Anoche

Se detiene el mundo en dos momentos: al empezar y un segundo antes de terminar. La habitación negra se calienta progresivamente. La torre de libros desparramados en el escritorio pierde el equilibrio, pero la caída no estremece ninguna oreja. Es por ese movimiento que se quiebra una fotografía que capturaba a un niño con su madre. Las sábanas se arrugan en la cama, en busca de otro sueño más tranquilo. Las alas de cristal de los mosquitos vibran en el espacio, se acomodan para que la succión de sangre resulte tan placentera como indetectable. Afuera, el viento que rodea la casa desconoce los nombres de los inquilinos, poco le importa lo transitorio de sus huellas en el mundo. Afuera, el viento corrompe las paredes y las desintegra en una lucha que durará 12 años. Un tabaco incandescente se percibe desde la ventana trasera. La luz baja, el humo se eleva y la luz vuelve a subir. El chasquido de la cizalla resuena en el interior de la mochila. Las botas embarradas de lodo se acercan a la puerta encadenada. El candado sufre la rabia que le rompe el mecanismo de seguridad. La puerta rechina al abrirse y cerrarse. Se oyen pasos en la escalera, seguidos del roce de las cuerdas con los guantes. Hay dos opciones, la puerta izquierda o la derecha. La primera es la que ya revisamos. La segunda, no obstante, es la importante. Se abre esa puerta, se cierra. La maldad bloquea la entrada. La mordaza bloquea los gritos. Hay dolor, sangre tierna se succiona. Lágrimas y la piedad de despertar. Cesa el movimiento del todo. Se abre la puerta izquierda. El olor se desliza hasta inundar las cuatro paredes. Los mosquitos son seducidos por el aroma y abandonan a su víctima. Un nuevo cigarro se enciende, iluminando aquellos libros que nunca serán leídos.

La tercera semana de noviembre

Se detuvo el mundo en dos momentos: antes de empezar y después de la letra ‘o’. Algunos afirmaron que la ‘a’ fue la primera letra del alfabeto romano porque era la primera en aparecer en la Biblia. Tales afirmaciones jamás fueron comprobadas. Lo cierto fue que el mundo se dio a conocer con la primera palabra, pero este ya existía. ¿Dónde estaba el mundo cuando esta tierra que pisé se convirtió en el polvo de mis huesos? ¿Algún libro pudo explicar que mi casa se volvió el refugio de las bestias nocturnas del futuro? ¿Qué lengua fue capaz de pronunciar el nombre del primer humano sin lenguaje cuando no hubo quien le enseñara a hablar? Todas estas preguntas desaparecieron cuando dejaron de ser leídas, así que no hubo de qué preocuparse. Lo que sí preocupó fue el espacio permanente. Esta tierra que mañana será pasto y luego ceniza se quedó aquí del mismo modo que tu bisabuelo al perder su vida por aferrarse a la cabaña que construyó en sus años 20. Esta tierra fue testiga de todas las historias en un macrorrelato al que no le tuvo el menor respeto. Se tragó lo mejor de nuestros cuerpos y lo hundió en las profundidades del planeta. La misma, que en 2020 ya era el cementerio prometido por Auxilio Lacouture, se encaramó sobre nuestras letras como araña que devora otras arañas. La historia fui yo. No hubo personajes, no hubo actantes ni espectáculos. Solo la tierra enterrando espíritus y violaciones. Fui yo: la tierra fue el lenguaje del universo.

Nueve de la mañana

El mundo se detendrá en dos momentos: ayer se detuvo, hoy se detiene. La misma habitación permanecerá fría después del calor nocturno. Será medio día cuando por la ventana rota entre una mosca panteonera a inspeccionar el lugar. Las sábanas destendidas absorberán la humedad de los cuerpos. Dentro de los libros desparramados crecerá moho. Las letras impresas en el Capote comenzarán el proceso de putrefacción por el que cada cosa en este universo —salvo la miel— tendrá que pasar. Las hojas se tornarán amarillentas y los ácaros se darán un festín con las últimas palabras de Perry Smith. Cruzará el viento sin sentirse en la piel. Afuera los perros ladrarán como no lo hicieron la noche anterior. La casa abierta marcará una parsimonia tétrica en el vecindario. Destinada al derrumbe, se extinguirá y su polvo formará parte del polvo propio de la tierra. Se caerá en 12 años, pero hoy todavía está erguida. No se atreverán las almas ni los murmullos a romper el silencio creado por la muerte. Las botas se encuentran lejos, donde eventualmente enfrentará el destino que todos compartimos. No por venganza, sino por estadística. Así se vive en este mundo. El sol, por su parte, envejece, y algún día se dará cuenta de que ya es suficiente. ¿Dónde estaremos? ¿Adónde iremos?