Seguimos con los estrenos y esta vez presentamos una nueva columna: Miradas en el calidoscopio, en donde se tratarán cuestiones centradas en la mirada que se le ha dado (editoriales, publicaciones y recepción en general) a ciertos libros que están insertos dentro del canon literario y libros recientes con polémicas sobre representación, como es el caso de American Dirty. En esta columna abordo Lolita y el problema con la mirada del cuerpo femenino.

A partir del momento en que nuestra mirada se posa en el otro construimos una imagen de él, esto es el modo en el que percibimos a la otredad. John Berger en su libro Modos de ver afirma que “la realidad se hace visible al ser percibida” (7, Berger). No una realidad universal, sino personal que lleva una carga de elementos sociales que nos permiten interpretar la realidad. Nosotros formamos parte de esa realidad, lo que significa que también somos vistos y percibidos de distintas formas por perceptores distintos, cada uno con un contexto diferente, sin embargo, la cuestión de la perspectiva ya no es la misma que en el Renacimiento donde todo lo real se ordenaba de acuerdo con el ojo del espectador. La cámara nos mostró una nueva forma de ver el arte, la realidad en sí misma.

El valor del arte ante lo político cayó en el mero valor comercial. La cámara no es la causante del declive en la apreciación artística, es la creadora de una nueva forma de expresarnos a través de un lenguaje de imágenes que constantemente actualizan su significado debido a la reproducción masiva, todos podemos formar parte del hecho artístico para poder descubrir nuestra historia y por lo tanto quiénes somos.

Entender cómo nos configuramos como seres no es una cuestión universal, de hecho, es demasiado fragmentaria. Mujeres y hombres a lo largo de la historia han sido representados de distintas formas, nos centraremos en dos aspectos el desnudo y la desnudez.

Definamos primero que se entiende por desnudo y desnudez. El libro Modos de ver nos dice que el desnudo es sólo la exhibición y la conversión de las personas en objetos ante la mirada de otros, la desnudez es la revelación de nosotros mismos y del cuadro en su desnudo (61, 62, Berger).

La presencia femenina en el desnudo es totalmente intrínseca, ella se examina constantemente porque es el modo en el que se presenta a los demás (54, Berger). La mirada con la que se observa es masculina, sabe que su principal juez es el hombre y su presencia debe de satisfacer las necesidades masculinas. La presencia del hombre está ligada a esta concepción femenina, sólo se da por motivaciones externas en la medida de lo que puede ofrecer y hacer por alguien. (53, Berger).

En el desnudo femenino no hay una exploración erótica de su propio cuerpo, es una incitación a satisfacer el ideal del espectador de lo que una mujer debe ser y como debe comportarse con el hombre en el ámbito sexual. Su mirada, como en el caso de La Gran Odalisca de Ingres, no revela sus propios deseos y sensualidad, busca llamar la sexualidad del espectador y convertirlo en el espectador-propietario. Lo mismo ocurre en La maja desnuda.

El trabajo de representar los cuerpos desnudos en el arte no sólo recae en la mirada del artista y la del espectador, la obra de arte se ve a sí misma y con ello nos representa su desnudo o desnudez. Esta idea nos remite al concepto de la muerte del autor de Roland Barthes, lo mismo ocurre en el arte, la obra toma vida por sí misma ante los ojos de quien la contempla, pero también tiene la capacidad de actualizarse y resignificarse con la intervención de los espectadores.

Ese ha sido uno de los grandes problemas del siglo XXI y finales del siglo XX. Las Guerrilla Girls fueron un colectivo que buscó demostrar la poca visibilidad que se les daba (y se les sigue dando)[1] a las mujeres artistas en los museos, en especial con su manifestación hacia el MOMA. La crítica y sátira social a la industria del arte fue uno de los recursos que usaban para revelar sus mecanismos patriarcales, todo esto con un gran toque de ironía y parodia a las representaciones artísticas del pasado como la de La Gran Odalisca con su máscara de King Kong. Visibilizar el arte femenino y que su única característica no fuera lo “femenino” fue el propósito de este corporativo.

Quiero terminar este texto con una reflexión de Lolita, no sólo en la obra de Vladimir Nabokov sino el modo de ser vista a través de las representaciones culturales. Lolita es sólo una niña indefensa víctima de las depravaciones de Humbert Humbert. La representación de Lolita, imagen de la nínfula de Nabokov, fue víctima de la mirada del deseo masculino. Lolita es la amante sumisa e icono de la sensualidad femenina, las representaciones de esta atroz visión son demasiadas. El impacto en la cultura se ve reflejado en la configuración de la “loli”[2] japonesa, niñas que son “sexualmente atractivas” al igual que las nínfulas de Humbert Humbert.

La crítica literaria también vio en Lolita una historia de amor y una gran novela erótica. Esta interpretación se da con Humbert Humbert quien fue configurado como el hombre romántico y no como el abusador de una niña de doce años. La contraportada de Anagrama nos dice lo siguiente “Lolita es una extraordinaria novela de amor (…) La obra más satisfactoria –quizá la única satisfactoria- de la literatura erótica que haya leído”.

Las portadas de Lolita se han encargado de perpetuar la mirada erótica de la novela. La de Anagrama mostraba la Lolita de Stanley Kubrick, una visión deformada en sensualidad, y la actual nos muestra una Lolita que sufre al ser atravesada por unas tijeras. La segunda sólo refuerza la condición de victima de Lolita, visión muy necesaria pero no liberadora. Es urgente que la mirada se enfoque en retratar a Humbert Humbert como el abusador de esta niña y dejar de revictimizarla.

La visión de la mujer desposeída de su ser como un elemento de satisfacción masculina no ha cambiado, Lolita una de sus muchas víctimas. Espero que futuras representaciones (exploración de nuevos erotismos) nos ayuden a tener una nueva visión de los cuerpos y la persona.



[1] Pensemos en el actual escándalo protagonizado por Paco Ignacio Taibo II al abrir un taller de escritura conformado solamente por hombres.

[2] No confundir con la “lolita” quien en su vestimenta emplea una estética victoriana con elementos del rococó.