¿Has leído algún libro que te haga sentir parte de la historia? El día de hoy Edgard J. Rivera nos escribe desde Piura, Perú un interesante cuento al respecto.

El trabajo me tenía exhausto, no había tiempo más que para dormir algunas horas y sentía mis ojos de plomo. Cuando me veía en el espejo apenas podía reconocer mi rostro por el lunar que tengo en la cima de la nariz. Había intentado leer para relajarme, pero no lo conseguía. Así que cogí con esperanza, siendo la una de la mañana, uno de mis libros favoritos. Entonces comencé: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne…”. Siempre creí que era un poco soberbio el inicio de este relato largo. Sábato lo obliga a uno a leerlo más para saber qué movió a Pablo a asesinar a esa mujer y cómo lo hizo.

Tras un par de horas perdido en la lectura, llegué al fin a la escena en la que Castel tiene el cuchillo en la mano e Iribarne está arrinconada en la habitación. La primera vez me dio escalofríos, hoy, no puedo sentir más que indignación y antes de imaginar al asesino clavando una y otra vez el cuchillo, el sueño me cerró los ojos y me acomodé en el escritorio. El cansancio me sumió en un letargo de no sé cuánto tiempo.

Recuerdo haberme despertado con la conciencia de estar en un sueño. Todo era plena oscuridad hasta que mis ojos se fueron adaptando a la misma. Estaba frente a una puerta que no había visto nunca, pero sabía que si la traspasaba hallaría en la habitación a Juan Pablo con el cuchillo aún en la mano acercándose a María para darle fin a la novela. Toqué el picaporte, me permití sentir la frialdad del metal y lo giré lentamente. Ahí estaba: Pablo caminando hacia ella. De repente, con un deseo endemoniado e involuntario, emití un alarido que inclusive me asordó: “María, huye. Pablo, no lo hagas”. Cuando Castel se volvió atónito y desencajado, con mirada violenta y pausada, con la interrogante “¿Quién es y qué hace aquí?”, justo en el momento en que sus ojos y los míos se cruzaron, apagaron la luz, se quedó todo fundido en un azabache intenso y total.

Derrotado con resabio en la boca y dificultad para respirar, decidí relajar los músculos, porque tenía la certeza de haber presenciado un sueño. Abrí lentamente los ojos, nada. Un velo cubría todo en rededor. Apreté las vistas lo más fuerte que pude, hasta que cedí. Me senté en la cama, consciente de estar en ella, el corazón me estallaba aún, cuando noté que mis manos las sentía húmedas, como recién sumergidas en agua tibia. Levanté las manos a la altura de la mirada y traté de ver a través de la oscuridad de la habitación. Mis ojos acostumbrados a la falta de luz percibieron otro color. Las tenía empapadas de un líquido desconocido. Las olí y, en un impulso, lamí con desconfianza. Sabía a fierro oxidado. Sangre. Me levanté al instante, corrí hasta el ejemplar de El túnel aún abierto en la última página, regresé al inicio sin importarme mancharlo todo. Entonces fue cuando, en la oscuridad, logré leer: “Bastará decir que soy Pablo Castel y sé quién asesinó a María Iribarne…”. No pude seguir leyendo, me paralizó el ruido en paralelo de las llantas frenando en seco y las sirenas de las camionetas de policía que venían por mí.

Acerca del autor

Edgard J. Rivera, nacido el 4 de agosto de 1994, es egresado de la escuela profesional de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Piura. Actualmente se desempeña como docente de Literatura para el nivel secundario de un colegio pre universitario. Sus microrrelatos, cuentos y poemas han sido aceptados por revistas digitales internacionales.