Gracias por venir, Anita. Como eres mi mejor amiga, te traje aquí al río porque quiero contarte un secreto. Mira, hoy el agua está calmada. Tal vez llueva más al rato. Me gusta venir a ver los peces después de la escuela. Me siento hipnotizada como un gato con sus bailes en el agua, son como flores que viajan por el río, ¿no crees? He intentado dibujarlos pero no me sale. El chiste está en el movimiento de sus aletas y sus colas, me recuerdan a los pétalos. Yo no puedo hacer que se muevan mis dibujos, por eso los doblo para hacer barquitos y los dejo que se los lleve la corriente.

Ya sé, no parece tan espectacular si lo cuento así, pero es que todavía no sé cómo explicarte sin que me llames loca. Verás, pasa que de un tiempo acá he logrado hacer que algunos peces me hablen. Sí, sí, ya sé… Espera, déjame terminar. El día que se llevaron al hermano de Gaby mi mamá me trajo aquí. Ella nunca ha confiado en lo que nos dijeron en la escuela, eso de que solo venían por los niños, así que le entró el miedo y me dejó en el manzano que ves allí. Me dijo quédate quieta, si no vengo por ti camina en dirección a la casa de tu tío, él regresa a las 9, ni se te ocurra irte antes, yo voy a tratar de venir a las 6 cuando se hayan marchado. Es por eso que ya no pude ir a tu cada a ayudarte con lo de tu cumpleaños, lo siento. Me tuve que esperar a mi mamá.

Al principio fue divertido, tenía mi cuaderno de dibujos. Primero hice un paisaje; coloqué el río, el manzano, el pasto y el sol. Se veía muy solitario, así que le agregué un pececito saltando. Lo dibujé de color rojo con blanco, como los koi. Aquí no hay de esos, pero me gustan porque sus escamas brillan con la luz.

Bueno, te decía que solo fue divertida la primera hora. Quise practicar nuestra coreografía, aunque sin Gaby y sin ti no tenía sentido. Me preguntaba qué estarían haciendo ustedes, y si estaban bien. No entiendo qué quieren esos señores de nosotros.

Oscureció muy pronto, apenas iban a dar las 6 cuando el agua del río dejó de reflejar mi cara. Solo veía una mancha negra agitada por la corriente. Me acerqué para mirar mejor, y en eso que me salta un pez como el de mi dibujo. Quiero decir, no igualito, solo que tenía los mismos colores. Este era más gordito. Se quedó nadando en círculos, yo creo que esperando que lo saludara o algo. Me dieron ganas de tocarlo. Puse mi dedo, este dedo, en el agua, a ver si lo mordía. No imaginé que de veras lo hiciera. Sus dientecitos rasguñaron mi yema. Me comenzó a arder un poco. Quería lavarla en el río, solo que no me iba a arriesgar a ser mordida otra vez. Chupé la sangre. El pez me miraba como si estuviera poniendo atención. Mi dedo seguía goteando y cada vez me ardía un poco más. Lo cubrí con un pedazo de papel de mi cuaderno.

Habían dado las 7 sin que mi mamá viniera por mí. El camino de regreso se había oscurecido, nomás me quedaba la casa de mi tío. Bajo nosotros una nube negra enorme tronaba en el cielo. Mi mamá me había dicho que es peligroso andar cerca del río cuando llueve. Recogí mis cosas y comencé a caminar río abajo cuando una vocecita infantil me detuvo.

—Espera, no te vayas.

El único cerca de mí era el pececillo. Volteé hacia el manzano, hacia el camino, hacia los arbustos, pero la voz provenía del río.

—¿Tú… puedes hablarme?

—Pues claro. Te mordí para que me hicieras caso.

No estaba segura de qué hacer, el pez tenía sus ojos saltones dirigidos a mí.

—¿Y cómo te llamas? —pregunté nomás por decir algo.

—Quién sabe.

—¿Cómo quieres que te llame?

—Mmm… Tampoco sé.

—Te diré Koi porque me recuerdas a los koi.

—Me gusta, sí, me gusta.

—Bien, ¿y qué quieres de mí?

—Es que nosotros no solemos pedirle cosas a los humanos, pero tú pareces una niña amable. Quisiera pedirles que por favor dejen de ensuciar nuestra casa. Para nosotros es muy molesto que tiren pedazos de carne porque atraen a otros animales como perros y pájaros y terminan atacándonos también.

—¿Carne?

—Sí, carne. Llevan tirando carne al río desde hace meses. Lo peor es que casi siempre se atora justo antes de la cascada de allá.

—Ay, no… De veras lo siento. Yo solo he dejado barquitos de papel, pero dejaré de hacerlo. Puedo decirle a mi mamá que nos pongamos de acuerdo con los vecinos para limpiar el río.

—Sí, ¡muchas gracias! En verdad estaría muy bien, los zapatos y la ropa son lo que más se queda atorado en el canal.

—Espera, ¿qué?

—Sí, los zapatos, como los que llevas puestos.

—¿Qué clase de carne están tirando?

—Mira, te enseño.

Subimos a la cascada, lo llevé en mi mano para que no luchara por saltar. Cuando llegamos, sentí unas gotas en el cuello. Ya me quería ir, él frío me arañaba los brazos y las piernas. Además, no estaba segura de querer saber lo que encontraríamos arriba.

—Aquí está. ¿Ves cómo se tapa?

Ana, no puedo mostrarte lo que vimos, no quiero que lo veas. No he podido dormir ni un solo día. Tan solo de acordarme me tiemblan las manos. Le di las gracias al pez por avisarme y lo devolví al agua. Se soltó un aguacero que terminó llevándose varios de los trozos que flotaban. Los pececitos parecen flores, pero la carne en el agua parece troncos. Supe que el hermano de Gaby no volvería. Escuché la voz de mi mamá abajo, me buscaba con miedo por la lluvia y por los señores. Cuando me vio corrió a abrazarme y nos fuimos a casa.

Te cuento esto porque eres mi mejor amiga. He decidido que me voy a ir. No quiero esperar a que me lleven. Voy a entrar de una vez al río. Puedes acompañarme después si quieres, pero primero me gustaría que le dijeras a mi mamá que todo está bien, que ahora soy una flor nadando hacia el mar.