¿Alguna vez han sentido que no tienen a dónde regresar?, como si no pertenecieran a ningún lugar, incluso en su propio entorno. Esa extraña sensación que muchos de nosotros experimentamos en la modernidad, con todas sus preguntas y enfermedades, es el tema favorito de uno de los mejores autores contemporáneos de Japón, su nombre es Kōbō Abe.

El día de hoy quiero hablarles de su obra más famosa: La mujer de la arena (suna no onna), de 1962. Esta obra cuenta con una adaptación cinematográfica, que fue nominada al Óscar en la categoría de Mejor Película Extranjera y que, desde mi punto de vista es un gran filme ampliamente recomendado.

En cuanto a la novela, cuenta la historia de un profesor cuyo pasatiempo es coleccionar y clasificar insectos; en un viaje para recolectar nuevos especímenes, se encuentra con un pequeño pueblo pesquero; la imagen es sencillamente particular, parece un hueco en la arena, en donde se erigen las pequeñas chozas dentro de agujeros, como si fueran hormigas. La fuerza de la arena, que cada día cubre y carcome todo a su paso, obliga a los habitantes del pequeño pueblo a recoger la arena y sacarla de los agujeros, antes de que los sepulte vivos.

El hombre decide quedarse a pasar la noche, sin saber que será raptado y obligado a limpiar la arena por los mismos habitantes del pueblo. El título de la novela se relaciona con la mujer con la que vive el protagonista, un personaje con quien comparte techo y a quien, gradualmente se va a costumbrando hasta dejar de discernir entre la libertad y el cautiverio.

Debo confesar que, a pesar de no ser una novela con temática de terror, después de leerla tuve muchas dificultades para percibir las cosas de la misma manera, pues la forma en que Kōbō Abe describe la arena adhiriéndose a las personas, carcomiendo la madera, la ropa y hasta la piel, me hizo sufrir una incomodidad particular. Ese es el mayor logro del autor, hacernos sentir extraños en una realidad asumida, plantearnos preguntas sobre el papel que tenemos en el entorno y la forma en que concebimos la libertad y el encierro.

Nuestro protagonista lucha por salir de su cautiverio, donde lo único que hay es arena y la necesidad de sobrevivir a ella; quiere volver a su vida en la ciudad que es la realidad conocida, si embargo, pronto se plantea su propia vida, ¿qué es lo que tiene ahí que valga la pena?, ¿es realmente necesario que vuelva? Y son todas esas preguntas las que lo hacen enfermar mientras siente que su sangre (al igual que todo a su alrededor) se está pudriendo debido a la arena.

La pregunta más importante de la novela es si realmente existe la libertad sin el encierro o si es solo una ilusión. “Dicen que más que las puertas de hierro, más que las paredes, es la mirilla lo que hace sentir su encierro al prisionero” (p. 129), eso es lo que Kōbō Abe intenta decirnos: aspiramos a la libertad porque estamos encerrados, porque sabemos que existe otra cosa afuera ya sea real o no. Cuando dejan de castigarnos y de impedirnos salir es cuando dejamos de luchar, esa es la respuesta más triste y desoladora, entonces, ¿cómo acaba esta novela?, ¿nuestro héroe escapa y regresa a su vida común?, ¿qué ocurre con la mujer y los demás ciudadanos? Eso deben descubrirlo ustedes mismos y, ojalá que ustedes sí puedan conciliar el sueño una vez que la arena se cuele en sus pensamientos.

Referencias: Abe, Kobo (1962), La mujer de la Arena: Siruela.

Imagen: Woman in the dunes (1964), Hiroshi Teshigahara.