Esta noche Alejandro Cervantes de la Facultad de Psicología BUAP nos hace preguntarnos ¿Qué hay más allá de la muerte, qué podemos encontrar en el corazón del hombre?

Entré a la luz de la especie que transforma la realidad y la mía se hizo jugo de naranja al contemplar el vacío al otro lado. La sombra putrefacta siempre se ha prestado para ser la mensajera de la libertad y el libertinaje por igual, es un medio sin fin, sin embargo, ha probado la libertad y la luz brilla magnánima dentro de ella.

Entré al corazón del ser humano, entré por una arteria que estaba abierta, me abrí paso a través de la sangre que espesa estaba por tanto dolor, tuve que derrumbar un par de tapones de odio y burlar al guardia de las sonrisas largas. Cuando llegue al centro, había tantas cosas como las que hay en un cadáver, un cadáver que se alista para volver a la jornada de las ocho.

Cuando salía se me olvidó mi corazón en la carne enlodada del pasado, no me di cuenta de mi descuido. Pensé por un tiempo que morir no estaría tan mal, que matar no estaría tan mal, que dispararle a las gomitas azules de su cara de chocolate podría hacer algo como revolotear miles de mariposas en «México».

Pensé que su cara triste era una máscara, porque si yo nunca sentí la consternación en la duda ajena, ustedes tampoco, si yo nunca vi al buitre sacándole los ojos al animal justo antes de ser cadáver, ustedes tampoco, si yo nunca me deje caer para ser atrapado entonces ustedes tampoco sabrían atraparme.

Pensé que el río rojo que corría de arriba a abajo era una descortesía de quienes se dejaban las heridas abiertas. Pensé que la vida era mía y por lo tanto no podía ser suya, pensé que los gusanos que eran mis amigos, sabían todo lo que había que saberse y con ellos me enterré en la tierra.

La lluvia que vino de las lágrimas falsas de mi verdugo tocaron la tierra y ésta se hizo lodo, un lodo espeso que se me metió por la boca, un lodo espeso que contenía cada gramo de indiferencia que yo merecía por ser estúpido, un gramo más de odio por todos ustedes, un gramo más de ira porque cuando ustedes lloran los escuchan y de mi sólo se rieron, un gramo más de risas, risas que oigo cuando la gente se da cuenta de que soy yo, el que trató de cambiar al mundo, y muchos gramos más de engaños, todos entraron por mis ojos, mis oídos, mi nariz… me abrí las venas para poder respirar, pero el lodo se acercó antes a mi sangre, por un momento la tierra sintió asco y se hizo más líquida, pero «tierra eres y tierra te convertirás» me dijo, y con el vómito en la boca me siguió engullendo hasta siempre…

El tiempo pasó y mis huesos se hicieron rumores, historias de terror, leyendas que los atrevidos cuentan en las calles oscuras cuando van de regreso a casa, me convertí en un mito del corazón del ser humano, «esas son puras pendejadas» decían «nadie puede dejarse hacer tanta mierda», pues yo si lo hice, me dejé amordazar con lodo, me deje valorar por las miradas de ustedes, me dejé servir a los buitres y a mis amigos los gusanos, dejé mi cuerpo y mi alma atrás, la dejé en sus manos y dejé de imaginar mariposas en el ombligo de la luna, el espacio lo tomaron mis «amigos». Como última burla pusieron un farol sobre mi tierra, un farol que representaba la esperanza del futuro.

Pero callado debo estar, el farol ha empezado a funcionar, la luz resguarda una auténtica oscuridad donde los neófitos en este salón de clases sueñan encontrar la libertad o el libertinaje, cualquiera que se cruce primero… ¡mira! ahí viene alguien. Me gustaría que me hablará un poco de la vida, me da nostalgia, aunque sé que nunca tuve una, me recuerda a cuando perdí mi corazón en el centro del ser humano… ¡oye! no te vayas, se te cayó esta… cosa. ¡Qué asco! aún se mueve.