¿Y tú serías capaz de distinguir a tu familia de impostores? Sebastián Varo Valdez nos comparte desde La Paz, Baja California Sur un cuento al respecto.

En ese instante, mientras veía desde las sombras en la entrada de mi habitación, sólo tenía la certeza de que, esa familia que estaba sentada a la mesa de la cocina, no era la mía.

Los pequeños detalles delataban a los intrusos. Mi padre tomaba el café con una mano firme, no la usual que temblaba cuando uno le prestaba la suficiente atención. La piel de su rostro no parecía derretirse, sino que permanecía en su lugar y relajada. Mi hermana desayunaba los habituales huevos revueltos pero su cara no era la adormilada de las mañanas; peinados estaban los cabellos que se pegaban en sus mejillas durante el sueño. Sus ojos no pesaban en sus pómulos. Todo rastro de aquellas bolsas moradas que colgaban de sus párpados habían desaparecido.

Los observaba interactuar desde las sombras, con esa naturalidad de las personas que viven juntas. Sin embargo, parecían no estar atrapados en la rutina de los sábados en la cual habíamos caído desde la muerte de mi madre dos años atrás. Eran los cuerpos de mi padre y de mi hermana tratando de actuar como los mismos, sin esa morbidez que siempre nos acompañaba. Pero yo podía ver las sombras que se ocultaban tras las máscaras de mis familiares, no me podían engañar.

Crucé el marco de la puerta y me presenté ante ellos como una anunciación. Tanto mi padre que no era mi padre y quien fuera que estuviera en el cuerpo de mi hermana, ambos me miraron sin verme en un acto reflexivo. Fue un segundo después cuando el señor se levantó de su silla con tal fuerza que la tiró al suelo y, antes de que yo pudiera decir algo, mi hermana, con labios temblorosos y pupilas dilatadas, me cortó la pregunta de la lengua.

—Papá, ¿Quién es él?

Me quedé petrificado mientras parpadeaba, la pregunta repitiéndose en mis oídos. Podría jurar haber visto el pecho de mi padre subir y bajar con dificultad, que sus pávidos ojos detrás del cristal de los lentes brillaban al rojo vivo. Podría jurar que la mandíbula de mi hermana temblaba marcando el compás de los latidos acelerados de su corazón y cómo este absorbía toda la sangre de su cuerpo, dejando su rostro vacío de matiz o tono. Podría jurar…

—¿Qué?

—Que si ¿qué haces levantado tan temprano? —dijo el hombre que se parecía a mi padre, sentado en la silla de madera del comedor. Los rostros llenos de pánico que había vislumbrado con claridad ante mí ya no estaban, parecían nunca haber hecho presencia en la realidad. Había despertado de una ensoñación repentina, de la cual nunca fui consciente de haber entrado. Mi hermana estaba sentada a la mesa, sus ojos brillaban un poco, más parecido a su brillo usual, como a punto de romper en lágrimas. Todo parecía normal, mi padre y mi hermana, yo; mi mente se había aclarado de ese casi monumental momento de pánico. Había sido un pequeño truco de mi cerebro, pero, y de la pesadilla frente a mí, ¿cuándo iba a despertar?

Mi padre continuó hablando mientras tomaba su café con calma —Siempre te levantas bien tarde.

—Dice papá que en la noche vamos a ir al boliche.

—Pero no hemos vuelto al boliche desde hace dos años cuando…

Ambos me miraron por un par de segundos. El tiempo parecía alargarse con esa tensión que impone una liga que, ya estirada a su máximo, trata de ceder para no romperse. Los rostros de ambos comenzaron a llenarse de nuevo con esa sombra obscura y pesada que nos había cubierto desde hacía tiempo.

—Bueno, esta casa comienza a ser muy desoladora, diría tu madre.

Entonces pude ver a mi padre y a mi hermana de nuevo, en el brillo opaco de sus ojos que se generaba con la mención mamá, pero, así como apareció, en un parpadeo ya no estaba, volvían a ser estas nuevas personas que no reconocía.

—Y hace mucho tiempo que no salimos, creo que nos hará bien —dijo el hombre con una especie de ánimo forzado en su voz.

Mi padre se levantó de la mesa y dejó su taza en el lavabo. Tomó otras dos de la alacena y nos sirvió café a la joven que pretendía ser mi familiar y a mí. Mi hermana volvió a sonreír, dejando que el momento anterior pasara de largo como si nunca antes hubiera estado, y era que, desde hace años atrás, no la había visto volver a sonreír de esa manera tan jovial y llena de esperanza.

En ese instante, del ataúd que permanecía cerrado en mi mente pareció surgir una especie de iluminación, del tipo que se escabulle en cada rincón de una casa; de la que no deja espacio para oscuridad o sombras. Al mismo tiempo, un tipo de luz abrumante y cegadora.

Se respiraba con ligereza. Nuestro frío hogar comenzaba a llenarse con un clima ameno y cálido, a pesar de las miradas cómplices que intercambiaban estas nuevas personas que eran mis familiares. No me permitía confiar del todo en este nuevo padre y en esta nueva hermana, a pesar de que me encontraba tentado a hacerlo.

Me había vuelto a encontrar con ese sentimiento que parecía habernos abandonado un par de años atrás, el cual había empacado las maletas sin que nos diéramos cuenta y que había salido por la puerta sin ninguna preocupación, asegurándose de darnos la espalda mientras se marchaba sin despedirse o mirar atrás. Ahora esa sensación de seguridad volvía, pero al mismo tiempo, alejado y cerca, permanecía esa otra sensación a la cual me había vuelto familiar, aquel monstruo que ahora me esperaba debajo de mi cama, aguardando el momento en el que bajara la guardia para arrebatarme esta vieja-nueva sensación que me invitaba a salir de mi hogar sin preocupaciones.

—Entonces qué dices, ¿nos acompañas al rato?

—Si quieres, aunque sea por hoy, ¿sí? —agregó la joven que sonreía de manera amplia y cuya voz se resquebrajó en la última palabra.

Sabía que no importaba la decisión que tomara, ese monstruo, esa sombra, me esperaría por siempre para arrastrarme a lo más profundo, en la obscuridad de mi propio hogar.

Mi padre volteó a verme justo en ese momento, clavando su mirada cristalina en mis ojos. Su sonrisa flanqueaba, sus músculos comenzaban a tensarse entre más tiempo me tomaba para responder. Mi hermana siguió los movimientos de mi padre y fueron entonces un par de suplicas, gritando con miradas silenciosas; en sus ojos había un ruego tan táctil que podía sentir sus manos implorantes tomar las mías, invitándome a seguirlos a una nueva zona lejos de las sombras.

Me prometían un lugar fuera de lo azul, fuera del peligro, sin importar que yo pudiera ahogarme entre bancos de arena. El problema no sería tener los deseos de salir del estado letárgico, sería dar los primeros pasos en un piso hecho de brazas, donde nuestras atrofiadas piernas consumirían nuestra escasa fuerza para mantenernos de pie. Pero si ellos estaban dispuestos a travesar los caminos de fuego para salir de la obscuridad, ¿quién era yo para negarles una salida?

Mientras una leve sonrisa, casi imperceptible, se formaba en mi cara, pensé: “En realidad, no hay una salida. Pero prefiero pretender con estas personas y dejar la bola de boliche rodar hasta que tire los pinos, darle la espalda a la pista y voltear de nuevo para verlos levantados otra vez. Aunque sea por una noche.”

Acerca del autor

Sebastián Varo Valdez (1995) originario de La Paz, Baja California Sur, México, es graduado del Diplomado de Creación Literaria de la Escuela de SOGEM (Sociedad General de Escritores Mexicanos), cuenta con un par publicaciones, las cuales incluyen: Limerencia en la compilación JICAMAPEPINO: Ensalada de Relatos Gráficos…del mar en invierno en el décimo número de la revista Nudo Gordiano; además de haber participado como parte del equipo de postproducción para la Muestra Internacional de Cine con Perspectiva de Género (MICGénero) en el año 2019.