Dicen que la pérdida de alguien amado es imposible de describir; incluso si usáramos todas las palabras que existen, tendríamos la sensación de que algo falta. En mis años inmersa en la literatura pude leer varias descripciones sobre la muerte, pero siempre se me hizo complicado empatizar con aquellos sentimientos puestos en papel.

Ahora mismo, ya entrados en estas fechas tan particulares, me fue imposible no recordar a una autora contemporánea cuya obra gira en torno a la imagen de la muerte, ¿su nombre?, Banana Yoshimoto. Esta autora cruzó las fronteras de su país rápidamente, convirtiéndose en una de las más grandes figuras de la literatura actual; en sus líneas pude comprender que la muerte no es una cuestión de dos líneas, sino un proceso que requiere más de una novela.

Sus obras son siempre llevaderas y, al igual que le pasa a la literatura de Murakami (su contemporáneo) es a veces tachada de simple, pero los sentimientos que imprime a cada uno de sus personajes y acciones son sumamente complejos, así como somos todos los seres humanos.

La literatura de Yoshimoto, mayormente prosa, tiene como personajes principales a personas cuya vida ha sido marcada por la pérdida de alguien; los acontecimientos tratan así de darnos cuenta de la manera en que cada uno, a su muy particular manera, sobrelleva su duelo, inmersos en un mundo que les parece ajeno. Nos cuenta los acontecimientos diarios de alguien que no entiende su vida sin la presencia del otro o, la vida de alguien que intenta aprender a sobrellevar su existencia, antes marcada por la presencia de alguien más. Muchos otros personajes notan la existencia de sus seres cercanos solo cuando se van y deben reconciliarse con su pasado para así, seguir adelante.

Otra particularidad de la autora radica en las descripciones, que van desde el clima, las sensaciones y, por supuesto los sentimientos, vívidamente dibujados a través de cada página. En estas líneas me gustaría recomendarles algunos de sus cuentos, recolectados en Sueño profundo (1994) y N.P. (1992). Resalto también la genialidad de Kitchen (1988), su novela más emblemática, que me dejó una sensación de tristeza que pervive incluso hoy, tantos años después de haberla leído. Otras de sus obras son: Amrita (1997), Recuerdos de un callejón sin salida (2011), El lago (2011), entre otras.