Michele ama las historias:

Disfrutaba las películas y series que muestran más de un relato a la vez, con personajes múltiples cuya vida converge en sucesos que se enredan uno a otro. Los años se le acumularon y con ellos también los relatos. Si no conseguía los streamings o los torrents para ver películas con sus hijos, optaba por contárselas, a veces mezclando ficciones ajenas, sin que esto supusiera una ruptura de coherencia. Envejeció con gratitud por la memoria que le perduró casi tan bien como cuando era joven. Entonces se dio cuenta de que, a pesar de crecer entre cuentos, nunca había sido capaz de observar la vida a través de otros ojos. Las películas eran un puente hacia aquella realidad simultánea cuya fuerza catalizadora mantenía unida la existencia.

Esa tarde murió. Aun así, no dejó de pensar, pues quería saber lo que era vivir como alguien más. Michelle despertó. Bajó a la cocina por unos Chocopispis, pero se habían acabado la noche anterior. Adormilada tomó un tazón, le vertió arroz crudo, chocolate en polvo, y a falta de una vaca, se resignó por la leche que perdía calor en el refri. Calentó la mezcla en el micro por 46 segundos. Se sentó a comer. Se levantó al terminar la primera cucharada. Dejó el tazón lleno en el fregadero. Fue a ver a su mamá, le picó las mejillas. Mami, ¿me haces de desayunar? Mshjjjs…, respondió la mujer. En lo que se despabilaba, Michelle se uniformó.

Michelle desapareció a los 12 años. A seis días del aniversario su cuerpo fue encontrado en una silla en medio del desierto de Sonora. Michel, por su parte, había comprado suplementos alimenticios para ser fuerte. Deseaba demostrarles a sus compañeros que él también podía presumir sus conejotes. En realidad no le atraían las chicas, aunque sí se moría por salir con una. La disfunción eréctil lo atacó en su cuarto, mientras su novia esperaba arrepentida. Terminaron cuatro semanas después. En las duchas del equipo de karate, su mejor amigo lo descubrió espiando y masturbándose. Se besaron sin que el pene de Michel reaccionara en lo más mínimo. Luego del incidente con su novia, creía ser gay. Ahora ya no sabía ni qué le gustaba, solo quería que sus genes lo decidieran por él.

Se casó dos veces, intentó tener hijos, murió de cáncer a los 64. Mich conoció a Karen cuando entró a la universidad. Ambas compartían un sinfín de gustos; por lo que fue inevitable que se volvieran amigas. Se les veía juntas con tal frecuencia que hasta los maestros les intercambiaban los nombres. Después de todo, eran tan buenas estudiantes que sin importar a quién se dirigiera la pregunta, siempre habría de escucharse la respuesta correcta. Con el tiempo sus compañeros olvidaron el nombre de Mich; la bautizaron como Karen, y Karen se convirtió en el apelativo común de aquella hermandad. Su novio la llamaba Karen, incluso su madre se convenció de que Mich era un apodo. Sí, es un apodo, pensó ella igual frente al espejo. Se alació como Karen, endulzó su voz como Karen y se maquilló como Karen.

La memoria no le había fallado. En el autobús rio de sí misma. Oriente y occidente esconden el mismo color de huesos. Articulado. Simultáneo. Vibrante. Los demás mueren por ti, en ti nacen de nuevo. Aquí, o en alguna de esas películas que nunca alcanzamos a descubrir.