Lo primero que le vendría a la mente a una persona al pensar en el conjunto Japón + literatura es, seguramente, el haikú. Fue esa mi principal excusa para alargar la llegada de esta entrada (dedicada, por supuesto a hablar de la forma poética más famosa de Japón) y es que, siendo realista, hay demasiado ya dicho, lo que me queda es (si es posible) redundar y tratar de explicar la belleza del haiku con aquellas herramientas que hemos ido adquiriendo a lo largo de otras entradas de esta columna.

En mi librero, aún bastante vacío, guardo un par de ejemplares dedicados a la poesía japonesa; mi favorito es una colección bilingüe de más de 800 haikús. Probablemente la gracia de dicho ejemplar radica en la posibilidad de acceder a la sonoridad de la lengua original, al igual que una visión de la escritura japonesa, siempre tan peculiar e intrincada. En el prólogo, el traductor (Alberto silva) nos recuerda la dificultad de traducir: la lengua en el tiempo, la escritura en el mismo y la limitada visión occidental, cuya estética difiere tanto de la japonesa.

Hace unas semanas, escuchando a algunos traductores de japonés, aparecía una de las grandes dificultades del japonés: la ausencia del verbo, lo que en el ámbito poético resulta en un desapego de las sensaciones: “Yo estoy aquí, percibo esto, pero tú debes percibirlo a tu manera”. Nos cuesta además, decían los traductores, aceptar que nuestras formas románticas no son aquellas que romantizan los japoneses, lo cual deviene en traducciones donde se focalizan aspectos mundanos, lejos de centrarse en las sensaciones (las verdaderas protagonistas de la estética japonesa).

Y bien, luego de tantas vueltas, ¿qué es el haikú?, la definición de diccionario versaría algo como “forma poética de 17 sílabas, distribuidas en 3 versos de 5-7-5 sílabas cada uno”. Ampliando con más definiciones, el haikú proviene, como ya hemos mencionado, de la fragmentación de los tres primeros versos de un tanka y toma como temática predilecta las estaciones del año (para otros temas, incluso si la métrica es la misma, se llaman diferente), es por ello que la gran mayoría de los libros se dividen en las cuatro estaciones. La división se hace gracias al Kigo, palabras que hacen referencia a la estación de la que se habla. En realidad existe una lista de palabras bastante diferenciada para cada estación.

Una pelea que he tenido ya, se relaciona con la métrica y es que, si bien el haikú no cuida la rima, sí cuida el sonido, como lo hace cualquier forma poética. Silva menciona “una resolución rítmica ondulante”, que en muchos casos se manifiesta gracias a la presencia del kireji o sílaba dramática, esta marca el clímax del poema y de ahí se desciende.

Los haijin (hombres del haikú), han evolucionado a lo largo del tiempo, al igual que el haikú, siendo posible que la métrica se haya modificado en varias ocasiones, especialmente gracias a la versatilidad de lecturas que proveen los kanji (ideogramas). Queremos decir, entonces, que si bien la brevedad es importante, no siempre es absoluta.

Entramos aquí a la estética aplicada: el haikú es breve, conciso, simple y a la vez sumamente complejo. Un mismo haikú puede interpretarse de diferentes maneras gracias a la escritura, los juegos de palabras y el contexto histórico. Las sensaciones, la contemplación y la aceptación del paso del tiempo están también presentes en el haikú, pequeño, efímero y a la vez brillante.

¿Qué puedo yo agregar?, me parece que muy poco; por ello, a cambio de mi inutilidad en el tema poético, les dejo una selección del libro mencionado, tanto en japonés, como en español.

  • Primavera:

Reconciliados,
El hielo vuelve al agua:
Todo ha pasado.

打解けて氷と水の中なほり。

Teishitsu.

  • Verano:

A la lluvia de mayo
Tiro las flores viejas
Del altar de Buda.

五月雨や仏の花を捨てに出る。

Buson.

  • Otoño:

Este camino
Ya nadie lo recorre
Salvo el ocaso

この道や行人なしに秋のくれ。

Basho.

  • Invierno:

Hay figuritas
Que nadie compra,
Que se mueren de frío

鼻垂れの子が売れ残る寒哉。

Shiki

Referencias: silva, Alberto (2005). El libro del haiku. Bajo la luna: Buenos Aires.