que extrañamos mucho a mi padre, pero siempre le tuvimos más miedo a mi madre. ¡Hey, tú, Ernesto, dale un refresco a la güerita!

Levantó rápidamente la vista y con la boca abierta se quedó mirando a Doña Martha. Ésta tardó un rato para entender lo que pasaba por su mente. Solo cuando el chico se postró junto a Irene y tendió la botella de refresco lo comprendió.

-Mi hijo también se llama Ernesto, qué casualidad, ¿verdad?

Ahí se encontraba la respuesta que buscaba. No cabía duda, nunca había creído en las coincidencias y ésta no podía ser la excepción. Sus ojos se anclaron en el chico de apariencia famélica y con ropa más grande que su talla. No podía dejar de mirarlo y al sentir su mirada inquisidora, se volteó con su madre y le dijo:

-Voy a dar una vuelta.

-No tardes, que en un rato esto se va a llenar de clientes y voy a necesitar que me eches la mano.

El chico comenzó a caminar rápidamente, Irene sabía que no tendría otra oportunidad. Dio un gran trago al refresco, sacó un billete de 50 y se lo extendió a Doña Martha, quién, mientras negaba el pago del refresco, insistía en que comiera la quesadilla que estaba a punto de salir.

-Tengo prisa, quédese con el cambio, luego vuelvo por la quesadilla.

Doña Martha siguió negando el pago del refresco mientras extendía la mano, se santiguaba con el billete y lo guardaba en su delantal. Irene apresuró el paso tras Ernesto. Cruzó un par de calles y vislumbró al chico. Tuvo que correr unas cuantas cuadras más, porque escuchó sus pasos e intentó correr, pero con agilidad lo pescó del cuello de la camisa, y lo aventó contra la pared. No iba a permitir que huyera.

El chico se pegó a la pared como si quisiera fusionarse o mimetizarse en el concreto mientras jadeaba y lo cercaba con sus manos. Cuando recuperó el aliento, su mirada traspasaba los ojos del chico, como si con ese acto le arrebatara la verdad. No hubo necesidad de musitar pregunta alguna, todo se sobreentendía.

-No fue mi culpa -musitó el chico- se lo juró, todo fue un error. 

– ¡¿Qué carajos fue lo que pasó?!

Ernesto bajó la mirada, se acomodó la camisa y contó lo que había sucedido: Meses antes del tiroteo, el hermano de su mejor amigo, Rogelio, le propuso un negocio que de tan bueno parecía imposible. Se trataba de trasladar los productos de la tienda de su familia a diferentes domicilios para clientes exclusivos. Al principio la idea no le entusiasmó demasiado, pero terminó aceptando luego de haber escuchado hablar, durante un par de horas a su madre, sobre las carencias de la vida y lo importante del trabajo.

La primera semana entregó muy pocos paquetes, envueltos en papel kraft, la mayoría eran para un complejo de apartamentos, el trabajo le parecía bastante tedioso, pero cuando recibió su pago al final de la semana, el tedio pasó a segundo plano. Caminó a casa compró un refresco tamaño familiar, pan y leche. Le dijo a su madre que le habían pagado 200 pesos. La madre lo recibió con un gran abrazó, lo sentó a la mesa y sirvió la sopa. Nunca se había sentido tan orgulloso y feliz, lo trataban como todo un señor.

En su tercera semana trabajando, se había dado cuenta de que la tienda no contaba con ningún teléfono, fue cuando le cuestionó a Rogelio cómo hacían para conocer el encargo y cómo les pagaban, ya que él solamente dejaba afuera los paquetes y nunca había salido nadie a recogerlos.

-Son clientes frecuentes, algunos días yo me paso por sus casas, me entregan una lista, me pagan y a lo largo de la semana les enviamos lo que piden- contestó Rogelio.

La explicación no había hecho más que acrecentar las dudas de Ernesto, sin embargo, no quiso indagar. La prudencia le duró poco. Al siguiente día, cuando se disponía a cumplir con la primera entrega, se detuvo en la esquina y quitó con rapidez el envoltorio de papel kraft. Un paquete envuelto con cinta canela era lo que se encontraba al interior. Al intentar quitar la cinta el paquete escapó de sus manos y el polvo que contenía se esparció por el suelo. Nervioso juntó lo que pudo, volvió a envolverlo torpemente, y corrió hasta el domicilio y lo dejó en la puerta, con cuidado, como si se tratase de una bomba.

Él sabía exactamente de qué se trataba todo eso. El miedo lo invadió, pidió permiso para irse a su casa, fingiendo un malestar estomacal. Al llegar se tumbó en la cama y pensó en todos los problemas que tendría si su madre se enteraba en qué estaba metido, seguramente iría a dar a la cárcel. No podría volver a salir en bicicleta con sus amigos y tendría que hacer del baño frente a sus compañeros de celda. Ernesto no pudo dormir en toda la noche por los nervios.

Al siguiente día, al llegar a la tienda, Rogelio lo jaló del brazo y lo llevó a la trastienda. Comenzó a ofenderlo, le dijo que era un pendejo, que cómo se le había ocurrido abrir el paquete.

-Lo mejor es que te pires cuanto antes. A mí no me van a hacer nada, saben que no ha sido culpa mía, van ir sobre ti, seguro- sentenció Rogelio -creen que les has estado robando.

Ernesto se quedó pálido. Se fue enseguida a casa, empacó algo de ropa en su mochila, se dirigía a la salida cuando su madre entró. Le contó que la tienda iba a cerrar ese día porque la iban a fumigar. Doña Martha se lo creyó y lo obligó a ir con ella al mercado a comprar las cosas para la venta de la tarde. No tuvo un tiempo a solas. Prefirió ayudar a su madre a montar el puesto y con cualquier excusa regresar a su casa y emprender la huida, seguramente le dejaría una nota donde le explicaría todo. Total, su padre se había marchado sin decir adiós.

La gente comenzó a juntarse en el puesto, el chico estaba a punto de decirle a su madre que iría rápidamente a casa cuando un tipo alto y delgado se acercó con un paquete bajo el brazo, como los que él entregaba, pidió cuatro quesadillas y clavó su mirada en el aceite. Nuevamente intentó decirle a su madre que iría a dar una vuelta, de pronto, se frenó una moto cerca de la banqueta, al parecer era el único que percibió su presencia, un tipo bajó de ella y se acercó al puesto. Notó que el chico escondía algo bajo el rompevientos azul. En ese instante se detuvo a unos pasos, justo detrás del hombre con el paquete bajo el brazo.

Escuchó al tipo decir: ¡Ernesto! centrando su mirada en él. No pudo musitar palabra. El hombre que estaba parado con un paquete en las manos volteo y contestó:

– ¿Sí?

La ráfaga de disparos no se hizo esperar. El puñado de gente que se encontraba en el puesto a la espera de sus garnachas se dispersó en segundos, algunos transeúntes se echaron al piso cubriéndose la cabeza con las manos. Fue cuestión de segundos entre la primera detonación, el alarido de las personas y el sonido de la moto perdiéndose en la noche. Ernesto yacía en el suelo rodeado de un charco de su propia sangre. Notó como se retorcía levemente mientras escupía un chorro de sangre. Sus ojos sin vida, se centraron en la dirección de su cara pálida y su boca abierta. 

-Iban por un Ernesto- fue lo último que dijo el chico.

Irene no se había dado cuenta, pero durante el relato sus mejillas se llenaron de lágrimas, pese a ello, se sentía liviana, su corazón dejó de tener el ritmo acelerado de los últimos meses. Apretó el bolso con las dos manos y se encaminó a casa. Cerca de la entrada, un grupo de mujeres platicaban formando un círculo, el cual se abrió cuando una de ellas, se percató de su presencia y, sin el menor pudor, hizo señas a las demás para que le vieran.

Formaron una fila y la escudriñaron de arriba abajo, mientras pasaba junto a ellas. Hurgó su bolso lentamente para sacar sus llaves y abrir la puerta, No sentía la prisa ni el impulso de entrar y soltarse a llorar al amparo de las paredes y los escasos muebles. Se sentía tranquila, no volvería a ver los primeros, segundos o terceros rayos del sol colándose por la ventana, de eso estaba segura, pero estaría en paz con Ernesto.

Pocos días después abandonó el departamento de manera repentina, sin que nadie se diera cuenta. Las vecinas, nuevamente, se encargaron de crear mil y un versiones sobre su partida, sin embargo, la noticia se olvidó cuando un mes después el hijo de Doña Martha, fue acribillado cuando salió por un refresco.