Conforme pasa el tiempo, ya sea en el año que acaba o en la vida que sigue su curso, tendemos a pensar mucho en el futuro y aquello que nos depara. Es común en occidente buscar la belleza en aquello que dura, ya sean las estatuas, los edificios, los escritos, etc.; sin embargo, en Japón se aprecia mucho el inevitable paso del tiempo, al igual que la caducidad.

En Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata, existe un pasaje en que se describe el musgo en el famoso templo Saihō-ji (西芳寺), al que también se le conoce como el templo de musgo de Kioto. En ese lugar coexisten la naturaleza y la tradición budista y, es un espacio donde se aprecia el paso del tiempo y la fuerza de la naturaleza. En Rashomon, de Akutagawa, se describe la puerta de la antigua capital, ya destruida por la guerra y el paso del tiempo y se hace especial énfasis en la laca roja que se ha despegado.  

En japonés ese sentimiento de apreciación por el tiempo y la caducidad se engloba en el concepto del Mujōkan, que se contrapone a nuestra visión occidental de lo perpetuo. El Mujōkan tiene cabida en muchos de los festejos más importantes de Japón, como el Hanami (tradición de observar las sakuras) o el Momiji (observación de las hojas de otoño), que tienen lugar solo en ciertas épocas del año debido a la caducidad de las flores y las hojas rojas.  

Todos estos conceptos que vamos revisando confluyen en un hecho: en Japón no se piensa en la inmortalidad del alma, por ello es importante sentir, vivir a través de las sensaciones, experimentar la vida tal como existe, tal como sigue y desaparece. Las tumbas cubiertas de musgo, los templos de madera, el ikebana y muchos escritos, no están hechos para durar una eternidad, solamente lo suficiente para ser apreciados.

El Haikú, con su temática estacional tiene muy en cuenta este concepto, pues se adapta a una época específica que desaparece para dar paso a otra, además de que, debido a su extensión, está destinado a ser pronunciado en poco tiempo. El japonés, además, no se entristece ante la caducidad, al contrario, agradece la existencia efímera y se despide sin que ello impida el disfrute hasta el final; de aquí que la cerámica se arregle y que los edificios se reparen si es posible, pero cuando no lo es, simplemente se les deja ir con un agradecimiento por el servicio prestado.

Escribí sobre este concepto justo ahora, antes de terminar el año, como un recordatorio de que las cosas pasan y el tiempo seguirá su curso dejando huellas en nosotros, lo importante es apreciar el paso de los días, al igual que aquello que nos han dejado; de ello da cuenta mi Haikú favorito, escrito por Teishitsu:

Reconciliados,

El hielo vuelve al agua:

Todo ha pasado.