Estamos de estreno con una nueva columna llamada 18-55 letras, un espacio en donde hablaremos de la relación que podemos encontrar entre la fotografía y la literatura, principalmente del papel narrativo que tiene la imagen. Así mismo conoceremos autores que se dedicaron no solo a la escritura, sino también a la fotografía.

Mucho se ha hablado de lo que hace al ser humano, pues, ser humano: que si la lengua, que si lo social, que la envidia, que el odio… Otras veces también dicen que es la misma capacidad artística lo que nos hace ser lo que somos: esa inquietud creadora. Pero, personalmente, considero que esto puede ir un poco más allá. Tal vez lo que nos hace humanos, es el miedo al olvido en sí. Hay que pensar en ello, pues ¿para qué buscamos socializar si no es por miedo de morir solos? ¿Por qué envidiar al otro, sino porque posee ese reflejo de cómo queremos ser recordados? ¿Para qué crear si no es por el fin de que nuestra tan famosa visión de la vida quede plasmada? Es este mismo miedo al olvido el que nos orilla a hablar, a conocer, a vivir, a sentir y a crear. Tememos la soledad en lo incomprensible que es este espacio infinito donde habitamos finitamente y no poder hacer nada al respecto.  Por ello es que quiero ahondar en el origen de dos artes, técnicas, profesiones, lo que sean, que literalmente plasman de la mejor manera ese temor: la literatura y la fotografía.

Para empezar a hablar de cómo comenzó el comienzo, empiezo hablando de cómo se dice que todo empezó, y eso es con una de las primeras obras literarias que existió: el Gilgamesh, o la Epopeya del Gilgamesh o el Poema del Gilgamesh (realmente da igual, pues eso no quita que fue el Gilgamesh y fue el primero). Literatura de la antigua Babilonia, que fue encontrada escrita en tablillas de arcilla y que parece haber sido escrita de los 2500 a los 2000 a.C. en donde se trata el duelo que tiene que vivir el rey (tirano) Gilgamesh frente a la muerte inesperada de su mejor amigo Enkidú. Si bien esta obra es más profunda que esa insignificante reseña express que acabo de dar, nos sirve para tratar dos temas importantes: la inmortalidad que se aborda dentro de la obra, y el registro histórico que representa la propia escritura del texto.

Recuperando esto de que el Gilgamesh ha sido (tal vez) de las primeras obras literarias del mundo, es muy interesante el hecho mismo de que nuestra historia como literatura haya surgido a la par que nuestra insensata búsqueda por la inmortalidad. Por un lado, sí, Gilgamesh realmente buscaba la inmortalidad, pero me gustaría sobreinterpretarlo a, más bien, la memoria. Al inicio del texto nos cuentan cómo Gilgamesh era un rey bastante soberbio, lujurioso y despreciado, por lo cual los dioses le envían un enemigo que al final se vuelve su amigo, Enkidú. Como todo bueno shonen (¿esto no es un shonen?), viven varias aventuras pero Enkidú muere repentinamente a manera de castigo. Mientras Gilgamesh vive el duelo por su amigo, se da cuenta de que él también es finito, él también está destinado a morir. Si uno muere, ¿cómo saber cómo seremos recordados? Si es que nos recuerdan, claro. Buscar la inmortalidad en el Gilgamesh no era por el miedo a morir, sino por el miedo de no poder manejar aquello en lo que ya no pertenecemos: la vida y la memoria.

Ahora, es importante también reflexionar en lo siguiente: ¿qué nos motivó como humanidad a dar el paso de la oralidad a la escritura? Tal vez, lo “efímero”, esa característica de la oralidad, independientemente de que sea más rica, más viva, más tangible que la simple escritura, bien dicen que “las palabras vuelan, lo escrito queda”. Tal vez fue la interrogante por saber quiénes habían estado antes que nosotros o tal vez, ayudar a que los siguientes no se preguntasen quiénes fuimos nosotros e intentar registrar todo. Tal vez, en ese mismo momento nos dimos cuenta de que, en efecto, habíamos olvidado y podemos ser olvidados, y a través de la escritura sentíamos que nos plasmábamos, aunque fuese en tablillas de arcilla, libros, pencas de un maguey… pero nos plasmábamos, permanecíamos.

Llega el siglo XIX, en la literatura occidental tenemos estas tendencias por retratar fielmente la realidad y se desarrolla la corriente del Realismo. Pero eso no era suficiente,  queríamos más y más fidelidad a nuestra memoria, por lo cual surgió una nueva inquietud que nos llevó a la invención de la fotografía. Sobre su historia, no quiero contar lo mismo de siempre sobre la “batalla” entre Daguerre y Niépce (¿quién?), que al contrario de la historia de Gilgamesh y Enkidú, no perduró su amistad y la trascendencia de uno sobrepasó la de otro, en donde Daguerre se llevó todo el crédito de años y años de investigación frente al gran invento que tuvo sus inicios en 1824 y que revolucionaría la manera de documentar, de socializar y de recordar del ser humano. Más bien diré que, quizá, esta tendencia de la humanidad por retratar nuestra realidad, comenzando con las pinturas rupestres, relativamente abstractas, al gran realismo en las obras de Caravaggio, se vio culminada, de alguna manera, con la llegada de la fotografía. “Luz, más luz”, gritó Goethe antes de morir y empezamos a dibujar con la luz. Ahora sí podíamos verdaderamente retratar la realidad. ¿Y qué conlleva la realidad? Memoria y recuerdo como manifestación ante el inevitable olvido.

Es a través de la fotografía que podemos conservar todo aquello que no volverá a ser: tu cumpleaños número tres, el futbolista que metió un gol en la final del campeonato, las víctimas de la guerra y ciudades destruidas a causa de bombas nucleares… Incluso esas selfies, aparentemente banales, que nos tomábamos en preparatoria con nuestras amigas y que hoy en día las redes sociales se encargan de recordárnoslas con letreros como “Hace 3 años”, así permitiéndonos recrear todas esas memorias. Siempre romantizando y anhelando el pasado, como una promesa de que nuestro presente será un paraíso cuando estemos en el futuro.

Y no sólo en nuestro contexto más cercano y occidentalizado encontramos estas tendencias, sino también en Japón. Antes de la Era Meiji (1868-1912), los samurái y los eruditos tenían la costumbre de ser retratados por sus discípulos cada que cumplían una edad en específico, ya fuesen 50 o 60 años, de esta manera, se podían reconocer frente al otro y frente a sí mismos, y acompañaban estos retratos con poesía, casi siempre en chino clásico, para expresar su sentir respecto a esa representación de su ser. Posteriormente, con la llegada de la fotografía, esta tendencia por ser retratado evolucionó a un retrato fotográfico (que de igual manera, solían venir acompañados con textos simbólicos). Esta práctica de la fotografía en Japón durante el siglo XIX me parece muy poética, pues nos rememora al concepto japonés Mono no Aware, del que ya se ha hablado mucho también, pero por resumirlo brevemente: disfrutar la belleza de lo efímero de la vida.

Después de todos estos divagues, que se pueden resumir en el argumento de la película de Coco, quisiera pasar a la conclusión, o más bien, a una reflexión que queda abierta para seguir pensando sobre estos temas. Como seres humanos, lo único que tenemos es esta supuesta realidad, supuesta porque cada quien tiene una realidad muy distinta del otro, pero que todas comparten esta finitud. Por nuestra tendencia a socializar y nuestra tendencia a crear, tratamos de transmitir nuestra finitud al otro ya sea como literatura o como fotografía (de las cuales muchas veces ignoramos lo tan similares que son entre sí) o como otras tantas artes de las que no hablé, con el objetivo de dar una bocanada de aire en esta corriente eterna que es el río de la vida. Nunca podremos detener la corriente, nunca podremos evitar lo inevitable (pregúntenle a Edipo), nunca podremos evitar nuestro olvido pero sí aplazarlo y presentarlo como queremos que se nos recuerde. Es ahí donde depende de nosotros si aceptamos, abrazamos y amamos nuestra finitud como es en la tendencia asiática, o buscamos desesperadamente esta inmortalidad, tal y como fue en aquello que se dice que fue el inicio, porque lo anterior, seguro que ya lo olvidamos.