En mi cumpleaños número 21, mi compañera de departamento me dio una tarjeta de regalo, de esas canjeables en las librerías; con ese dinero, me hice de una copia de El cielo es azul, la tierra blanca, una novela de Hiromi Kawakami. Incluso ahora, me cuesta un poco hablar de esa novela sin antes pensar en aquella tarde en que llegó a mis manos, supongo que tiene que ver con la idea del viaje y todas aquellas anécdotas que recolecté durante todos mis intentos por terminar de leerla.

Al principio, me costó terriblemente hacer avances significativos, porque algo característico de la narrativa de la autora es una lentitud en los inicios, que te da una sensación de que la historia no está yendo a ningún lado; sin embargo, lo que sucede es que intenta poner atención a las situaciones y a esas escenas cotidianas que a veces nos pasan desapercibidas. En ese sentido, debo decir que cometí un terrible error al juzgarla en mis primeros intentos.

Casi medio año después, en una visita a la comiteca de la universidad, encontré un manga que me pareció interesante; era un tomo regordete y que carecía de su empastado original. Al tiempo que leía, me percaté de que era una adaptación de aquella novela que no había terminado de leer y, acepto que me pareció mucho más interesante en este formato, pues las imágenes lo dotaban de sentido. Tuvieron que pasar varios meses más hasta que me senté en el sillón y me puse a leer, esta vez, con la firme determinación de terminar la novela.  

Recuerdo haber llorado un poco tras terminar las últimas líneas y es que, la narración de una historia tan particular requería (ahora lo entiendo) de esa lentitud de la que yo tanto me quejaba hace unos años. Kawakami narra, a través de 17 capítulos, el camino de una pareja que nada parece tener en común, pero que comparte el placer por la buena comida, el buen sake y los paseos sin rumbo fijo.

Harutsuma Matsumoto (a quien siempre llaman maestro) y Tsukiko Omachi se reencuentran en un pequeño bar, pero en su memoria apenas existen las imágenes del tiempo en que fueron profesor y alumna; esto es importante porque nos queda claro que su relación inicia desde cero: solo conocen sus nombres, pero no sus vidas. Tsukiko ha madurado (está por llegar a los 40) y el maestro está en una edad que puede ya definirse como la vejez; sin embargo, notan que sus gustos son similares y es así como su relación amistosa da inicio.

Durante casi la mitad de la novela, el maestro y Tsukiko se encuentran en la taberna y, de vez en cuando quedan para ir de compras o dar paseos, pero siempre intentan que sus encuentros sean azarosos, se lo dejan todo a la suerte. Durante todos estos lapsos, ambos llegan a desarrollar sentimientos por el otro, sin embargo, el miedo a la realidad les impide dar un paso adelante. La edad, la inminencia de la muerte, las diferencias, todo aquello que se niegan a aceptar, pesa mucho más de lo que aparenta.

— Deberías volver a casa y descansar

–No quiero volver a casa

–No seas cabezota

–No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted.

Este tipo de diálogos, donde el maestro se niega a ver a Tsukiko como algo más que una ex alumna (a pesar de su edad), terminan por aumentar los miedos de la mujer, quien teme siempre que él desaparezca. Cada capítulo parece un recordatorio de sus diferencias, Tsukiko es el cielo, así lo daría a entender su apodo, aquel que su ex pareja le recordó cuando regresó a su vida, haciendo ver al maestro (la tierra) que él nunca volvería a ser igual de joven que ellos.

En el capítulo de su viaje a la isla, Tsukiko corre mientras espera ser perseguida por el maestro, pero aquello jamás ocurre, lo que termina por agrietar el corazón de la mujer. La ruptura de un sentimiento que existía y se había hecho expreso, pero solamente por una de las partes, hizo que Tsukiko se diera por vencida, o al menos eso se decía a ella misma.

“Yo iba caminando junto a él y me iba repitiendo para mis adentros: << No te hagas ilusiones, no te hagas ilusiones>>”, pensaba Tsukiko varios capítulos después.

Admito que mientras leía la segunda parte de la novela, en más de una ocasión me reí para mis adentros. Esta imagen de un amor colegial entre una mujer de casi cuarenta y un hombre mayor de 60, no podía más que hacerme regresar a mis propias memorias. La idea de dos personas que se entienden tan bien, que se hacen reír y rabiar, pero que resuelven sus diferencias mientras tienen conversaciones casuales y a veces sin sentido, no puede (al menos para mí) ser descrita con otra palabra que no sea “amor”, sea este del tipo que sea.

Recordé, por supuesto, a la Maga y a Oliveira, evitándose y aún así, encontrándose. Cuando Tsukiko se rinde, comienza a evitar sus lugares comunes, con la esperanza de no verlo más, pero este comportamiento la lleva a encontrarse con su propio vacío y, por supuesto, a aceptar que está más enamorada de lo que quiere admitir.

Los sentimientos que afloran en escenas como la tormenta eléctrica o la escritura del haiku, me parecen simplemente preciosas incluso hoy, pues en su ritmo puedo encontrar la tensión existente entre los amantes, que con solo estar cerca sienten nerviosismo. Así, me quedo con un amor lleno de preguntas, de paseos silenciosos, de pláticas de taberna y discusiones simples; un amor que, ya verán ustedes si se realiza o no, pero que fue tan real como aquellos que experimentamos por primera vez y que se quedan marcados en nuestra memoria para siempre.

Kawakami tiene una forma de conceptualizar el amor que parece muy simple, pero que no está lejos de la realidad, pues como pasa en varios de sus cuentos, llega con las cosas más triviales y a veces se desvanece sin haberlo confesado a tiempo. Los invito a leer la novela o alguna de sus colecciones de cuentos, de las cuales yo recomiendo El señor Nakano y las mujeres o Abandonarse a la pasión, seguro encontrarán en estas historias un amor a la medida, alguno que les parezca conocido.