La realidad muchas veces supera a la ficción, la literatura tiene el poder de darle voz a quiénes no son escuchados y el día de hoy Hansel Jared Villeda Velasco (UNAM) nos comparte un conmovedor (y triste) texto.

Qué bueno que esta noche me traje a mi Pelusita, si lo hubiera dejado en la casa no tendría nadie a quien abrazar y quién me de calorcito en esta mochila, si no estuviera aquí estaría más helado que los perros flacos de la calle que me acompañan, y esos todavía tienen pelo.

No entiendo aún por qué ando metido en esta mochila, disque decían mis papás que era pa’ que no me llevará el demonio y que debía cuidar algo especial en la mochila, que por eso debía cuidarla aquí entre las hierbas y los perros flacos. Tengo algo de miedo, me mata el frío y me marea mucho el hambre. La oscuridad se hace más fuerte dentro de esta pequeña mochila, las hierbas secas y las moronas de pan de hace dos días ya se han ido de mi estómago y la playera toda rota que tengo puesta solo hace que me entre aún más el frío. Por eso, le rezo a la virgen con el rosario de tela que me había dado mi amá, ella decía que si tenía miedo le rezara para que ella me cuide hasta que volviera por mí, esta noche.

Me dijeron que me quedara en la mochila, que no me saliera de ahí, que si lo hacía me robarían para hacerme esclavo o me llevarían los sirvientes del Chamuco para que él pudiera chuparse todos mis huesos, de por sí ya ando todo flaco por no comer. Por eso me escondieron debajo de esta banca de concreto dentro de la mochila y sobre el mismo piso terroso donde duermen los perros. Esta banca era dónde siempre mi amá se sentaba a llorar cuando me daba helado en las tardes calurosas, pero volvía esas tardes calurosas y felices en tormentas tristes que caen en los ojos de mi madre, de dónde salen sus lágrimas y que por lo que salía de su boca se salían las mías también.

Me decía que no había de otra, que disque yo le arruiné la vida, que le llegué a su panza en el peor momento y que ella no me quería ahí ni afuera de ella, yo lloraba con ella cuando decía eso, pero solo un poquito,  poquito nomás, disque porque no debía llorar, que tenía que hacerme machito como me decía mi apá, que también disque bebiendo del alcohol a uno se le quitaría lo puto, que por eso se tomaba una botella al día, qué para hacerse más hombre y así no llorar como yo, ni como mi abue.

Mi abue siempre me aliviaba después de que mi amá me decía sus insultos, siempre que mi amá me insultaba yo le decía a mi abue, con toda la cara llena de lágrimas, con los ojos rojos y con los mocos colgando de mi nariz, que me curará la tristeza. Ella decía que el cuerpo saca lágrimas pa’ que no explotemos por la tristeza, que la tristeza existe para que después seamos felices, qué si yo tengo mucha tristeza es porque yo iba a ser muy feliz en el futuro. También decía que debía llorar, que si no lloraba la tristeza iba a crecer como un globo y me iba a reventar como los globos de las ferias, que por eso debía llorar, ¡Porque si no yo iba a explotar como esos globos de feria!

¡Ay! Cómo me gustaría uno de sus calditos ahorita en esta noche tan fría y oscura dentro de esta mochila, me haría sentir más calientito y menos mareado. Ella siempre me lo hacía cuando yo lloraba, siempre que comía el caldito de mi abue, se me hacía una sonrisa en el rostro de lo rico que estaba. Veía ahí como las verduras y el pollo andaban nadando por toda el agua amarilla y caliente del caldo de gallina, y que al primer bocado siempre me quemaba la lengua, tanto que tenía que beberle tantito al agua de Jamaica pa’ soportar el ardor.

Pelusita siempre me mantiene tranquilito, estaba en recuperación después de que mi apá lo rompió cuando bebió del alcohol, todo el brazo se le había roto y todo el relleno se le había salido. Él me decía que era para que supiera lo que era ser machito y actuar como un verdadero hombre en la vida, que me haría saber lo que se siente vivir y crecer en la tierra de las hierbas. También que según así entendería lo que él sintió cuando yo le llegué a la vida. Él siempre me contaba cómo muchas veces le daba de golpes a mi madre en su panza, que así se salvaría la vida para los dos, pero que nunca funcionó y por ello llegué aquí.

Ese día no paraba de llorar, no era solo porque habían roto a mi amigo, también era que me habían dado con el cinturón negro. Siempre que mi apá agarra el cinturón negro significa que debo parar de llorar lo más rápido, ya que si no me iba a dar con todo. Pero es que no podía, yo veía a pelusita todo roto y todo triste ahí tirado en el piso, con el relleno blanco saliendo de su pequeño cuerpo. Quería abrazarlo y decirle que la abue lo iba a arreglar, que no llorara, que le curaría su dolor, pero mi apá no me dejó ir con él a quitarle su tristeza, me mantuvo tirado en el piso mientras me daba en todo el cuerpo con el cinturón negro y con los puños. Sentí que mi cuerpecito se rompía como los vidrios de las casas de los vecinos cuando les daban un balonazo, solo que yo recibía muchos balonazos en un vidrio muy delgadito.

Las flechitas del reloj dieron el 12 y mi padre se cansó de darme con el cinturón, “que ya no tenía fuerzas” me dijo y se alejó a su cama a tirarse a llorar, a llorar según porque la virgen lo había abandonado entre las hierbas. Yo aún tenía los cachetes rojos del sudor y de los golpes, también tenía pequeñas grietas de las lágrimas que se rompían y partían mi cara como si fueran pequeños ríos, pero también tenía el ojo morado. En un principio creí que me había llegado una enfermedad extraña, que era un demonio que se había metido en mi ojito.

Me fui corriendo como pude con mi abue, con el pobre de Pelusita y su brazo roto y con mi nuevo demonio en el ojo. Mi abue dio el grito en el cielo cuando me vio así y no paro de llorar, tanto que podría crear un laguito de lágrimas en la hierba y la tierra de la casa.

– ¿Te hago un caldito abue? – Dije al verla tan mal y tan caída.

– ¡Ay Manolito! –  Me lo dijo con una voz cansada y triste, aunque me llegó el pensamiento de un vidrio rompiéndose en su voz.

– Te haré un té de hierbabuena, así no estará triste abue.

Mi abue no paraba de llorar y rezarle a la virgen por lo que tenía, decía que yo no lo merecía. Fue tanto su dolor que corrió rápido a abrazarme para calmar su tristeza, mientras me decía al oído que iba a arreglar las cosas y todo iba a estar mejor.

– Saldré a tomarme un poco de aire, tú quédate aquí, no salgas a buscarme – tenía su voz un poco más tranquila, así que me sentí más tranquilo y me fui a preparar el té que le prometí.

¡Ay! Un tecito de hierbabuena me haría sentir calientito está noche, hasta a pelusita le gustaría. Nos haría dormir y dormir, soñar y soñar con el lugar donde no hay hambre, dónde no hay cinturones negros ni habría lluvias en los ojos.

Pero ya se tardaron en el lugar que me contaron, disque iban rápido y que por eso debía quedarme aquí cuidando lo que había en la mochila, aparte de por el Chamuco. No sé ni cuánto ha pasado, solo sé que hace más frío y que está más oscuro, además de que la espalda ya me duele de estar encorvado en la mochila. También me duele el estómago, no he comido nada desde hace unos días, a mí abue solo le quedaban moronas de pan y un poco de hierbas secas, no le había alcanzado para la comida. Así que ella me dio, aunque fuera las moronas y las hierbas secas para no desmayarme, pero eso fue hace casi 2 días y yo tenía mucha hambre, ya llevaba días que no había probado el caldo que tanto me gustaba.

Aunque prefería que ella se quedará conmigo más tiempo que ir a trabajar y hacerme de comer, ella ya no iba a sus trabajos por el bicho ese que anda por las calles, que ya no podía trabajar decía ella y que si ella se moría me dejaría a mí en manos de esos demonios. Yo no sabía cuáles, pero aun así me daba miedo saber quiénes eran o que me querían hacer.

En esos días que estaba conmigo, me gustaba jugar con ella a los piratas, no conocía ese juego hasta que lo inventó el mismo día que me llegó la enfermedad al ojo.

Yo ya le había hecho su té de hierbabuena para que no estuviera triste, además le había buscado un poco de pan para que no le diera hambre en la noche y para que no tuviera la panza vacía.

Entonces ella entró y ¡Oh no! ¡También tenía la enfermedad del ojo! – ¡Abue, ¿Cómo se contagió usted?¡ ¿A usted también le entró el demonio en el ojo? –

– No…no mijo – dijo mientras se limpiaba sus lágrimas en su piel morenita y trataba de arreglar la voz y el cabello.

– Es que…me agarré a golpes con el mismo demonio.

-. ¡Ay abue! ¿Lo encontró en la casa?

– ¡Sí! Pero ya le di una golpiza y salió corriendo de esta casa.

Yo me sorprendí como nunca, no sabía que el demonio aparecía en las casas de los niños de la hierba.

– ¡Órale Abue, usted es muy fuerte! Pero… ¿Por qué tiene su ojo igual al mío?

– Es que el demonio da un mal de ojo que lo hace morado por unos días, es la marca de que venciste al diablo.

– ¿Me lo jura abue? Entonces… ¿Yo derroté al Chamuco?

– Sí mi Manolito, dicen que los niños que no le tienen miedo le aterran y entonces se escapa.

– ¿Enserio? ¡Entonces no le tendré miedo abue! – Yo no sabía que así podía vencer al Chamuco, quizá de esta forma jamás me agarraría y me chuparía los huesos.

– Sí Manolito, no le tengas miedo nunca, ese demonio se irá si no le temes. Pero también pa’ hacerlo repelar podemos burlarnos de su castigo pa’ que jamás se acerque otra vez a nosotros- Dijo mi abue ya con la voz más arreglada.

– ¿Cómo le hacemos abue?

– Jugando con sus maleficios como si fueran buenos.

Yo estaba emocionado ya que podríamos jugar ella y yo, desde hace ya bastante tiempo que no lo hacíamos, ya que siempre tenía que irse a trabajar antes de que yo pueda jugar con ella.

– Y ya se me ocurrió un buen juego para utilizar estos maleficios. ¡Ahora tú y yo jugaremos a los piratas!

– ¿Cómo se juega abue?

– Tienes que buscar tesoros por toda la casa y después esconderlos en un cofre para que yo después los busque. Quien tarde menos tiempo en encontrar el tesoro del otro gana.

– Órale va.

Jugamos hasta que la noche se volvió tan fría como la de hoy dentro de la mochila, pero yo le había ganado a la abue aquella vez y me gané que arreglará al Pelusita, por eso está recién curadito. Apenas se recuperaba cuando mis papás entraron a mi cuarto y me dijeron que fuera rápido con ellos, que disque necesitaban que los acompañará pa’ unos asuntos, que tampoco hiciera tanto ruido porque si no despertaría a la abue. Ya ni me cambié y solo me alisté a mi Pelusita, porque en la noche me da más miedo andar sin mi Pelusita. Ellos me dijeron que subiera a la mochila que tenían allí, para que no caminará y no me cansara, era una mochila negra y algo rota, pero se veía resistente. Me subí a la mochila y y mi padre me cargó dentro de la mochila, salimos de la casa y ya en la calle caminamos debajo los postes rotos que a apenas alumbran un poco el camino de tierra al que nos dirigimos.

Caminamos y caminamos, para mí fueron unas dos horas el tiempo que tardamos en llegar, o solo Diosito sabe. Escuchaba como mi apá pisaba los cachitos de las botellas de vidrio que estaban en el camino oscuro y como pateaba las botellas de plástico mientras caminaba, también podía ver cómo la tierra volaba y saltaba cada vez que daba un paso sobre la tierra iluminada por los pocos postes que servían. En la misma dónde podía ver como dormían los perros huesudos por allá en los arbustos.

Andamos hasta que ellos dijeron que era aquí el lugar, que aquí era donde trataban sus asuntos y dónde yo les iba a ayudar. Llegamos debajo de este puente enorme que siempre me sorprendía al verlo ¡Era más grande que mi casa e incluso más grande que el camino de tierra por el que habíamos pasado! Era como si muchas casas pudieran vivir allí en el puente, dónde en vez de tierra había pavimento.

Ahí vi la banca de concreto donde mi amá lloraba mientras me daba y comía su helado, incluso creo que tenía sus lagrimitas marcadas en el piso, pero su tristeza solo estaba en el aire frío y húmedo. Le gustaba venir aquí porque decía que aquí era donde yo iba a ser feliz, un lugar donde nadie me encontraría y nadie me quitaría la felicidad.

Entonces mi apá me bajó y me dijo que me iba a cerrar la mochila pa’ que no me llevará el Chamuco, que no la abriera o me llevaría a sus tierras de fuego, dijo también que les iba a ayudar esperando y cuidando la mochila, que había algo muy importante escondido en ella y debía cuidarlo hasta que regresarán.  Mi amá me dijo también que la virgen me cuidaría y me daría su luz para llegar con ellos al lugar donde jamás me iba a dar hambre, por eso me dio el rosario de la virgencita y me dijo que le rezara por si tenía miedo. Me dijeron que no se tardarían, que yo no podía ir con ellos porqué no podían entrar los niños y que debía cuidar esa cosa importante. Entonces, cerraron la mochila y escuché como sus pisadas se fueron alejando y alejando hasta que ya no escuchaba nada, solo el viento, mi estómago gruñendo y los temblores que el frío daba en mi cuerpo.

Ya me siento un poquito mareado y cansadito, tengo mucho frío, pero es más fuerte mi sueño. Ya estaba bien flaquito de no haber comido en tantos días, pero también me dijeron que cuándo regresaran se me quitaría el hambre, que ya no iba a tener nunca más hambre. Que la virgencita nos ayudaría a llegar al lugar donde jamás tendría hambre, donde jamás me contagiaría el diablo con su mal del ojo morado.

Ya no le tenía tanto miedo al Chamuco, solo le temía a qué la virgencita no me llevé al lugar donde no hay hambre, que quizá no fuera tan bueno como para poder estar ahí, no quiero tener más hambre ni dolor en mi cuerpo, ni yo ni Pelusita. Solo quiero que los gruñidos en mi estómago se callen y me dejen de golpear la panza, que el viento deje soplar y entrar en los agujeros de mi playera, que la oscuridad se vaya para siempre y solo sea mi sombra, solo quiero llegar al lugar donde no hay hambre, no deseo nada más en mi pequeña vida.

La verdad ya es mucho el dolor y el ardor en mi panza, ya no sé cuánto tiempo ha pasado desde que me dejaron debajo del puente y debajo de la banca de concreto, solo sé que quiero a mi abue, jugar con ella a los piratas y un poco de su caldito. Quiero que me abrace y me diga que yo no soy malo, que era un ángel que cayó al infierno sin querer, que era muy buen muchacho, que había caído en la tierra con hierba para comer pero que yo merecía el manjar de Dios.

Yo no sé a quién creerle, sólo sé que quiero abrazarla, solo quiero un poquito de su calorcito que hace que mis lágrimas se sequen y mis ojos se calmen. Quiero regresar para ser igual de fuerte que ella y vencer al Chamuco, la quiero, la quiero mucho. También quiero que mis padres y yo vayamos al lugar donde jamás tendremos hambre, dónde mi madre no tenga que dejar sus lágrimas por mí en esta tierra sucia, dónde mi padre no tenga que sacar el cinturón negro y dónde no tenga que beber nunca más del alcohol.

El frío nomás no baja, pero el mareo y el sueño ya no me dejan estar despierto, solo doy muchas vueltas y tiemblo de frío como los perros huesudos de las calles. Solo veo la oscuridad de la mochila y siento lo suavecito de mi Pelusita. Lo voy a abrazar más fuerte para que no me deje solo y nos quedemos dormidos los dos.

No estás solo mi Pelusita, tranquilo Pelusita, ya van a regresar y jamás tendremos que volver a comer otra vez, la virgencita nos dará el camino para llegar a ese lugar, ya verás que todo esté dolor se marchará para siempre. Vamos, soñemos con llegar al lugar donde no hay hambre, dónde no hay cinturones negros, dónde el cuerpo jamás tiemble por el frío, dónde el estómago nunca me vuelva a hablar ni a golpear, dónde la oscuridad solo es la sombre de mi cuerpo, dónde no se necesitará nunca más mis lagrimitas.