Por Julio Calderón

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Un hogar puede denominarse como una irrupción en el orden natural del cosmos. Un piso que se aferra a la tierra, cuatro paredes que rompen el viento y un techo que bloquea la lluvia. La construcción de una casa implica la destrucción del senderismo. Las gentes se encierran en estos recintos para protegerse, pero no se dan cuenta de que cometen el acto más impuro: el aislamiento. Todo aquello que se vive en una casa se queda emparedado en esta. Cuánta sangre fluye por las tuberías de los lavabos de tu vecino. Una casa mal iluminada y mal ventilada de noche se transforma en un laberinto, cuyo único mapa es la memoria de las mañanas, cuando todavía se puede ver qué puerta lleva a qué pasillo y a qué cuarto. No obstante, sin memoria, una casa no se diferencia en lo absoluto de una cárcel. En esos casos uno debe andar con cuidado, pues los pensamientos maliciosos suelen aprovechar para rondar por los atajos. ¿Qué vas a encontrar si giras la llave? ¿Qué harás si te recibe una regadera, o peor, un armario?

*

—Es de lo más normal, no tiene que preocuparse de nada. Más bien, pregúntele cómo se siente, escuche de qué tratan sus pesadillas.

—Lo que pasa es que llevamos casi un año así, doctora. Yo no creo que sea normal… Además, Victor tiene casi siete años, sus compañeros podrían burlarse de él si le pasa en la escuela.

—Con todo respeto, señorita, los niños se burlarían de él tuviese la edad que tuviese si le pasara en la escuela. Pero como usted ya me ha comentado, solo ocurre durante las noches. Todavía es muy joven para diagnosticarlo. Además, algo me dice que su padecimiento es psicológico. Le voy a anotar el número de un compañero mío experto en infantes. Si no puede hablar con su pequeño, tal vez le sirva llevarlo con él.

—Gracias, doctora —toma la tarjeta con desconfianza—. Una pregunta más, si los problemas comienzan en el día, ¿qué hago?

—Si su hijo se orina mientras está despierto será mejor que lo traiga de nuevo. Pero le aseguro que si lo lleva con el psicólogo, no llegaremos a ese punto.

Se marchan, la doctora se lava las manos.

*

Victor, vas a tener que hacerme un favor. Quiero que despiertes. Algo no está bien. No quiero, no me obligues. No te voy a obligar, sabes que somos amigos, pero tienes que hacerlo. Algo ha pasado mientras dormías. No, no abriré los ojos, siempre que abro los ojos cuando es de noche estoy mojado de nuevo, no quiero no quiero. Escucha, Victor, no te has hecho pipí, lo lograste, ya controlas tu esfínter. Ya eres un chico grande y como tal tienes que hacerme caso. Hay algo muy malo afuera, tú lo sabes. La última vez me dijiste lo mismo y terminé durmiendo en la cama de mi momita, no abriré los ojos por más que insistas. Victor, ¿sientes tu pelvis mojada?, ¿o las sábanas calientes? ¿Verdad que no? Te digo que estás tan seco como cuando te acostaste, si no me crees tócate, no tienes que abrir los ojos para tocarte. Eso, ¿ya notaste que estás seco? Todo bien con tu cama, el problema está allí afuera. ¿Afuera dónde? No puedo decirte, ya sabes que no puedo ver, me limito a sentir la energía que nos rodea. Percibo algo incorrecto, afuera, es algo vivo, y estar tan cerca me está provocando dolor de cabeza. Tú no tienes cabeza. Es un decir, me da mala espina, pues. ¿Es un monstruo? No lo sé, podría ser humano. Quizás un humano de intenciones crueles. ¿Y si es tan malo de qué sirve que me despierte? No voy a poder hacerle nada. El punto no es que lo ataques, te digo que te levantes porque tienes que esconderte, si entra aquí estamos perdidos. ¿Sabes si tiene armas? Yo cómo podría saber eso. Si es malo debe tener un arma. Es posible, con más razón debemos esconderte. No estás seguro aquí. Basta con que cerremos la puerta de mi cuarto. Yo no dije que estuvieras en tu cuarto, Victor.

*

—La doctora me comentó que todavía tienes pesadillas, ¿es cierto?

—Mmm, no sé…

—Tienes que saberlo, eres tú quien vive todo esto, cariño.

—Yo no tengo pesadillas, es Azalea quien me despierta y cuando veo ya me hice pipí.

—¿Azalea? ¿Sigues hablando con tu amigo imaginario?

—No es imaginario, ¡ya viste que insiste en dormirse conmigo!

—Claro, en el lado derecho de tu cama, ya sé.

—No, ya no quiere dormir ahí.

—¿Ah, no? ¿Adónde se fue?

—Ahora duerme dentro de mi cabeza. Está escuchándonos ahorita.

—Pues entonces dile a Azalea que no te despierte. Eres un niño en crecimiento y necesitas dormir bien. Además, no me gusta nada que te sigas orinando. No quiero ni imaginar qué pasaría si no te aguantas en la escuela o mientras estás en natación.

—¡Ya se lo dije! Pero sigue insistiendo en que algo malo pasará si no me despierto.

—¿Ah, sí? ¿Como qué?

—Yo, mmm… no sé. Jamás me dice —baja la mirada, procede a arrancarse los pellejitos de la mano.

—Que te dejes en paz, cuántas veces te lo he dicho. Se te va a infectar si te estás rascando todo el día.

—Perdón, momita, no quiero hacerlo —crispa los puños para contener el llanto, pero la voz ya le ha cambiado, gira la cabeza hacia la ventana para que no lo vea llorar.

—Tranquilo, mi cielo, no pasa nada. Veremos qué podemos hacer, ¿sale?

Victor llora en silencio, con su mamá no se siente tan triste como cuando está sin ella.

*

LEVÁNTATE, MIERDA… Lo siento mucho, Victor, no quise gritarte, la verdad tengo miedo, en serio necesito que abras los ojos, por favor. Yo… también tengo miedo, ya no quiero hacerme pipí. Eso no importa ahora, si la cosa viene por nosotros se acabó todo, ¿no lo entiendes? No hay nada afuera. Nomás estamos mi mamá, Jake y nosotros. Victor, ¿estás seguro de que tu mamá está aquí en esta casa?

*

Los primeros pasos siempre son los que causan más dudas. ¿Debía escuchar las plegarias de Azalea, quien lo había metido en tantos problemas en el pasado? Ni siquiera se atrevía a abrir los párpados, aunque le preocupaba no escuchar los ronquidos de su mamá en el cuarto de al lado, o el deambular de su perro en el jardín, que solía estar despierto en las noches de calor. También eso había notado: la temperatura descendió considerablemente durante los minutos que se extendió la diatriba con Azalea. El agua de sus pulmones ya se había condensado en la ventana, produciéndole ardor y resequedad. El ambiente era frío y seco. Desconfiaba de la vocecita guardada en su cabeza, sin embargo, él tampoco se sentía seguro. Era cierto que algo había cambiado mientras dormía, pero ¿qué? Había solo una manera de averiguarlo. Contrajo todos sus músculos antes de la hazaña, y en un salto de energía expulsó la fuerza acumulada a lo largo de las pocas horas de sueño. No solo abrió los ojos, sino que se levantó de golpe, hasta tiró las sábanas al piso. Las acariciaba con los pies, no había rastro de orina. Lo había conseguido, por primera vez en toda su corta vida había podido despertarse a media noche sin estar repleto de líquido. A pesar de la situación, Victor consideró el hecho como una pequeña conquista sobre su propio cuerpo. Algún día podré dominarlo por completo, se dijo.

*

—¿Ya te lavaste los dientes?

—Mmm, sí…

—A ver, muéstramelos.

—Mmmm, no, ya están limpios.

—No te creo, a ver, abre la boca.

—Pero, momita…

—‘Pero’ nada, ¿quieres que se te pongan todos negros?

—Qué importa, de todos modos se me van a caer pronto.

—No sea respondón, chamaco pelado. Si no te lavas bien estos dientes al menos tres veces al día, los que te crezcan de hueso te van a salir chuecos.

—Eso no es cierto, me van a salir chuecos porque tú los tienes así. Es lo que dijo mi papá.

La atmósfera pasivo-agresiva se reventó como una burbuja, el sonido atravesó todas las habitaciones y lo absorbieron las paredes. La mano izquierda de Victor sobaba su cachete, nunca había tenido que hacerlo. No comprendía el incremento de ira de su madre, pero sabía que tenía que ver con lo que había dicho. Estaba mal mencionar a su papá, o eso creía. Decirle que tenía los dientes chuecos podía valerle un castigo, pero jamás una cachetada. La mirada de la mujer que estaba frente a él se había relajado. No distinguía ningún tipo de emoción en su gesto, sin embargo, no por ello se sentía más seguro. De hecho, no se sentía nada seguro. Sus piernas estaban listas para correr, aunque se trataba de su madre. Sabía que no había peligro con ella, a pesar de que la parte reptiliana de su cerebro imploraba por atacarla o huir.

—No vuelvas a mentir nunca, me entendiste.

—Yo… yo no mentí —notó que su garganta se había cerrado, le costaba hablar claro.

Su madre se agachó, no completamente, lo suficiente para asetearlo con los ojos.

—Lamento mucho haberte pegado, hijo mío, pero no voy a permitir que mientas de forma tan ruin como acabas de hacerlo. ¿Está claro?

La vista de Victor se volvió borrosa, las lágrimas empezaron a brotar. Trató de detenerlas, lo cual solo aceleró su caída hasta la barbilla. Luego ocurrió lo peor, el picor en los muslos y la entrepierna le hicieron darse cuenta de que estaba dejando un charco amarillo en las baldosas. Ya no pudo contenerse más, lloró a rienda suelta, quizás no tanto por la cachetada, sino por frustración. Se veía mugroso en el espejo mientras pensaba que se habría podido ahorrar la humillación si se hubiera lavado los dientes. Su madre también lo observó, se movió instintivamente para evitar mojar su zapatos. Olvidó por un momento su enojo, comprendía que su hijo estaba sufriendo. No deseaba bajar su molestia, pues el tema del padre se mantenía como terreno delicado, pero ya lo hablaría después, cuando solucionaran la incontinencia urinaria. Lo llevó a bañarse y le preparó ropa de cama, pronto tendrían que dormir.

*

Es hora, Victor, abre la puerta. Yo creo que si avanzamos sigilosamente hasta el baño podremos cerrar con seguro y escondernos debajo del lavamanos, en la gaveta donde tu mamá guarda los productos higiénicos. Primero tengo que encontrar a mi momita. ¿Qué? Pero si ya te dije que no está aquí, probablemente ella ya logró escapar y nos está esperando afuera. Mi momita nunca haría eso, ella me quiere y vendría por mí, yo tengo que ir por ella. Pero a ver, si esa cosa nos atrapa, tu mamá va a tener que rescatarnos, ¿no ves que la pones en peligro? Si nos vamos al baño estaremos a salvo hasta que esa cosa se vaya y entonces podremos ir por tu mamá. ¿Por qué se marcharía así nomás? No tiene sentido. Si nos escondemos no se irá hasta que nos atrape. Quiero ver a mi momita, y también a Jake. Bueno, es obvio que no tengo opción. Tendremos que hacer lo que tú digas, pero todo comienza con que abras esa puerta, ¿estás listo? . Espera, ve por el martillo que está detrás del ropero. ¿Del ropero? ¿Cómo sabes que esto estaba aquí? Vi a tu mamá dejarlo aquí hace una semana, lo puso ahí para que no lo tomaras sin permiso. Pesa mucho. Átalo con un cordón y te lo llevas como morral. Ahora sí, ¿ya estás listo?

*

Respiración profunda. Respira otra vez, una más. El pomo no refleja luz alguna, la ventana apenas y permite que unas luces empañadas atraviesen el cuarto. Gira con decisión. La bisagra rechina. La abertura deja entrar un golpe de oscuridad que eriza la piel de Victor. Una sirena de ambulancia recorre la casa con un chirrido anormal. Ni siquiera el destello rojo penetra el pasillo. El pequeño es incapaz de vislumbrar el pasillo, casi que piensa que si pone un pie del otro lado caerá en un abismo de soledad. Retrocede un paso, ya no está tan seguro como antes.

*

Vamos, Victor, tenemos que hacerlo. Tranquilo, tú estás conmigo y yo contigo. Un paso a la vez. Sí, lo sé, vamos.

Continuará…