¿Qué es más fuerte los sueños, las responsabilidades o el amor? El día de hoy Salotti nos comparte desde Argentina un cuento al respecto.

Ruperto acomoda las ropas que la señora le ha enviado a lavar en su habitación. Sobre la cómoda, coloca cada uno de los vestidos, perfectamente lavados, perfumados y doblados. Realiza la tarea con mucho cuidado, es el único indio dentro de la casa que tiene permitido subir a las habitaciones de arriba. Después, se dirige al cuarto de la señorita Mariana, abre las ventanas, para que el aire serrano oxigene la habitación y acomoda el resto de los vestidos. Cuidadosamente, vigila que los baños estén limpios, las camas tendidas sin ningún doblez y los pisos sin polvo. Regresa al salón de abajo y se encarga de comunicar a sus señores que todo está en perfecto orden.

La señora confía en él, al igual que el señor. Ambos lo tienen desde hace más de veinte años. Se encarga de instruir a los nuevos empleados, de encomendarles las distintas tareas, de vigilar que tengan lo necesario y sean bien tratados. Si no fuera porque duerme en las habitaciones de abajo y porque toma sus comidas en un lugar distinto al de los señores, podría decirse que es uno más.

Al terminar de revisar el segundo piso, se dirige a la parte de atrás de la casa, para cerciorase de que cada uno de los empleados están realizando las tareas y vuelve, nuevamente, a tomar el desayuno. La casa está un poco revuelta ese día, pero no porque no haya sido limpiada, es el ambiente. Algo particular sucede en el ambiente.

Por las escaleras de madera, lustradas e iluminadas, se ve bajar a la señora, Lucrecia de Villalba, con una camisa de lino que destila armonía, dirige sus ojos a Ruperto que le devuelve la mirada, un tanto preocupado, un tanto curioso. Efectivamente, algo ha sucedido en la casa por aquellos días, algo que merece que el ambiente se haya enrarecido, pero, a juzgar por el semblante de la señora, son buenas noticias. Se acerca a él y por primera vez en tantos, tantos años de servicio, lo invita a que esa noche sea parte de la cena. Una cena especial en la que darán a todos los miembros de la familia una noticia especial que traerá alegría a todos.

Ruperto asiente con la mirada, sin decir una palabra, casi emocionado. Finalmente, se siente parte de la familia. No es que se sienta frustrado, ni que haya tenido en algún momento ningún tipo de resentimiento hacia ellos, pero era muy joven cuando lo encontraron. Tan joven que tuvieron que enseñarle todo: a hablar, a comunicarse, a saber quién era, a darle un nombre español. Creció dentro de esos muros y vio crecer a la señorita Mariana, fue su niñero, su acompañante, su amigo. Han sido buenos con él. Pero jamás lo habían invitado a ser parte de una cena, de un almuerzo o lo que sea.

Ruperto se dirige a su habitación, aun conmocionado. Sabe que es una noche importante, que es un momento que seguramente recordará. Es probable… es probable que la familia lo esté invitando a cenar porque quieren mostrarle el afecto que sienten, que se ha ganado en tantos años de servicio. Sabe que la señora es generosa, quizá le dé una casa, su propia casa, quizá le dé una parte de las tierras, para que las pueda sembrar, quizá le dé ovejas. Son cosas que la señora ya ha pensado en hacer, devolver la tierra a los verdaderos propietarios.

No es algo de lo que se hable demasiado, pero lo ha dicho. No lo ha escuchado directamente de ella, pero Mariana sí. Ella le ha dicho que, en muchos momentos, su madre pensó en que sería buena idea devolverle las tierras a los indios. Que pudieran vivir como antaño, que volvieran a ser dueños de lo que, en realidad, les pertenecía. ¿Por qué no empezar por él? El buen Ruperto, que tanto le ha dado a esta familia pero que, sin embargo, tiene un oscuro secreto.

En su habitación, Ruperto prepara su mejor ropa, la deja lista sobre la cama y la mira. Está reluciente. Aún faltan unas horas para que se dé la cena, pero él ya se ve dentro de esas ropas, llegando triunfante a cenar. Se da un baño y después de ese se da otro. Como si quisiera sacarse lo rojo de la piel, lo negruzco del pelo y de los ojos, como si quisiera ser alguien que no es.

Vuelve a entrar en la casa principal y, camino a la cocina, donde debe vigilar que todo esté marchando como debe ser, se cruza con la señorita Mariana. Está radiante. Si no supiera que es ella se animaría a decir que es un ángel, uno al que le han cortado las alas. Trae puesto su mejor vestido, el celeste. Sobre su pelo, color caoba claro, preciosamente atado, el decoroso listón, del mismo color del vestido. Su nacarada piel reluce al caminar, sus pómulos enaltecen a los ojos color miel y el rostro… bueno, ya no es una niña.

Al contrario de su madre, la señorita Mariana viene con el semblante caído, triste, aunque de alguna manera se las ha ingeniado para fingir una luminosa sonrisa. Aunque no con Ruperto, él sabe de manera exacta cuáles son sus sentimientos, es un tanto difícil que pueda engañarlo. No cruzan demasiadas palabras, solo alcanza a resonar en el aire, de manera confusa, una sola oración: esta noche, esta noche… y de los ojos de ella parece que cae una lágrima, aunque se mantienen secos, impolutos. Ambos siguen su camino, como si no se hubieran cruzado y el ambiente se enrarece, esta vez, de forma triste.

Ruperto llega a la cocina, donde ayuda, amablemente, a las mujeres a hacer la manteca, donde preparan el flan, las tortas, el dulce. Después, como en una especie de ritual, preparan el pollo arrollado con minucioso detalle. Finalmente, amasan y ponen a cocinar el pan. Cada uno de los trabajos ha aprendido a hacer en todos esos años. Ha aprendido las labores de la cocina, las de la huerta y el parque, las de la limpieza e incluso las de albañil. Iba camino a la cocina a ayudar y a realizar las tareas con la mayor de las sonrisas, entusiasmado, pero cruzarse con la señorita Mariana le ha dejado un hueco en el corazón. Habiendo ya realizado las tareas que le encomendaron, regresa a su habitación, cabizbajo, a prepararse para la cena.

Todo está listo, ordenado y limpio, puesto sobre la mesa. Ruperto se ha encargado, personalmente, de liderar al personal de cocina y de servicio. Quiere que cada una de las cosas que están preparadas en su honor reluzcan, esa noche todo debe salir bien. Los comensales van llegando y uno a uno se sientan en la mesa. Ingresa la señora, con la cara visiblemente feliz y Ruperto los atiende gozosamente. Después de que todo está servido, invita a que Ruperto se siente, al lado de ella. El indio lo hace feliz, aunque esa situación lo ponga un tanto incómodo. Ingresan, por último, la señorita Mariana, acompañada de un joven muchacho, al que Ruperto no ha visto nunca. La señorita aún mantiene una sonrisa encantadora y reluciente, aunque en sus ojos puede alcanzar a descubrirse cierta… decepción.

Al terminar de cenar, la señora Lucrecia de Villalba se pone de pie para ofrecer un brindis. El resto de los familiares, entre los que se encuentra Ruperto, que es el único de los empleados invitado a la celebración, hacen lo propio, tomando sus copas con vino. La señora carraspea, se aclara la garganta y dice que está muy feliz de que todos estén allí esa noche, porque es una ocasión especial, una por la que habían estado esperando hace mucho, que va a llenar de felicidad a la familia y, sobre todo, va a hacer que la familia sea más grande. Al decir estas palabras, va mirando uno a uno a los comensales hasta llegar a Ruperto que, emocionado, conteniendo las lágrimas, espera que le hable directamente a él. No sucede.

La señora vuelve a mirar a su alrededor, hasta posar los ojos en su hija y, con la voz un tanto quebrada, la felicita porque va a hacer que la familia crezca, porque ha decidido comprometerse con Don Juan de Heredia, eligiendo esa noche, en familia, celebrar el compromiso.

Ruperto está profundamente decepcionado, pero al contrario de la señorita Mariana, sabe ocultar muy bien lo que siente. No ha pronunciado una palabra en toda la noche y todo aquello que tenía guardado para decir y para agradecer ha quedado allí, enterrado en lo profundo de su ser. Intenta cruzar miradas con la señorita, pero sus ojos le rehuyen, lo evitan. El resto de la cena transcurre en total normalidad. Al terminar, amablemente, la señora le pide a Ruperto que retire las cosas y se encargue de dejar todo acomodado. Le dice, también, que ha sido un gusto acompañarlos, por expreso pedido de la señorita que lo considera un hermano, esa noche. Al día siguiente podrá volver a tomar las comidas nuevamente con el resto de los empleados.

Solo eso. Solo ha sido el sueño de una noche, un sueño que sonaba demasiado bonito para ser real.

Dos horas después, cuando ya todos se han acostado, un alma en pena solloza sobre su cama. Ruperto se seca las lágrimas con dolor y mira por la ventana, la soledad del afuera. Hoy será la última, la última noche. Algún día iba a llegar, era obvio, no podía tener sueños tan grandes, no era necesario, no tendría por qué.

Saca de debajo de su cama los zapatos, se los pone, se abriga con un buzo de lana y sale a la noche. La noche cerrada, oscura e impaciente, recibe la figura de dos sombras negras, que caminan tomados de la mano a la casucha de las herramientas, a un par de metros de la puerta de atrás. Tantos años han convivido y tantas veces se han unido sin que nadie los descubra. Nadie lo hará. Es la última vez. Las dos figuras se unen y allí, en ese cuarto de herramientas, testigo de tantas noches, se aman, se aman una vez, se aman mil veces.

Al otro día, en opulenta comitiva, parte la señorita Mariana hacia Córdoba de la nueva Andalucía, en brazos de su futuro esposo. Toda la familia viene a despedirla, aunque no Ruperto. Ruperto está en su habitación, acostado en su cama. De sus ojos caen lágrimas y en su mano izquierda, apretado con fuerza, el celeste listón.

Acerca del autor

Profesor de artes en música y pianista, comenzó a escribir a temprana edad. Intentó durante muchos años destacar en poesía, aunque terminó decantándose por el género en el que ha sido más prolífico y más le gusta: La novela.

El listón celeste es, junto a un conjunto de 22 cuentos y relatos, la primera incursión del autor en el género del cuento, relato y microrelato, pertenecientes a su más reciente libro, Misteriosa La Cumbre.