Marjaneh Vargas Barajas nos comparte desde Guadalajara, Jalisco un interesante ensayo que nos hace preguntarnos ¿Por qué ajustarnos a un color cuando existen múltiples opciones?

El mundo se parece a un círculo cromático: cada ser vivo o acontecimiento en él es único, igual que cada color y matiz, lo cual genera que cuando dos de ellos se encuentren enfrentados su contraste sea como los colores opuestos del círculo. Y es que la oposición se encuentra desde las ideas que escuchamos a diario, pues nuestras diferentes perspectivas han hecho que como humanos difiramos en todo: Mientras que los activistas de los derechos humanos dicen que “todos somos iguales” la ciencia dice que no porque nadie comparte con otro las mismas huellas dactilares.

Por lo cual solo nos queda seguir combinando los colores del círculo para pintar el lienzo de nuestra realidad, resignándonos al eterno debate y al desconocimiento de la verdad, sin embargo eso no significa que no pueda haber armonía en nuestra obra. Así que la cuestión es ¿Estamos creando esa armonía?

Por un lado en cuestiones de economía mundial nos encontramos ante colores monocromáticos (es decir, el mismo color con variaciones de tonalidad), ya que la mayoría de países eligieron al capitalismo: un sistema basado en la ideología que parte de los derechos de libre competencia dentro del área laboral, en donde los individuos y organizaciones emprenden proyectos que generan un capital directamente proporcional a los resultados positivos o negativos de estos. De aquí parten la propiedad privada y la principal desventaja del sistema: su movilidad social reflejada en un sistema de clases sociales que genera los tonos claros y oscuros del estado económico dentro de la población y entre los diferentes países.

Lo anterior se puede ver reflejado en la idea de Karl Kraus: La ley básica del capitalismo es tú o yo, no tú y yo. Dicho capitalismo también se contagió a la estructura de la sociedad, pues como personas somos colores opuestos entre nosotros, que al estar pintados dentro del mismo círculo se enfrentan y conducen a una fría superficialidad y estereotipos, y así se origina la violencia que causa desigualdad y discriminación.

Esto se comprueba cuando se trata de convivencia, y es que durante esta cuarentena las personas al no tener más remedio que quedarse en casa se muestran ante sus familiares como un color, el cual definirá su aceptación en ella, y si resulta ser uno opuesto y no uno monocromático de la heterosexualidad como el resto de la familia, entonces la armonía se pierde.

Según Alex Ouré, Director Ejecutivo de la organización It Gets Better en México: “Hemos recibido durante el distanciamiento social alrededor de quince denuncias a nivel nacional por parte de la comunidad, mismas que exponen que han sido corridos de sus casas, o han decidido salirse por actos discriminatorios por parte de sus familias; así como personas que viven con VIH, y por la pandemia han perdido sus trabajos, no pueden solventar sus medicamentos”.

Y es que niños y adolescentes de la comunidad LGBTI son los más vulnerables, ya que al exponer su identidad de género durante el confinamiento se desencadena el maltrato con violencia correctiva que escala desde lo psicológico hasta lo físico. Según La Encuesta Nacional sobre Discriminación por Motivos de Orientación Sexual e Identidad de Género (ENDOSIG) del CONAPRED (consejo nacional para prevenir la discriminación) y la CNDH (comisión nacional de derechos humanos): el 52,6% de los padres rechazan la orientación sexual y la identidad de género de sus hijos.

Por otra parte en el estudio las otras complicaciones del Covid-19: discriminación por orientación sexual e identidad de género en el entorno familiar elaborado por la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de México (UNAM) se expuso que el confinamiento en el hogar para la comunidad LGBTQ implicó regresar a la discriminación y a la violencia por parte de sus familiares. Juan Carlos Mendoza, profesor del departamento de salud pública de la facultad cuando habló acerca del cierre de escuelas y centros de trabajo expresó:

En estos espacios algunas personas LGBTQ pueden expresar libremente su orientación sexual o identidad de género, lo que no podía suceder en los hogares porque se expondrían a sufrir violencia o discriminación. Esto implicó un obligado regreso al clóset. Pensemos, por ejemplo, en jóvenes LGBTQ que estudian la universidad en ciudades con entornos de mayor aceptación a la diversidad sexual y que tuvieron que regresar a sus ciudades donde hay mayor rechazo.

Se mencionó además que el contexto familiar violento contra los LGBTQ significa también menos posibilidades de entrar a algún espacio de diversidad sexual o de tener los recursos para poder denunciar en caso de necesitarlo.

Dicho rechazo en casos extremos conlleva a la expulsión del hogar y al terminar viviendo en la calle, sin poder pedir ayuda y menos denunciar ante las autoridades, cuando ya de por sí Ouré mencionó que “Es alarmante que no denuncien por miedo a delatar a uno de sus familiares, desafortunadamente no saben que existen instituciones que apoyan durante esta emergencia, y siempre de la mano de organismos gubernamentales”. Por no mencionar que la situación de calle para la comunidad LGBTI implica vulnerabilidad a los crímenes de odio, los cuales han incrementado considerablemente a lo largo del último sexenio.

Según datos de la organización mexicana Letra S hubo 117 homicidios en el 2019: 65 víctimas fueron mujeres transgéneros y transexuales; 36 hombres homosexuales, 9 lesbofeminicidios, una mujer y un hombre bisexuales, dos personas muxes, y un hombre trans con expresión masculina. 9 de las 117 víctimas eran activistas LGBTI, 6 eran figuras públicas y dos migrantes centroamericanas.

Ouré también mencionó que: “Es interesante los datos que han informado, porque hay que ver que en realidad las autoridades ya están registrando con exactitud los casos de crímenes de odio a comparación del sexenio pasado, hay que hacer un llamado a la Secretaría de Gobernación, para que ponga en agenda la situación por la que está pasando México”.

El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) comentó que “El consejo tiene la preocupación de que las personas de la diversidad enfrenten dificultades agudas para subsistir, especialmente la comunidad trans, siendo el sector con más vulnerabilidad y exclusión social y menor acceso a un ámbito laboral formal, pues sus bajos ingresos la ha llevado a vivir en calle”.

Pero ¿Cuáles son las motivaciones para las familias al momento de rechazar a un integrante por ser LGBTI? Esta actitud es un fenómeno hereditario: ya que la familia es el primer núcleo de influencia sobre una persona, es esta la que define si dicha persona se conduce hacia el camino de la homofobia o al de la tolerancia, por lo tanto nos estamos enfrentando a una homofobia cultural donde se conservan ideas y conductas erradas acerca de la sexualidad, tales como: “No eres homosexual, sólo estás confundido”, o “Debes ser heterosexual para ser un hombre de verdad”. Además los adultos suelen confundir: validar ante sus hijos ciertas orientaciones con introducirlos a alguna, cuando de hecho sólo les enseña tolerancia; y en caso de que no sean heterosexuales (lo cual no sería debido a los padres), les facilita la auto-aceptación, ya que crecieron viéndolo normal.

Y ya que estamos hablando de cultura, la familia al reproducir esta falta de tolerancia en otros, proyecta la homofobia cultural no sólo hacia futuros miembros de la familia, si no a cualquiera fuera del entorno del hogar, como la escuela. Según el Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA) en México el 61% de estudiantes lesbianas, gays y bisexuales señalaron acoso homofóbico en la escuela, y un 92% sufrió insultos por su orientación sexual y de apariencia física al desencajar de los estereotipos de género. “Una forma de violencia es la homofobia que se caracteriza por el desprecio, rechazo, estigmatización o discriminación ante conductas y actitudes consideradas como homosexuales. Una persona homofóbica siente enojo, odio, impotencia o angustia cuando observa en los hombres comportamientos considerados femeninos en hombres y masculinos en mujeres” apuntó SIPINNA.

Por otra parte, La Encuesta Nacional de Bullying Homofóbico indicó que la mayoría de las víctimas sufren depresión, evitan ir a la escuela, tienen pensamientos suicidas, bajo rendimiento escolar, y piden cambiarse de escuela. De acuerdo con SIPINNA la situación de la violencia en el país es grave, por lo que llamó a fomentar la tolerancia, ya que es un derecho humano vivir la niñez y adolescencia plenamente y sin violencia.

Una posible causa de este rechazo es que el acosador tiene más reforzada su identidad grupal (su necesidad de identificación con un grupo), que su identidad individual, lo que provoca que cuando el grupo en cuestión no acepte la diversidad, el individuo siga a la mayoría, rechazando al diferente. Otra posibilidad es un homosexual reprimido, según el profesor Netta Weinstein de la universidad de Essex (Inglaterra), quien realizó un estudio con investigadores de la Universidad de Rochester y la Universidad de California en Santa Bárbara, en 2012: “Los individuos que se definen como heterosexuales pero que en los test psicológicos demuestran una fuerte atracción hacia el mismo sexo, pueden sentirse amenazados por los gays y las lesbianas porque los homosexuales le recuerdan a algunas tendencias personales que tienen, pero que tratan de evitar”.

Uno pensaría que las formas del bullying se acaban cuando uno crece, pero no: esta violencia se queda hasta la adultez, cuando las personas al necesitar subsistir buscan trabajo e intentan venderse como cubetas de pintura, ¿Y por qué me refiero a los individuos generadores de capital como mercancía en vez de productores de tal mercancía? Pues nuestra moderna sociedad del capitalismo monocromático asignó una etiqueta a cada cubeta, con el nombre del color que definirá su valor en el mercado de los contratistas. Y en este mercado una etiqueta que marca el color de la homosexualidad significa que la calidad del pigmento es mala.

Según los datos de Endosig, que tomó en cuenta a más de 10 mil personas mayores de 16 años: 58% considera que sus derechos no son respetados, 83% que se enfrentan a tratos hostiles; tres de cada cinco personas fueron discriminadas por al menos un motivo en el último año, entre los que destacan: aspecto físico y forma de hablar.

Por su parte el Diagnóstico Nacional sobre Discriminación hacia personas LGBTI realizado por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y la Fundación Arcoíris realizado entre 2015 y 2018 en 32 entidades federativas del país se detectó que: seis de cada diez personas consideran que su sexualidad les dificulta ser contratados; 25% de los que lo lograron no recibían un buen trato, 43% (también en el trabajo) sufrían de violencia y acoso, y un 78% que se retrasaron profesionalmente por exclusión. Además las principales agresiones que sufren son: los homosexuales de no ser contratados, las lesbianas de ser violadas o acosadas; y los gays de ser agredidos físicamente. Cabe destacar que el 60% de los encuestados eran jóvenes entre 18 y 29 años. 

A los LGBTI también les piden requisitos de trabajo que atentan contra sus libertades laborales: a 33% les preguntaron su estado civil; a 4% su identidad de género, a 6% su orientación sexual; (las lesbianas representan el 62% de estas dos últimas cuestiones, y los homosexuales un 52%); a 18% les pidieron pruebas psicológicas; al 8% pruebas de VIH (las mujeres trans representan el 48% en esta última cuestión, y los bisexuales un 44%); y al 5% pruebas de embarazo.

Según el estudio: “Esta discriminación, además de afectar emocionalmente, es un factor que limita e inhibe el acceso de la población LGTBI al ámbito laboral institucional, e influye para que desarrollen actividades por su cuenta u otras de carácter de trabajo informal, que encaminarán trayectorias y condiciones de vida futuras. En el mismo sentido, es muy posible que también las instituciones y/o empresas, pierdan al rechazar por homofobia, a personas con capacidades y perfiles idóneos para puestos específicos de trabajo”.

Casa, escuela, trabajo, calle… ¿Acaso hay algún lugar en la Tierra donde los colores LGBTI puedan salir en la pintura de la humanidad sin que los intenten borrar? ¿Por qué vivir en un mundo de puros colores monocromáticos, si también hay colores opuestos en este círculo? Los colores opuestos también reciben el nombre de complementarios, pues en una pintura ayudan a crear variaciones tonales, reducir saturaciones, crear tonalidades neutras, o resaltar colores, además de generar contrastes armoniosos, y matices llamativos sin caer en lo visualmente desagradable.

La comunidad LGBTI representa todo eso: cada color que lo conforma en un ser humano con mucho que aportar a todos los entornos en que se encuentre, si tan solo se les permite estar dentro del lienzo. Si la ley básica del capitalismo es tú o yo, no tú y yo, entonces dejemos de copiarla en nuestra sociedad y volvámosla una cuestión de tú y yo.

Ya es momento de evolucionar de esta monocromía intolerante a los contrastes y darle su lugar a todos los colores que integran nuestro círculo cromático. Danny Kaye dijo: “La vida es un lienzo en blanco, y debes lanzar sobre él toda la pintura que puedas”. Así que reconozcamos que como humanidad somos muchos colores, y todos deben ser integrados si queremos arreglar el cuadro del caos y la violencia en el que terminamos, para pasar a pintar un cuadro policromático mediante el cual obtener una armonía que no se trate de tú o yo, sino de tú y yo.

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Acerca de la autora

Marjaneh Vargas Barajas, estudiante de la Facultad de Artes Visuales en la UANL, nace en la ciudad de México, donde vive hasta los seis años, luego se mudó a Guadalajara, Jalisco donde reside actualmente. A los doce años se acerca a la lectura para escapar del aburrimiento y estrés que le causaba la escuela, y pronto comenzaría a escribir sus propias historias de ciencia ficción, labor que actualmente mantiene. En sus ratos libres disfruta de dibujar, pintar, escuchar música, nadar, y practicar taekwondo.