En 1868 las fronteras de Japón se abren nuevamente al mundo luego de 200 años de hermetismo (durante el periodo Edo) y dan inicio a la era moderna del Japón, es decir la era Meiji, de la cual hemos hablado un poco con escritores como Soseki y Ogai. Años más tarde, los movimientos e ideas sembrados por esta generación habrían de impactar entre aquellos escritores que vivieron la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y que fueron el estandarte de la literatura de posguerra, que es la que muchos consideran, la última gran literatura de Japón.

Personajes como estos dos mencionados, mostraban dos facetas distintas de la entrada de la modernidad a Japón: un claro optimismo ante la adopción de modelos occidentales en contraposición a una necesidad de conservar los modelos de valores japoneses. Es importante recordar que la apertura de Japón se debe en gran medida a la intervención del comodoro estadounidense Matthew Perry, quien llegó a las costas de Japón durante un periodo en que el Shogunato (el sistema político feudal) estaba entrando en crisis. Su intervención dio paso al llamado “paternalismo Yankee”, en que Estados Unidos se sintió con la libertad de intervenir en la conformación de un nuevo sistema político en Japón (esta situación se repetiría también al finalizar la guerra). Muchas de las decisiones tomadas en este tiempo: la apertura de los tres puertos japoneses a los barcos de EUA, la creación del centro naval de Nagasaki, entre otros, determinarían el futuro de Japón en los años siguientes.

Sería el suicidio ritual (seppuku) de Nogi Maresuke en 1912 lo que habría de recordarles que Japón seguía siendo Japón, con sus ideales que les calaban hasta los huesos y, que por mucho que otros países intervinieran y nuevas ideas llegaran al país, el sistema social estaba demasiado establecido. Sería este el cometido de Mishima en 1970 (que al parecer no surtió el efecto esperado), aunque esto es una historia para más tarde.

Con la llegada de la guerra, se desarrolló el movimiento de literatura de entreguerra y fue en estos años que se comienzan a desarrollar modelos literarios a futuro, que como dice Kenzaburo Oe estaban completamente fundamentados, pues la expectativa de un futuro sumido en muerte y desesperación (debido al comienzo de la era de las armas atómicas) era cada vez más latente.

De acuerdo con Oe, la literatura de posguerra inicia con Kurai e de Noma Hiroshi y Shirei, de Haniya Yukata, ambas publicadas en 1946 y habría de finalizar con Reite Senki de Ooka Shôhei (1969) y Fuji de Takeda Taijun. Algunos estudiosos de esta corriente acuerdan, más bien, que este periodo e influencia termina hasta 1994, cuando Oe recibe el premio Nobel y con ello termina también su participación en este movimiento, del que muchas de sus novelas formaron parte.

Oe señala también que, el final del movimiento de posguerra y la postura activa que tomaron los escritores dentro de él, estuvieron relacionados con tres sucesos importantes: “la muerte en 1971 de Takahashi Kazumi, quien fuera uno de los ideólogos del movimiento estudiantil que culminó en la ocupación del auditorio de la Universidad de Tokyo en marzo de 1968”; “el suicidio de Yukio Mishima, inmediatamente después de su arenga a las Fuerzas de Autodefensa en la que las convocaba a un golpe de estado en noviembre de 1970” y la publicación en 1982 de la Convocatoria de los Escritores por el Peligro de una Guerra Nuclear”.

El movimiento de la posguerra se dividió en diferentes grupos y cada uno dio origen a distintas formas de literatura. El primer grupo lo conforman aquellos escritores que vivieron la guerra en carne propia y toman estas experiencias como referencia para su narrativa; Shigeru Mizuki, Michio Takeyama, Noma Hiroshi y Ooka Shouhei formaron parte de él.

El segundo grupo es el de la narrativa de la bomba, quienes como su nombre lo indica, centraron su narrativa no solo en la experiencia de la bomba atómica, sino en sus afectos a futuro y las expectativas creadas a partir de su lanzamiento. Keiji Nakazawa, Hara Tamaki, Ota Yuko y Masuji Ibuse estuvieron en este movimiento.

Otra facción abordó las relaciones con China durante y después de la guerra; uno más escribió sobre los movimientos revolucionarios que ocurrieron dentro de Japón y, finalmente, uno más abordó las responsabilidades que vienen luego de la guerra, no solo en las relaciones internas del país, sino también fuera.

Sakaguchi Ango y Osamu Dazai se inscriben también en este movimiento, aunque de manera tardía, gracias a sus personajes, quienes deben lidiar con los efectos de la guerra en un ámbito más psicológico. En Indigno de ser humano, Dazai explora la psique de un hombre incapaz de regresar a la sociedad luego de los traumas y vivencia de la guerra en Japón.

Los efectos de la guerra y del movimiento literario de posguerra serían la cuna de otros movimientos, como la literatura feminista (aquí comienzan Sawako Ariyoshi y Ayako Sono), la metaficción (con Kobo Abe, Yumiko Kurahashi y Yasutaka Tsutsui) y el CiberPunk.

La literatura de la posguerra termina por crear una nueva generación que parece cansada de esta necesidad de trascendencia y que decide vivir el aquí y el ahora en un mundo sumido en la frivolidad y el consumismo, donde Oe sitúa a este movimiento moderno donde Murakami lleva el estandarte. Es esta generación, la que Mishima quiso (tal vez) evitar, mediante esta idea de volver a los valores japoneses, aunque su muerte, inscrita ya en un pensamiento nuevo, no pudo alcanzar su verdadero cometido.
“Creo que al forzar su entrada en los cuarteles de las Fuerzas de Autodefensa en Ichigaya, Tokio, estaba actuando en una representación por él mismo producida, y cuyo argumento sólo tenía sentido para los actores, no para la audiencia”, dijo Oe, a quien Mishima celebraba como uno de los grandes escritores que habría de sostener las letras japonesas luego de su muerte.

Recuerdo ya hace tiempo, haber leído a varios de estos autores y sus ideas, que intentan fijarse en un lugar de la historia. Estos japoneses entendían el rumbo que iba a tomar el mundo y se resistieron por un momento en que su literatura cambió la historia no solo de Japón, sino de la narrativa mundial; acercarse a ellos, me parece a mí, es una forma ideal de acercarse también a una visión de la guerra que no siempre nos es contada.