Parte 1 de 2

Las luces se encienden, la familia se despierta puntual. Duerme todavía la beba, milagrosamente no le ha afectado el movimiento de los demás integrantes por toda la casa. La mamá ha preparado sus maletas la noche anterior, así que ahora se encuentra ayudando a su marido y a sus hijos, puesto que ninguno tiene listas sus cosas. Los niños se pelean; la hermana asegura que su hermano le ha robado su conejo Pepito, él responde que no es así, ese que sostiene es el suyo, incluso le muestra la marca de la costura de la vez que se rasgó con un alambre. La mamá sabe qué hacer en estos casos: indica a la niña dónde ha olvidado su peluche. El hermano aprovecha para reprochar, pero la madre tampoco está de acuerdo con esa conducta. Ambos son regañados.

El papá aprovecha para ir a la cocina. Intenta guardar los sándwiches en la nevera portátil, sabe que el viaje será largo y tendrán hambre en unas cuantas horas. Un nudo se forma en su garganta. Se trata de la primera vez que enfrenta su miedo a las curvas cerradas desde que un mal giro le costó la vida a su hermano hace 17 años. Los niños conocen la historia, pero ignoran que era él quien iba al volante. Su mujer es la única que sabe los detalles. Hasta donde suelen contar, el motociclista tuvo la culpa. Es lo mismo que dice la familia contraria, que tuvo la culpa el mocoso del Taurus.

La mamá por fin ha puesto los cinturones de seguridad a sus hijos. La beba sigue durmiendo, tampoco se inmuta por el viento frío de la madrugada. La niña pregunta por su papá. Voy por él, responde la madre, debe seguir en la cocina acomodando la comida. Al abrir la puerta nota lo tenso que se halla su marido, está sudando. Seguro que no quieres que yo maneje, sugiere ella. No, mi amor, puedo con esto, de veras. La mujer lo tranquiliza. Todo va a estar bien, cariño, me tienes a mí de copiloto cuando quieras descansar. Él encuentra confort en esas palabras. La abraza y le da un beso con ternura, se toman de las manos. Le agradece y aunque ella lo intuye, no podrá saber cuánto alivio siente ahora el hombre que tiene frente a sí.

Los dos salen de la casa con lo que faltaba. Acomodan la cajuela y cierran con llave. Los pequeños miran por la ventana de la camioneta los alrededores. Ciertas zonas están alumbradas de un color tipo ámbar. El resto permanece en oscuridad, mas no en silencio. Se escucha a los perros ladrar, son animales que experimentan un estilo de vida tan diferente al de los humanos que ya le han perdido el miedo a la noche. El motor ruge, espanta al gato que caminaba por el techo. ¿No olvidan nada?, pregunta el padre, con la esperanza de que alguno diga que sí.

—¡No, ya hay que irnos! —responde el pequeño.

Vámonos entonces, susurra resignado. Los faros alumbran la salida hacia la calle. En poco más de media hora ya se sitúan cerca de los límites de la ciudad. Los niños, que hasta hacía poco jugaban a ver cuántos bochos se topaban, ya duermen con las cabezas torcidas. La madre los acomoda de cuando en cuando, sin muchos resultados. El padre comienza a sudar de las manos. Tiene la pierna derecha agarrotada; pronto deberá manipularla como si fuese una extensión del vehículo. Se encuentra especialmente nervioso desde que la ambulancia que llevaba a Victor y a Lucía los rebasó. Para disimular se detiene en un Oxxo. Compra unas aspirinas, botellas de agua, café y unas galletas. Los niños querían chetos, pero la madre dijo que no, pues tan temprano les causaría dolor de estómago. No es muy diferente a la cantidad de sustancias que tendrá que absorber mi cuerpo durante las 6 horas que nos quedan por delante, reflexiona el señor al momento de pagar. La cajera le desea un buen viaje. Él le sonríe por compromiso, se da cuenta de lo infrecuente que es que los cajeros sean corteses en la madrugada.

El sonido tan característico de las puertas al cerrar aviva a los pequeños, salvo, por supuesto, a la beba. Preguntan si ya llegaron. Su madre les responde que no, que todavía continúan en la ciudad, que sigan durmiendo. Los niños repelan contestando que se les agotó el sueño, cosa que será desmentida una hora después. Pero por ahora, el padre se enfoca en el tablero. Todo parece en orden. La gasolina, el aceite, el anticongelante, el agua… tantos fluidos de los que depende la vida. Se incorporan a la carretera.

*

No muy lejos, Zed se pone de pie. Paga sus cervezas y sale del bar. Todavía recuerda las palabras de la vieja: Tú no puedes morir, muchacho. Se siente atraído por la promesa, pero le preocupa que, al final de todo y como siempre, resulte una charlatanería. Es consciente de que esas personas hacen experimentos de todo tipo. Tienen encerrado a un animal que jamás se sacia de carne, y en alguna ocasión dijeron haber convertido a un hombre en un sueño. Pero la inmortalidad es otra cosa. Con el tiempo los monstruos también pueden morir. Él no se considera un monstruo, muy a pesar de las cosas que ha hecho. Se toca la barba para confirmar que es un humano, con todas las limitaciones que ello implica. Y como todo humano, necesita algo en lo que creer.

Se acomoda en su Challenger, observa la hora en su teléfono. Todavía queda un rato más de oscuridad. Las llantas se mueven, dirige su auto hacia la esquina. El semáforo cambia a verde. Es hora, piensa, mi destino es encontrarme con algo que pruebe que la anciana tenía razón. Cambia la velocidad y se sumerge de a poco en las venas de asfalto. Pronto llegará también a la carretera. La tentación de chocar con el primer pusilánime del camino es tentadora, se siente en su lengua casi como un reto.

Lo que aún no sabe es si tendrá la oportunidad de mirarlo a los ojos cuando todo haya terminado.

Continuará…