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Por Julio Calderón

12:34 a.m. La madre de Victor escuchaba el agua escurrirse por la canaleta hacia el jardín. En el baño la gotera repetía un golpeteo sobre una cubeta cada tres segundos. Normalmente el ruido la tendría desesperada, pero aquella madrugada no: su mente viajaba por otro sitio. Si el niño se hace pipí de día tengo que llamar al psicólogo, pensó.

La cachetada estuvo mal, se dijo; sin embargo, desconocía cómo solventarlo. Le preocupaba que fuera una de esas conmociones que los niños recuerdan para siempre. Ella misma guardaba algunas experiencias indeseables de su padre. No usaba los puños, pero la lengua la tenía tan afilada como una hoja de aluminio. Había ahuyentado a todos a su alrededor, solo que ella no podía escapar, no tenía adónde ir. Tuvo que soportar sus insultos durante 13 años de letargo, hasta que finalmente el viejo abandonó el plano existencial en un suceso tan olvidable que ni siquiera vale la pena escribirlo aquí.

Estaba consciente de no ser la mejor de las madres, aunque se jactaba de educar correctamente a Victor. Los golpes nunca habían tenido que ser necesarios y siempre cuidaba sus palabras, a fin de mantener una relación de confianza con el niño. Aun así, su enuresis había agravado un dilema que ella había dejado pasar durante al menos 2 años: Victor no tenía amigos. Esperaba que con el cambio de año y las clases de natación su confianza emprendiera vuelo, todo con tal de algún día escucharlo pedir permiso para traer a otro niño a la casa. Claro que no se lo concedería —no se sentía apta para cuidar a un hijo ajeno—, pero eso era lo de menos. Lo importante habría sido tener la seguridad de que el pequeño fuera apto para socializar. En lugar de dicho escenario, se toparon con un caso harto diferente, pues Victor se escondía en los juegos de kinder para llorar cuando lo dejaban en el colegio. Las maestras le preguntaron qué lo ponía tan triste; y él respondía con una ingenuidad lastimosa que no sabía, simplemente ocurría.

—¿Te pasa algo, cariño?

—No, de veras que no…

—¿Te molestan en la escuela?

—No, momita, no.

—¿Es porque pasamos menos tiempo juntos?

—Tampoco, estás ocupada. Y me gusta mucho ir a nadar.

—Bueno, pero si te pasa algo tienes que avisarme, ¿okey?

—Sí.

—A ver, dedito de promesa.

—Lo prometo —afirmó mientras asentía y estrechaba su meñique con el de su mamá.

Poco después, no obstante, comenzaron los terrores nocturnos. La historia variaba en sintaxis, no en contenido. Victor se levantaba sudando frío aproximadamente a la una de la madrugada. Sentía tanta vergüenza por sí mismo que tardaba otra hora en avisarle, a veces incluso trataba de lavar él mismo las cobijas, empapando todavía más su pijama y provocándose un resfriado. Ella había acostumbrado su reloj biológico a despertarse 5 minutos antes para asegurarse de que todo se encontrara en orden. Solía mojar la cama una vez a la semana, generalmente en la transición entre miércoles y jueves. Justo como ahora.

Ya tenía las sábanas limpias a su lado, en el lugar que ocupó su marido. No faltaba mucho, sin embargo deseaba ir a verlo en ese instante. Quería abrazarlo, le urgía disculparse con él. De mientras lo veré mientras duerme, se aconsejó, y partió hacia el cuarto que se encontraba en un extremo opuesto de la casa. La puerta rechinó sin importar que la abriera con todo el cuidado del mundo. Tengo que engrasarla, se aconsejó. Avanzó los pasos que hacían falta para estar frente a la otra puerta y justo antes de tocar el pomo notó que no traía las sábanas. Pendeja, se reprendió, para repetir su camino en dirección opuesta. Fue insoslayable causar el crujido de la madera y el chirrido del gozne, esta vez incluso más irritante por el viaje duplicado. Una vez con la tela gruesa en su hombro se dispuso a pasar.

—Qué raro, el candado está puesto —dijo, mientras presionaba con más fuerza para poder entrar.

*

Jamás había hecho tanto frío, ¿no lo crees? La casa no suele ser tan fría, ni siquiera en invierno. Quizá deberías traerte un suéter antes de salir. ¿Tienes frío? Pero no tienes un cuerpo. Estoy conectado al tuyo, lo que percibas tú lo siento yo y viceversa, ¿acaso no notaste que te pulsaba la cabeza cuando te dije que tenía migraña? Sí, un poco… Bueno, te digo que te traigas un suéter, no quiero que te enfermes si sobrevivimos a esto. No, tenemos que buscar a mi momita. Estoy consciente de ello, lo que no entiendo es por qué no te mueves. Ya habríamos llegado si no te hubieras quedado inmóvil. Ya voy, es que… ¿Qué sucede? ¿Qué te detiene? No veo, está muy oscuro. ¿Eso es todo? Solo enciende la luz y ya. Tonto, si prendemos el foco la cosa fea va a venir por nosotros. Es un buen punto; pero, oye, debes recordar cómo llegar hasta el cuarto de tu madre. me acuerdo, pero tú dijiste que no estábamos en mi casa. No, dije que no estaba seguro de que fuera tu casa. Como quiera que sea, ¿dónde más vamos a estar? Acabas de salir de tu habitación, ¿no? Lo lógico es que esta sea tu casa. Bueno… Ya sé, se me ocurre que camines con una mano en la pared, así podrás guiarte. Buena idea, vamos.

*

La pared también resintió el cambio de temperatura; Victor no podía distinguir si estaba mojada o solo era la impresión del tacto. El piso de igual manera le congelaba los calcetines y por ende los deditos. Decidió no ponerse calzado alguno porque imaginaba el sonido indicaría al ‘sujeto’ dónde se localizaba. El silencio aturdía sus oídos. Ni la gotera ni el perro ni los ronquidos. Absoluto silencio, aunque no por ello absoluta quietud. Lo que sea que caminara por los pasillos poseía la habilidad para moverse con la ligereza del vaho de un lobo. Si Azalea no le hubiera advertido quizás habría sido tarde para todos… Entre más próxima se ubicaba la siguiente puerta, más ansioso se sentía. Se dio cuenta de que comenzaba a hacer sus zancadas más amplias. Ignoraba cuánto había recorrido, solo esperaba estar cerca. Le sorprendía que Azalea se mantuviera callado, a la mejor porque tenía tanta preocupación como él. Por fin, el relieve de la pared había cambiado. Palpó un garigoleo que enmarcaba una puerta de madera como la de su madre.

—¡Sí! —dejó escapar.

Actuó un reflejo que le puso la mano en la boca. El adverbio había salido de su boca casi al volumen de una conversación normal. Giró la mirada hacia todos los ángulos inútilmente; sus ojos seguían sin ver en la negrura del pasillo. Con todo, parecía que el contexto no había cambiado: ninguna entidad se había percatado de su presencia. Entonces tomó la perilla y la giró con la esperanza de poder meterse y cerrar de golpe, pues el corazón angustiado no le dejaba pensar. Un mecanismo interno bloqueaba su acceso. «Está con llave», aseguró Azalea.

Del extremo del pasillo, más o menos por donde se encontraban las escaleras, un golpe metálico resonó. Acto seguido, una voz gutural gimió hostil y bramó:

—¡Ahí está, mátalo!

«¡Muévete!», ordenó Azalea. El niño obedeció incluso antes de terminar de recibir la instrucción. El apuro consistía en que no distinguía hacia dónde podía ir. Soltó la pared y corrió en diagonal, su destino era el baño del que hablaban al comienzo. No obstante, a la mitad del trayecto fue interceptado por la cosa, quien lo atacó con una alabarda en el pecho. Se le rasgaron el cordón que sujetaba el martillo, la pijama y la piel. Victor cerró los ojos por el dolor. Estaba a nada de quedarse en cuclillas para romper en llanto cuando Azalea tomó el control de su cuerpo. Con otro reflejo recogió el martillo y lo empuñó contra la rodilla izquierda de la criatura. Jamás aquellas manos habían golpeado tan fuerte algo en su vida. Lo escucharon lanzar un quejido. No se quedaron a rematar, sabían que no tendrían éxito. Se escabulleron hacia el baño, se alegraron de que estuviera abierto. Dieron un portazo y pusieron el seguro.

Victor había vuelto a maniobrar su organismo. Se puso la mano en la rajada, la cual ardía y pulsaba a partes iguales. Sentía morbo por ver su sangre, aunque algo le decía que se iba a aterrar. La experiencia más cercana a ello fue la vez que lo llevaron a vacunarse. Con las lágrimas escurriéndole por las mejillas le daba gracia acordarse de días como ese. Tardó en darse cuenta de lo evidente.

*

Podemos hacerle daño, ¿no lo ves, Victor? ¡Podemos hacerle daño! Somos capaces de defendernos; ¡es posible que no todo esté perdido! ¿Victor? Me duele, je… Oh, claro, mira, no te preocupes. Tu mamá siempre guarda el botiquín de primeros auxilios en ese cajón de enfrente. Recuerdo haberla visto curarse a sí misma y a otras personas, así que podría dictarte lo que debes hacer. ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo hice qué? Eso, mover mis manos. Pues, yo no lo sé… Solo no quería morir. Tú no puedes morir, Azalea. Eso no lo sabemos. Hasta donde tenemos entendido, si tú mueres yo dejo de existir. Además, qué caso tiene seguir vivo si tú no estás, eres el único que me escucha. Bueno, nos salvaste, nomás eso importa. Yo solo utilicé lo que ahí estaba, Victor, esa fuerza es tuya, tú puedes infligir daño a ese monstruo si lo intentas. No es cierto, no pude, me quedé tirado. Tú nos salvaste. De no ser por ti… Ey, ey, óyeme, nada de «de no ser por ti»; fuimos los dos, ¿okey de piña? Sí, está bien… Más te vale. Ahora, ve por el botiquín, te enseño como curarte. Azalea. ¿Qué ocurre? G… gracias. Ya te dije que no fue nada, teníamos que sobrevivir. No, eso no, sino por creer en mí. Ay, por favor, tranquilo. Siempre supe que tenías el potencial para hacer todo esto y más. ¿Ya ves? Hoy no solo escapaste de una abominación que intentaba convertirnos en carne molida, también despertaste sin orinarte en la cama. Y aunque ahorita estés manchado de sangre, mírate bien, ni una gota de pipí. Estás creciendo, Victor, mantengámoslo así.

*

El espejo estaba empañado, las ventanas igual. Poco después de curarse la cortada, que no era tan profunda, lo limpió con su manga. Los dos se quedaron mirando un rato, no daban señales de reparar en que el monstruo no había intentado acceder al baño. El espejo reflejaba los rayos que entraban por el tragaluz. Especialmente Victor observaba con curiosidad. El rostro no era el suyo, asemejaba a cualquier otro niño. La expresión era la misma, pero el rostro no. Le vino la idea de encender la luz, de todas formas la cosa ya sabía dónde estaban. Luego pensó que mejor no, probablemente la imagen se esfumaría en cuanto presionara el interruptor. ¿Será otro niño atrapado?, se cuestionó.

—¿Hola?

—Hola.

—Tú no, Azalea, quiero hablar con él.

—¿El reflejo?

—Sí, chance y me contesta.

—Okis.

—Hola, soy Victor, ¿tú cómo te llamas?

El rostro movía los labios dibujando las mismas palabras que Victor. Y cuando este se callaba, el otro no tomaba el lugar del emisor.

—Tal vez eres tú de otra dimensión.

—¿Tú crees?

—Es una opción. Digo, con todo lo que nos ha pasado, no me soprendería.

—¿Y cómo lo sacamos de ahí?

—No creo que quiera que lo saquemos. Imagina que él te trata de sacar a ti, ¿estarías cómodo en su mundo?

—Mmm… no.

—Entonces déjalo ahí. Primero hay que concentrarnos en lo que vamos a hacer ahora.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Pues obvio, vamos por tu madre.

Continuará…