Mis inicios en la literatura japonesa se los debo completamente a Haruki Murakami, a quien leí por primera vez hace ya casi 10 años. Su literatura, accesible en más de un sentido llegó a mis manos gracias a la recomendación de mi bibliotecario y, con el paso de los años pude adentrarme mucho más en otros aspectos de la cultura japonesa, no solo su literatura, también su lengua y costumbres. Es por estas razones y muchas otras que me cuesta mucho estar de acuerdo con la crítica hacia Murakami, que intenta siempre separarlo del concepto que se tiene de la literatura japonesa.

Hemos visto ya, gracias a diferentes autores, que la literatura en Japón (al igual que pasa con cualquier otra) ha experimentado muchos cambios y, en gran parte se debe a la influencia de occidente, pero esto no implica que ya no sea literatura japonesa. Carlos Rubio, uno de los mejores japonólogos actuales, escribió un libro llamado “El Japón de Murakami”, donde nos explica todos los elementos que el autor incluye en sus textos y que lo hacen un escritor que indudablemente conserva los rasgos de las letras de su país.

Otra gran parte de la crítica se ha centrado en la facilidad con la que se lee a Murakami, pero esto no siempre debe ser malo; me parece a mí que la literatura ha pasado a ser un dominio privilegiado donde leer a ciertos autores proporciona un estatus, mientras que se nos juzga por disfrutar leer a otros más.

¿Qué puedo yo decirles de Haruki Murakami? Que ciertamente sus lecturas se nos van rápidamente, tanto por el uso del lenguaje como por la forma en que sus historias se insertan en nuestra mente; que sus mundos son particulares, pues siempre se vale de elementos que salen de lo real y juegan con nuestras creencias, haciéndonos pensar todo dos veces. Puedo decirles también que sus personajes están lidiando con problemas actuales, desde la depresión hasta la búsqueda de su personalidad o un amor no correspondido, situaciones que abogan para que sigamos leyendo. Tiene, por supuesto, elementos muy japoneses, como la circularidad, la sensación de inconclusión, la división de lo dos japones (ya tratado en esta columna) y una vívida descripción de los paisajes, las sensaciones y las formas de vida que experimenta la sociedad japonesa.

Entre sus obras siempre está el elemento occidental, pues Murakami es gran fanático de la música y la cultura pop, pero la forma en que cada uno de estos elementos se insertan en sus historias es sumamente natural. Me parece también que para entenderlo hay que leerlo a profundidad; no basta con leer uno de sus cuentos y asumir su simpleza, es por ello que los invito a leer Kafka en la orilla, 1Q84 o Los años de peregrinación del chico sin color, las dos primeras obras muy extensas, pero que dan clara cuenta de la forma en que el escritor dibuja sus mundos y personajes; la tercera obra es más bien un cuadro del autor, en ella se habla de música, de pérdida, de lo onírico e irreal.

En días como estos, tan fríos y calmados, leer a Murakami promete ser una experiencia completa. Los invitamos a sumergirse en las letras de este exponente de la literatura moderna en Japón y, si después de leerlo sigue pareciendo que su aporte a nuestro tiempo es nulo, me daré por bien servida al saber que ya lo han leído.