Conozco la historia de una chica que naufragó por años, ¿te la cuento? Lo importante en sí no es que naufragase, ni que fueran años, bueno, eso sí importa un poquito. La cosa es que fíjate, regresó en un bote improvisadísimo que se estaba desbarantando. Lo primero que hizo al pisar la costa de Rosarito (por poner un lugar) fue comerse el sargazo que reposaba caliente al sol. Lo vomitó luego de 20 minutos. Los residentes y turistas se acercaron. Llamaron a los guardavidas, pero la situación requería de una ambulancia. Esta llegó un cuarto de hora después. Para cuando se la llevaron algunos portales de noticias ya tenían la nota cargando en el servidor. Un periodista se dio cuenta de que la información de todos era exactamente la misma, si acaso con unas palabras extras o unos adjetivos menos. Fuentes cercanas le revelaron el paradero de la muchacha. El periodista se la apañó para encontrarse a solas con ella, quien dormía o trataba de dormir. La examinó despacio, pues notó que por sus brazos se deslizaban unas cicatrices profundas que podían haber desangrado a un caballo. «Eres de la prensa, ¿verdad?», dijo ella en español trabajoso. «No, no, no. Soy un pequeño litigante y vengo porque en mi despacho se habla mucho de su caso. Creemos que podemos indemnizarla por la injusticia que sufrió. En Seguros & Reaseguros se ríen de su desgracia, y en lo personal me parece incorrecto». La náufraga respondió que si no quería ver a la prensa, mucho menos a un abogado. Quería descansar y si no es mucha molestia, puede retirarse, gracias.

—Es que no lo entiende —expuso—, creo que no empezamos con el pie derecho. Mire, esta es mi credencial que me avala como investigador certificado. Sí, le mentí con lo de la abogacía pero es porque quería asegurarme de que usted no es el tipo de persona que vende sus tragedias por el mugre dinero. Aquí tenemos una historia que exige ser contada. No querrá que su odisea se convierta en una simple nota de un periódico mediocre, ¿verdad? Quiero contarle un secreto, pero prométame que no se lo dirá a nadie, ¿entendido? Verá, así como me veo, yo soy el sucesor directo de García Márquez. Sí, aunque me haga ojos de incredulidad; él me ha heredado sus conocimientos más valiosos, aquellos que la crítica literaria aún no logra descifrar. ¿Ha leído Relato de un náufrago? El nobel me confesó que siempre se sintió insatisfecho con esa obra y que de tener una segunda oportunidad, no dudaría en corregir sus errores y convertirla en algo más grande, más ingenioso y más potente que Cien años de soledad. Yo le dije, no se preocupe, mi Gabo, ya tendrá mejores historias qué contar. Y me dijo, no, una historia tan jugosa como esa solo se presenta una vez en la vida de uno. Y yo le dije, no pues qué mal, mi Gabo, pero usted ya es grande, todo lo supo y todo lo pudo. Y él me dijo tú no desaproveches una oportunidad así, cabrón, quiero que me prometas que cuando la tengas no la sueltes, quiero que la conviertas en aquello que yo siempre quise escribir. Claro que sí, mi Gabo, claro que sí, le dije. No lo volví a ver, y ahora que la tengo a usted casi caída del cielo, en realidad del agua, no puedo sino llorar de felicidad. La necesito para hacer realidad no mi sueño, sino el de el gran García Márquez, que Dios tenga en su santísima Gloria. Además de que usted merece un reconocimiento más propicio, por Jesús, ¿tiene idea de cuántas personas lograr salvarse de un naufragio como el suyo? Estadísticamente solo 10 de cada 3500 llega a la costa y de ellos, dos son los únicos que sobreviven los primeros días. Usted lleva una semana y su salud mejora considerablemente a diario. Es Dios quien nos habla, quien unió nuestras vidas. Hágame este favor y le juro que no quedará decepcionada. Sé que lo desea, porque me mira con el fuego de quien ve el futuro como un lugar magnífico, y le aseguro que allí estaremos. Solo necesito que me cuente qué fue lo que pasó…

Total que la muchacha lo bateó. Pues sí, ¿no? Qué miedo que un pinche güey se te acerque así. Puede ser un acosador o algo peor. Y bueno, resulta que sí, el bato estaba medio lurias. No dejó de visitarla con distintas artimañas. Se hacía el desentendido mientras los doctores revelaban datos sobre su condición y lo anotaba en la memoria como si lo grabara en madera. La náufraga dejó el hospital quince días después de su llegada. Sin embargo, no intentó regresar a su país. Vagó y vagó hasta alojarse en un albergue de migrantes donde a cambio de algunos trabajos le dieron un catre, ropa limpia y un techo. El periodista dio con ella un día después. Intercambió su traje a cambio de los andrajos de un pordiosero y con la cara enmugrecida, la vigiló de cerca. Ella no se dio cuenta, pues parecía absorta por algo que la molestaba desde más allá del mundo físico en el que vivimos tú y yo. Llevaba ocultos los brazos, por lo que sus cicatrices pasaban inadvertidas. Esto al periodista lo irritaba, pero no perdía la paciencia, pues todo se desnudaría a su tiempo.

La náufraga abandonó el refugio un día que el periodista fue a bañarse a su casa porque no soportaba el picor de la suciedad. Cuando volvió montó en cólera porque figúrate, la muchacha ya no estaba y nadie había tenido la decencia de preguntar adónde se había ido. Tiró algunas mesas y golpeó a un hondureño de puro coraje. Obviamente lo expulsaron, pero a él no le importaba, esos pinches indios se podían ir mucho a la verga. Volvió a su trabajo habitual sin perder la esperanza de encontrarla en cualquier otra noticia, excepto en la nota roja por los accidentes automovilísticos. Por las noches tenía sueños húmedos en los que le sacaba la información mientras le amalaba el noema. Además, le excitaba pensar que aquellas marcas en los brazos le producirían placer si él las acariciaba en cierto modo. Debía encontrarla, conocer su historia y poseerla.

El caso es que él también dejó la ciudad luego de un incidente con el narco. Ahorró durante años para largarse a Japón. No conocía el idioma, pero se entendería en inglés, pensó. No podía creer que la náufraga se le hubiera escapado de sus manos sin siquiera conocer su nombre. La idea de Japón se le había ocurrido por la manera en la que hablaba español y algunos rasgos faciales que él consideró orientales. A lo mejor volvió, ¿no? La isla es pequeña, y aunque tiene demasiados habitantes, las cicatrices las podría identificar en donde fuera.

Se quedó dormido cuando el piloto se suicidó. Los gritos de los pasajeros que se descontrolaron al esparcir la noticia fue lo que lo despertó. Las azafatas hicieron lo posible por calmarlos, pero la turba casi las lincha, así que se encerraron mientras rezaban por una muerte sin dolor. El copiloto había resultado herido con la muerte de su capitán, así que era incapaz de retomar el vuelo. Estaban destinados a caer.

El avión flotó en medio de la espesura. Un punto blanco que se perdería en el cementerio submarino. Al salir, la mayoría cambió su actitud e intentó mantenerse estoica, pues había visto demasiadas películas donde alborotarse era el primer indicio de muerte prematura. Muy poco le importaba al periodista, pues estaba seguro de que viviría lo suficiente como para comerse un par de ellos en cuanto la comida escaseara. Al cabo de cuatro días la misma mayoría había muerto y solo quedaban él, las azafatas y un par de gringos que irónicamente fueron los primeros en sugerir que se alimentaran de los petateados. Eventualmente todos se hartaron de todos y antes de dejarlos, el periodista se robó lo que pudo del avión a costa de matar a una aeromoza que defendió las provisiones hasta que se le acabó el aliento. Escapó en una balsa inflable demasiado grande para manejarla él solo, por lo que no tardó en quedar a la voluntad del viento y posteriormente, de la tormenta.

Perdió lo robado y casi pierde la balsa, pero se aferró a ella como si de eso dependiera su vida (y así fue). Quería vivir y así lo haría aunque tuviera que retar al mismo Dios. Sabía que si sobrevivía sería capaz de escribir su historia, esa del naufragio que humillaría a García Márquez en el cielo. Fue golpeado por un puño salado que lo dejó inconsciente. Afortunadamente se había amarrado minutos antes. La naturaleza se aburrió, pensarás tú, pues luego de aquel ataque las nubes mostraron el sol y luego las aguas se serenaron.

Despertó mareado. Vomitó. Alzó la vista y en en el horizonte se mostró una isla. Empujó la balsa con sus manos, pero estaba raquítico. No podría llegar por cuenta propia. Eso era todo.

Ah, qué dijiste, «pinche historia, no llegó a nada, pa qué me la cuentas», ¿o no? Pues no, obvio que no, no estás poniendo atención. O chance y sí si ya te imaginas cómo acabará esto.

Pues resulta que nuestro cuate el periodista obsesionado sí llegó a tierra firme, o eso creyó. Al abrir los ojos vio ni nada más ni nada menos que a la náufraga que tanto había perseguido. Ella lo había rescatado, o eso creyó. En cuanto la observó se acercó a besarla, pero ella le metió semejante rodillazo en los tenates. Adolorido, pronunció estas palabras:

—Eres tú… Sabía que te encontraría… Sabía que esto ocurriría porque Dios nos unió.

—Dios no hizo nada de esto —le dijo con lástima—. Solo pasó lo que tenía que pasar.

—¿Pero no lo ves? Te encontré cuando llegaste a la costa, te encontré en el hospital y te encontré en el refugio. Ahora eres tú quien me encontró a mí. Me salvaste aún sabiendo quién era.

—No te recordaba, lo siento. Me llamó la atención el color de la balsa y cuando fui a ver de qué se trataba te hallé. No fue cortesía, fue casualidad.

—No importa, no importa. Estamos juntos en el fin del mundo, justo como en mis sueños y ahora podré hacerte mía como tanto he deseado…

—¿Estás seguro? —inquirió.

—¿Seguro de qué?

—Llegaste hasta aquí por cuenta propia, viajando miles de kilómetros sin rumbo fijo para terminar en una isla desierta donde casualmente me encontraba yo. Esto bien podría ser una alucinación tuya de tus últimos minutos sobre la tierra.

—¡Qué importa si lo es! Estamos juntos, literalmente crucé un océano para verte y no me vas a decepcionar con nada.

—Como quieras, de todos modos estás muy mal, no puedes curarte y no tienes cómo salir de aquí, tu balsa se desinfló. Tampoco tienes la fuerza para violarme mientras yo conservo mi salud intacta. ¿Qué va a pasar?

Tenía razón, el náufrago sabía que pronto moriría deshidratado y sin agua potable a la vista, no quedaban muchas opciones. No obstante, se atrevió a decir:

—Si voy a morir, quiero que al menos me cumplas un deseo.

—¿Qué deseo?

—Primero prométeme que lo cumplirás sin objetar. Soy un muerto, por el amor de Dios…

—Vale, lo prometo, ¿qué quieres?

—Quiero que me lo digas todo… Cuéntame tu historia, cómo naufragaste, cómo sobreviviste y cómo llegaste hasta la costa de Rosarito.

Luego de dejarlo colgado un minuto, dijo.

—Hecho.

Le explicó que ella y su familia viajarían de Japón a San Diego por las vacaciones. El copiloto se suicidó y dentro del avión el caos reinó hasta que se hundió. A diferencia de su naufragio, ella directamente fue la única sobreviviente. Nadó por tres cuartos de hora hasta toparse con un pedazo de madera con el que se mantuvo a flote. Se topó con la misma isla donde ambos se encontraban exactamente en ese momento. Comió un pulpo de esos que brillan bien chido, anillos azules les llaman, pero se enfermó terriblemente. Lo regurgitó y sin más deseos de comer, se acostó a esperar la muerte. El sol le quemó la piel y la noche helada le produjo un catarro. Con todo, pasaron dos semanas sin que nada ocurriera. Tenía un hambre atroz, sin embargo, ya había decidido no prolongar su vida. Agotó sus remanentes de energía haciendo ejercicio, y sin desearlo, ganó condición, tonificó sus músculos. Transcurrió un mes sin dar fin a sus días. Se dio cuenta de que a pesar de sentir hambre no necesitaba comer para tener fuerzas. Llegó más lejos: no solo dejó de comer, sino que comenzó a herirse. Con una roca afilada se rasgó los brazos. Brotó tanta sangre que el olor se esparció por los árboles. Vio llover su propia sangre sin efecto alguno. Entonces se dio cuenta: no podría morir ni aunque lo intentara. Desde pequeña se había preguntado si era factible que entre millones de combinaciones posibles de vidas existiera una, solo una, aunque fuera una sola, que por defecto fuera inmune a la muerte. Por estadística, vaya. Si el universo es todo, entonces todas las posibilidades se encontraban desperdigadas por allí. Ahora veía que siempre se estuvo buscando a sí misma.

La idea la aterró. No quería pasar la eternidad varada en un bulto arenoso que la aislaba del mundo. Se le ocurrió caminar en línea recta hasta encontrar Japón de vuelta. Luego consideró que pasaría muchas dificultades en la zona abisal y que sería facilísimo perderse. Como recordarás, improvisó una balsa y unos remos en la que viajó por dos años, a veces en contra del clima, justo como él. Entró en una desesperación violenta. Quería evitar el aburrimiento a toda costa. Bebió cantidades inusitadas de agua salada. Eso sí, nunca comió, pero no porque no quisiera, sino porque no encontró nada qué comer. Consideró comerse a sí misma, aunque descartó la sugerencia por el aspecto que tendría y el dolor que conllevaría. Al final, cuando llegó a Rosarito comió las algas que halló solo para mitigar la urgencia de su estómago. No pudo con ellas y las desechó. Ya se había acostumbrado a no comer. Por ello tampoco pidió alimento en el refugio, solo un lugar para dormir, aunque claro, tampoco necesitaba dormir.

Se negó a compartir su historia con el mundo por lo inverosímil que resultaba. Luego, el mundo le pareció mucho más inverosímil. Se volvió incapaz de congeniar con gente que sabía que agotaría su existencia, así que se alejó de todos. Volvió al mar, pero antes se dejó atropellar un par de veces por diversión. Caminó en línea recta justo como lo había cavilado la primera vez y se resguardó de la comedia humana de nuevo hasta que él la encontró. Su primera reacción al escuchar el relato fue de incertidumbre. Sin decirle nada buscó una piedra para comprobar si podría matarla. Pero como ya sabes, estaba muy débil para efectuar cualquier acción. Era hora de partir. Ella le sugirió caminar juntos hacia el fondo del mar, y él, sin preguntarle su nombre aceptó.

Entonces, ¿tú qué crees? ¿Será que sí? Yo digo que quién sabe.