Parte 2 de 2

Los crímenes de Zed rara vez han puesto en peligro su integridad física. Todavía recuerda con satisfacción el olor del tabaco que fumó aquella noche de noviembre, justo antes de entrar a la casa de una madre soltera y su hijo. Nadie ha tratado de ponerle una mano encima, tal vez es por ello que se siente tan confiado ahora que maneja rumbo a su destino. Rebasó un total de treinta vehículos, ninguno llamó su atención. En el carril opuesto bajó un tráiler con un cargamento de troncos que tentaba sus deseos suicidas. Pero no, no se trata de poner las probabilidades en su contra. Tiene que ser un 50 / 50, porque solo un ruletista antes ha corrido con tanta suerte y Zed sabe que ese tipo de cosas no se repiten. Mientras encuentra al coche indicado, observa con cada vez más cansancio los manchones que pasan frente a él, pasajeros e inconexos.

*

La familia tiene que detenerse, los niños necesitan hacer pipí —otra vez— y debe rellenarse el tanque de gasolina. Hay poca humedad en el aire y bastante sol en el cielo. Se limpia el sudor con la manga, mientras mira la hora en su reloj. Estamos a buen tiempo, se dice. Va hacia donde su hija para pedirle un trago de agua, pero es muy tarde, ya se la acabó toda. La mamá regresa con el niño y dice vamos, nena, te toca ahora hacer del uno. Será mejor que dejes aquí toda el agua que te acabas de tomar porque no volveremos a pararnos, añade el papá con esa sonrisa pasivo-agresiva tan distintiva que le hace saber a la niña que ha hecho algo mal, pero que no está en problemas.

Amor, recuerdas a qué hora se durmió la beba, pregunta la madre. El señor hace memoria sin mucho éxito, debió ser como a las 12, más o menos. Me preocupa, ya lleva durmiendo casi 11 horas. Ambos la checan, le toman la temperatura, revisan si está respirando adecuadamente, le cambian el pañal y buscan algún hematoma. Todo en ella está perfecto, en realidad nunca se le ha visto tan calmada. Deberíamos despertarla, pregunta el padre. Sí, no es normal que duerma tanto. Acerca sus manos paulatinamente para rozarla a la par que la llama por su nombre. La pequeña reacciona con levedad, agita su bracito intentando alejar la mano desmedida de su padre. Pronto se frunce el ceño, arruga la cara y suelta un llanto irreconocible. Su mamá la carga, intenta tranquilizarla. Luego de comer la pequeña siente pesados los párpados, lo que la calma de momento. Vuelven a colocarla en su asiento y la familia prosigue su viaje, esperando que no se duerma de nuevo y que no vomite la leche.

*

Nadie es digno, repite Zed, no voy a compartir mi muerte —o revelar mi inmortalidad— frente a cualquiera… Alguien en este trayecto tiene que merecer este deseo que me consume. ¿Pero quién? ¿Cómo voy a elegirlo? ¿Será alguien con un buen carro o con una chatarra? ¿Alguien que responda a mis provocaciones si le echo mi carro? No puede terminar de decidirse, y la idea de olvidar estas patrañas surge de entre sus pensamientos más cobardes. Reduce la velocidad hasta quedarse parado. Ni un alma recorre la carretera junto a él, la estepa que se extiende por kilómetros absorbe el calor del sol y lo redirige al Challenger. Zed siente tanto calor que empieza a quedarse dormido hasta que lo despierta un claxon. Escucha también el llanto de una bebé que viene dentro de la camioneta. Es una familia que frenó de golpe. Ambos choferes salen de sus coches.

—¿Se encuentra bien, joven?

—De maravilla, señor. Quería descansar un rato antes de continuar.

—No le aconsejo que se duerma en carretera y menos por aquí, se sabe que las pandillas y los narcos vigilan la zona.

—Lo tendré en cuenta, usted es muy amable. Me presento, mi nombre es Zed.

—Mucho gusto, Zed. Ahora, ¿qué le parece si nos incorporamos de nuevo? No quisiera provocar un accidente con mi familia aquí.

—Claro que no, señor, eso sería terrible.

—Que tenga suerte, joven —entró en su camioneta y rebasó al vehículo, haciéndose cada vez más pequeño a la vista.

Antes de irse, Zed mira a la familia completa; los niños inquietos, la madre atareada y la beba recién despierta. Todos son perfectos, no podría describir por qué, pero hay algo en ellos que le enerva el coraje. Quien más le rompe las pelotas es ese viejo asqueroso, todos sus deseos de matar se concentran en él. No pierde más el tiempo, pues acelera de inmediato para volver a toparse con ellos.

*

En el otro coche las cosas también se han perturbado. La beba llora al punto de lastimarse sus cuerdas vocales, sus hermanos ya no la soportan. Ordena la mamá que se detengan, pasan 15 minutos sin lograr detener su llanto, es demasiado fuerte. Está asustada. El padre ni siquiera puede voltear a ver a su hija, le tiemblan las manos frente al volante. Ese muchacho es la viva representación del motociclista que mató. No es exactamente igual, pero es tan parecido. Esa mirada roja y desafiante no se puede olvidar. Mi amor, no puedo seguir manejando, necesito que te encargues de esto, por favor…

—No puedo, Cristóbal, ¿qué no ves que la beba no se siente bien? Tengo que revisarla.

Un auto negro los alcanza y los rebasa. Va tan rápido que lanza una ráfaga de viento y polvo. Se pierde entre las curvas que marcan unos cerros. Es él, piensa, ese joven Zed…

—Voy a dar la vuelta, tenemos que llevar a la beba con un doctor.

—Un doctor dónde, Cristóbal. Mejor sigamos, la próxima caseta no debe estar lejos.

Toca la palanca de velocidades, la cambia y bruscamente da la vuelta. Los niños se pegan contra el vidrio y los asientos. Qué te pasa, qué haces, interroga la madre. El señor no responde. Se cambia de carril con el pie hasta el fondo del acelerador. Vámonos, vámonos ahora.

*

Zed es una persona impaciente, solo por ellos esperaría gustoso, porque sabe que los va a encontrar nuevamente. Ha memorizado con precisión fotográfica las placas, el color y el modelo de la camioneta que debe buscar. Dar la vuelta únicamente ha aplazado el pacto con la muerte que entre todos han sellado, a pesar de que no lo saben, a pesar de que no lo desean. Una colisión irremediable, de eso se trata esta historia, señor. Cada segundo desperdiciado es un paso que los aproxima. Ya se siente mi respiración en su hombro, ¿no es así, Cristóbal?