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Había transcurrido 11 minutos. La llave del cuarto de Victor no aparecía. «Cariño, ¿todo está bien? ¿Puedes abrirme por favor?», repitió la mujer, pegando la oreja a la madera para escuchar algún tipo de respuesta, o la respiración de su hijo dormido. Nada. ¿Será que ya se hizo y no me quiere decir? El seguro no cedía ante los movimientos de su mano, se encontraba tan firme y trabado como si estuviera nuevo. Lo mejor sería dejarlo descansar, afirmó. No obstante, la inquietud que le provocaba la puerta cerrada no la dejaba en paz. Él no suele ser así. Aunque por supuesto, tampoco había recibido una cachetada antes.

¿Fue demasiado? No podía creer que su hijo fuese tan susceptible a los golpes. Claro que no pensaba utilizarlos de nuevo, pero por favor, tampoco había sido el fin del mundo. Ella misma había observado cómo, durante su juventud, sus tíos nalgueaban a sus propios hijos sin reservas durante las comidas familiares. La piel quedaba abierta en ocasiones, pequeñas marcas rojas que exponían al aire un ardor visible para todos. Se acercó su propia palma para compararla con las gruesas y resecas manos de su tío mayor. Sus ojos todavía no se acostumbraban a la oscuridad. De cualquier modo, ella conocía su cuerpo, sabía que ni con toda su fuerza sería capaz de dañar al niño como sí podría hacerlo un hombre robusto y árido. Al menos no físicamente. Dejó de pensar en su tío y se concentró en su padre. Tantas frustraciones descargadas en una niña que no entendía por qué quien se suponía que debía cuidarla la despreciaba tanto.

—Te vas a volver una puta como tu madre —oyó desde el fondo de su infancia.

Se descubrió a sí misma crujiendo los dientes. «Quédate donde estás, papá», sentenció mientras devolvía sus pensamientos hacia su hijo, la criatura que lo necesitaba. Soy mejor que esto. Empuñó con todas sus fuerzas el pomo casi para romperlo, que sin embargo no giró más que la primera vez. Carajo, voy por el martillo.

*

La sutura había quedado impecable. Dolía como los 1000 demonios; sin embargo, Victor juzgó que ni su madre lo habría curado mejor. Se dio cuenta de que conocía menos a Azalea de lo que creía. ¿Desde cuándo formaba parte de su vida? No se acordaba con precisión. Ya debía tener más de dos años. Antes solía aparecer cuando no tenía con quien jugar —o sea, cada recreo—; pero desde que comenzó a llorar en la escuela su presencia se tornó inevitable. Lo tenía dando vueltas por su cabeza las 19 horas que se mantenía despierto, y en ocasiones soñaba con él. Los sueños con Azalea se borraban en cuanto la voz de su mamá lo despertaba, pero el sentimiento de opresión en el pecho lo acompañaba durante todo el día. Jamás le había imaginado una cara, no había hecho falta. Bastaba con ser esa voz que flota sin más, una voz sin tesitura, igual a la que cada ser humano posee en el cerebro. Pero, y ahora lo captaba mejor que nunca, Azalea no era una simple voz. Era una consciencia. Sabía cosas que Victor nunca había visto ni escuchado. Había observado a su madre sin que él lo supiera. Conocía la casa mejor que él. ¿Podría leerle la mente? De ser así, lo ocultaba muy bien. No actuaba con malicia, cuidaba de Victor como un verdadero amigo. Entonces, ¿por qué se sentía tan inseguro de tenerlo ahí, dentro de sí, con acceso total a cada nervio de su cuerpo? Dejó de parecerle normal que sus emociones estuvieran tan conectadas. Culpó al miedo, había tenido una noche espantosa, y todavía faltaba encontrar a su mamá. El dolor de cabeza no lo dejaba analizar la situación.

Volteó hacia la aguja con que lo había curado, ¿qué pasaría si se la enterraba debajo de la uña? ¿Azalea lo detendría? ¿Sería capaz de predecir sus movimientos? Miró fijamente hacia el espejo que reflejaba al otro niño. Puso sus manos detrás, hasta donde sabía, mientras estuviera dentro de su mente, Azalea solo podría ver lo que Victor veía El que pudiera leer auras no complicaba la acción. Sabía que debía hacerlo rápido, pues cualquier tipo de duda alertaría a Azalea y no sabría qué excusa ponerle. Apretó los dedos que sujetaban el tubito afilado y justo antes de presionar la cutícula escuchó lo siguiente:

—¿Ya sabes cómo vamos a ir por tu madrecita santa?

—¿Eh? —respondió, tratando de disimular su distracción.

—Es que había estado pensando que igual y podíamos romper el picaporte con el martillo, pero el problema es el ruido. Tenemos que ir por la llave.

«La llave», repitió Victor en su mente.

—Mi momita no me deja cerca las llaves, dice que es peligroso.

—No te preocupes por eso, yo sé dónde están. He visto a tu mamá dejarlas en un tazón al lado de la puerta trasera.

Otra cosa que Azalea sabía y Victor no.

—Hay que bajar sin hacer ruido porque el monstro puede oírnos —respondió para seguirle la corriente.

—No te preocupes por eso, tengo la teoría de que solo nos escucha si intentamos abrir la puerta. ¿Te acuerdas que no pasó nada cuando gritaste hace rato? Por alguna razón, una vez que estamos dentro de un cuarto no nos persigue, justo como ahora o cuando estábamos en tu habitación. Solo si tratamos de abrir una puerta que tiene llave. Hay que ir por ella primero.

¿Obtuvo toda esa información meditando sobre los hechos pasados? Era difícil creerlo, hacía unos minutos era una voz cobarde que dependía enteramente de las decisiones de Victor, ahora dirigía las acciones a seguir como si supiera exactamente las reacciones de la criatura que había intentado matarlos.

—Victor, ¿estás listo para salir de nuevo?

—Quiero hacer pipí.

*

La mujer volcó todos los cojines y escombró en cada rincón sin tener éxito. Ni la llave ni el martillo asomaban por la casa. De pronto rememoró qué es lo que había sucedido con la herramienta. «Yo dejé el martillo en el cuarto de mi bebé», suspiró. De ello ya un par de años, no se atrevía a reflexionar sobre lo que pensó en hacer con él. Sin embargo, algunas memorias llegaron a colarse. «Él seguía en el kinder, yo había pedido el día libre. Necesitaba organizar los papeles de Victor, y también despedirme de modo espiritual. Imitaba los movimientos de su padre de la última vez que hablamos. Recorrí los pasillos y el cuarto del bebé con la misma furia que él. Nunca me creyó que fuera su hijo, incluso creo que le molestaba que compartieran el mismo nombre. Ahora que yo tenía que encargarme de nuestra criatura, todos los errores que él cometió me los adjudicaría a mí. Cuando sea un adolescente me culpará de todo». Todo desembocaba en el martillo, quería usarlo para acabar con todos los recuerdos, con los cimientos de una casa que se había construido en la instastifacción y los celos.

Solo que algo la miraba. Sintió unos ojos inexplicables juzgándola. Miró hacia la ventana, sin percibir nada más que el viento del mes de octubre. Era como tener a su hijo ahí mismo, la presencia le asqueaba. No era su Victor, pero se le parecía horrores. Abrió las manos de golpe. El crujido del azulejo resonó por todo el piso. Cerró los párpados por un momento y la figura ya no estaba. «Nunca estuvo», se corrigió. Ocultó el martillo, no quería volver a saber nada de este. Lo puso detrás del ropero del cuarto de Victor, un lugar que erróneamente creía inaccesible para él.

*

La pipí era mentira. Victor llevaba casi un minuto tratando de mear en el váter con la esperanza de distraer a Azalea el tiempo suficiente. Pero, ¿suficiente para qué? ¿Cómo podría sacarlo de su mente? Estaba seguro de que se daría cuenta de que todo era una treta. No le quedaba más que confiar en esa voz. Sin embargo, no hacía daño preguntar.

—Oye…

—¿Qué ocurre, Victor?

—No tengo ganas de hacer pipí.

—Lo sé, puedo verlo.

—¿Puedo preguntarte algo…?

—Lo que gustes, amigo.

—¿Cómo es que sabes tanto sobre el monstro?

—¿Para qué quieres saber eso?

—Mmm, no sé…

—Eso no importa. Y de hecho, no lo conozco tanto como crees, solo percibo su aura, imagino sus capacidades y sus reglas.

—¿Reglas?

—Todo el mundo tiene reglas, Victor. La mía, por ejemplo, es mantenerte a salvo.

Sonaba convencido de sus palabras. El pequeño ya no supo qué responderle. Tendría que creerle, pues, prefería confiar en él que equivocarse y tenerlo en su contra. Sabría la verdad dentro de muy poco.

Salieron del baño con cautela. La puerta crujió como siempre, por lo que se alejaron tan sagazmente como les fue posible. Tocaron el barandal de la escalera. Debajo se encontraba la salida —que Victor aseveraba bloqueada— y el tazón de las llaves. Tendrían que bajar pegados a la pared, el aluminio hueco del barandal causaría ruidos si no se tocaba con fineza. Victor no podía darse ese lujo, tenía que afianzarse bien a la pared porque los escalones todavía le resultaban anchos. En la primera mitad el niño se resbaló dos veces; ya que sus calcetines de Thomas, la locomotora, no se afianzaban bien a las baldosas. La segunda, no obstante, le resultó más sencilla porque bastaba con repetir los movimientos del principio. En dos escalones más habrían bajado con éxito.

—Escucha, Victor, necesito decirte algo.

No supo si debía avanzar mientras lo escuchaba o detenerse en seco. Decidió caminar más lento.

—Ya he tomado el control de tu cuerpo en otras ocasiones, es por mí que mojas la cama.

—¿Por qué? —le respondió, aunque desconocía si quería saber la respuesta en ese momento preciso.

—Necesitaba despertarte.

Los deditos de Victor no alcanzaban el fondo del tazón, donde yacían las llaves de toda la casa. Imploraba que Azalea lo dejara tomarlas antes de continuar. Sentía sudor frío en la frente y en la espalda que para nada tenían que ver con la temperatura de su cuerpo. Azalea poco a poco iba tomando el control de cada nervio, músculo y hueso. Victor se resistía, alzaba sus pies para rozar las llaves y arrastrarlas hasta el borde del tazón, pero era inútil. Todavía no había crecido lo suficiente.

—¿No vas a decir nada, Victor?

Dejó de creer que tenía sentido alguno abrir el cuarto de su madre. No solo estaba indefenso ante la criatura que rondaba por la casa, sino también dentro de sí mismo. Azalea estaba ganando terreno, su cuerpo pronto dejaría de pertenecerle.

—Tenemos que irnos —suspiró Azalea.

La criatura gritó que lo había encontrado, que por fin lo iba a matar. Azalea rodó para esquivar el golpe. La alabarda destruyó el mueble donde se posaba el tazón. Las llaves cayeron al suelo. Victor aprovechó la conmoción para recuperar su cuerpo. Palpó el piso, mas solo sentía el escombro bajo sus manos y rodillas. La criatura atacó otra vez, ahora le había dado en el tendón de Aquiles. En el piso la sangre se revolvía con la tierra y los pedacitos de cerámica. Victor lloraba de dolor. Se arrastró contra las escaleras. El monstruo exhalaba aliento caliente, casi visible. Sujetó la alabarda con más fuerza que antes. Apuntaba al pecho, en el mismo lugar donde lo había rajado la primera vez.

—Espero puedas disculparme, Victor…

Azalea.

—Era la única forma de despertarte, ya habíamos estado aquí. La pipí siempre nos regresaba a tu cuarto.

¿De qué está hablando?

—Este monstruo cada vez estaba más cerca de atraparnos, hoy no pude hacer que te hicieras pipí. Te estás volviendo fuerte.

La hoja afilada.

—Estás ganando autocontrol, yo suplía esa falta de poder sobre ti, pero ya no me necesitas. Eres más grande, Victor, serás un hombre fuerte.

La hoja afilada del arma del monstruo se enterró sobre la carne de Victor. El niño no podía respirar. La criatura se agachó sobre él, posó sus manos sobre el pecho abierto y con cierta delicadeza jamás antes vista, introdujo sus dedos para tomar una especie de vena, o quizás un nervio.

—Adiós, amigo. Lo demás depende de ti.

Azalea regresó a manipular el cuerpo, replegó las piernas y las lanzó a modo de patada en la cara del monstruo. «Es una cara humana», pensó Victor. La criatura reaccionó arrancándole el hilo que le había sacado del pecho. Azalea ya no estaba más. Victor nunca había experimentado tal clase de dolor. No solo por su cuerpo, sentía que había perdido parte de su alma. Era como si la ausencia pudiera manifestarse como una arritmia cardíaca. Momentáneamente pudo moverse de nuevo. A su lado izquierdo se encontraban las llaves, a su lado derecho el martillo. La criatura, que se había golpeado al caer, comenzaba a ponerse de pie. No lo dudó más. Empuñó el martillo del lado del sacaclavos y se lo enterró en donde creía que se encontraba su ojo. Seguía sin poder ver, pero el grito de la criatura era todo lo que necesitaba para tener la certeza de que había dado en el blanco. No sabía si podría matarlo, así que le sacó la herramienta y se arrastró escaleras arriba. Había olvidado las llaves, así que golpeó repetidamente, con las pocas fuerzas que le quedaban, la manija del cuarto de su madre. La criatura se estaba reponiendo abajo, podía escuchar su ira, como la de un padre que asegura que le han mentido. Victor continuó golpeando. Finalmente el seguro se botó. La puerta se quebró ligeramente y el niño entró empujando con su hombro.

*

Hijo, Dios santísimo, ¿qué te pasó? Momita, mami, ¿eres tú? Cariño, pero si estás sangrando, ¿cómo te hiciste esto? Azalea… Ya tranquilo, amor, calma. Todo va a estar bien. Tengo que llevarte a un hospital. ¿Estuviste jugando con ese martillo? No, momita, es que había un hombre en la casa. Calma, cariño, fue una pesadilla, todo está bien. Vámonos, te voy a tapar con esta cobija. El hombre, momita, se llevó a Azalea…

*

Lucía no prestaba mucha atención a las palabras de su hijo. Concentraba toda su atención en colocar a Victor en el coche con el mayor cuidado posible. No sabía cómo iba a explicarle a los doctores lo que había pasado, porque ni ella lo sabía. Ya vería qué decir cuando estuvieran allá.

Victor volteó levemente hacia el lugar de donde había salido. Era su cuarto: la llave de la habitación de su madre en esa casa lo había trasladado hacia la suya en esta casa. Era otra casa, ahora lo entendía mejor. Pronto iba a desmayarse por la pérdida de sangre, y lo único que pudo retener antes de perder la consciencia, era que nunca volvería a ver al niño en el espejo.