Muchas veces las apariencias engañan; en esta ocasión Fernanda Salazar Matías, del bachillerato Guillermo González Camarena, nos trae un cuento que habla de brujas, pájaros, pueblos iracundos y de la dureza de vivir un amor en tiempos de odio.

La luz no es solo la ausencia de oscuridad, para mí es la vida y su bondad en su máximo esplendor: el cómo una madre dedica tanto tiempo para formar una nueva conciencia, con sus propias ideas y sentimientos. Yo lo veo como una llama en cada uno de nosotros, un destello como los que el firmamento nos obsequia noche con noche. Me hubiera gustado tener ese resplandor después de los 24 años, pero decidí que no fuera así .

Por herencia de mi padre adquirí el trabajo de verdugo. Aquella mañana el andar de los caballos y el grito de los jinetes al darles órdenes no me llamaban la atención, era muy común escuchar eso todos los días. Cuando de pronto se escuchó la furia del pueblo, salí de la casa. Mi padre sujetaba a una mujer con una capa que cubría su rostro, solo se notaba un mechón de su cabello.

“Bruja, no mereces estar aquí”, el pueblo gritaba mientras le lanzaba piedras. Mi padre la dirigía a la zona de tortura . Lo seguí y le pregunté:

—¿Quién es ella? —me agaché para ver su rostro que tenía la mirada hacia abajo.

—Es una bruja, ¿sabías que se convierte en varias aves? —dijo, mientras se metía a aquel lugar y empujaba una la silla, para después dirigirse a beber una jarra de vino.

Mi padre, luego de beber la jarra, tomó a la mujer y se la llevó a una celda, un espacio lúgubre. Lo acompañé mientras hablábamos de cómo es qué el pueblo se dio cuenta de que existía una bruja y quién la vio convertirse en diferentes aves.

Mi padre sacó una carcajada inquietante.

—No lo sé, pero nosotros somos verdugos y tenemos que hacer nuestro trabajo, debemos torturarla por un año. Porque de lo contrario tendremos al pueblo enojado e irán en contra de nosotros y seremos condenados a muerte. Así que ponte a trabajar y olvídate de tu “no lo voy a hacer” de siempre —dijo mientras cerraba la celda.

Pero aquella mujer tenía una mirada melancólica y con rencor, pareciera que no fuera una bruja y que simplemente eran chismes que andaban rodando por el pueblo. Aun así, mi padre tenía razón; seríamos condenados a muerte si nos atrevíamos a contradecirlo.

Todos los días mi padre le daba el castigo del agua, el cual creaba una sensación de ahogamiento, había días que incluso la golpeaba y le daba latigazos. Ella estaba muy maltratada, tenía la espalda con cicatrices. Aunque mis destino era ser verdugo, yo no quería eso, lo que en realidad deseaba era saber más de ella. Así que de vez en cuando le llevaba comida por las noches. Al principio ella me tenía miedo, en una ocasión me atreví a preguntarle mientras limpiaba sus heridas:

—Cuál es tu nombre?

—Edith… mi nombre es Edith —dijo con una voz baja y suave, mirándome solo de reojo.

—Mucho gusto, me llamo Milo.

De pronto escuchamos a alguien bajar por las escaleras y dirigirse hacia nosotros, era mi padre. Escondí los trapos, la comida en mi pantalón y el agua con la que limpiaba las heridas de Edith se la tiré en la cara. Salí rápido de la celda, cerré con candado y me dirigí hacia mi padre. Me lo lleve arriba, él me empujó.

—Algo estás ocultando, Milo. ¿Acaso piensas que soy estúpido?

—No, papá, fui a torturarla, estaba enfurecido y me desquité con ella —dije con una voz temblorosa.

Se dirigió entonces a la celda y la vio empapada, sangrando de la espalda —yo no sabía porque estaba sangrando—, así que cuando se fue entré de nuevo y me dijo que se había abierto las heridas. En ese momento supe que ella no era tan mala como decían en el pueblo.

—¿Y por qué todos te dicen bruja? ¿es cierto que te conviertes en variedad de aves? – dije mientras volvía a limpiar sus heridas

—No soy bruja. Sí, sí me convierto en aves, pero… porque me negué a ser objeto sexual de un pontífice y él me maldijo para que el pueblo me odiara y me castigará con pena de muerte. Así fue cuando empecé a convertirme en aves.

Me dio coraje saber eso, en ese momento quería encontrar a ese estúpido pontífice, decirle al pueblo que no era una bruja; pero me condenarían también… No importaba, me sentía capaz de arriesgarme. Salí de la celda y hablé con mi padre, traté de convencerlo.

—Padre, ella no es una bruja, ella tiene una maldición —dije agitado.

Mi padre volteó y me golpeó

—No digas estupideces, es una bruja y punto, ¿sabes a lo que te estás arriesgando por esa bruja? Te matarán si sales y le dices eso al pueblo. Tú piensas que es fácil, ¡pero no lo es, no lo es Milo! —respondió luego de aventar el traste de vino.

El piso había quedado manchado del líquido rojo. En ese momento me dolió el pecho, me tiré en el suelo, sabía que mi padre no me apoyaría, que estaríamos solos Edith y yo contra el pueblo. Entendía lo que me iba a enfrentar así que me arriesgué. Salí, reuní al pueblo y expliqué todo, estaba junto con Edith, el pueblo nos empezó a lanzar piedras, mi padre me vio con una mirada de dolor.

Corrí junto con Edith y vimos un árbol, antes de llegar había una cabaña, afuera de esta había sogas, las atamos al árbol, trepamos y pusimos fin a nuestra vida.

No vivimos el amor que queríamos ni pude amarla como hubiera querido. Ese fue nuestro fin. No sé porque recuerdo mi vida pasada, el trágico amor que nadie aceptó.