En la columna anterior hablábamos un poco sobre las similitudes que pueden tener la literatura y la fotografía, artes tan trascendentales, tan íntimas y tan duraderas, que siempre van a tener una función muy ligada a la memoria. Pero hoy, justo hoy que es San Valentín, quiero hablar de una de sus principales diferencias: cómo retratan al ser amado. ¿Qué tanta fidelidad podemos encontrar en cada una de estas artes? ¿Qué papel va a tener aquel al que amamos cuando le escribimos un poema o le tomamos una fotografía? ¿Qué tan significativas pueden ser estas representaciones? Para poder desarrollar las respuestas de estas interrogantes, quiero empezar a hablar de un texto clásico sobre la idealización y la pasión desbordada: Don Quijote de la Mancha.

            Sabemos que este texto fue un parteaguas para la historia de la literatura debido a las particularidades que presenta: la metaficción, los distintos planos narrativos, la sátira y la burla a las novelas de caballería y el humor tan característico con el que se desarrollan las peripecias de esta obra. A pesar de todo esto, hay un elemento en específico sobre el que quiero hablar: la idealización del ser amado, en este caso, de Aldonza Lorenzo o -Dulcinea del Toboso-.  Haya sido idealización o no, ficción o no, me sirve para hablar sobre esa musa, esa inspiración que desembocará en retratos lingüísticos, si así lo queremos ver (término que no sé si me acabo de inventar para no decir poesía, pues).

Es Don Quijote quien, a través de su locura y frenesí caballeresco, decide (¿realmente se decide?) idealizarla como si fuera la dama por la cual todos aquellos protagonistas de sus novelas desearían dedicar sus vidas. Bella, esbelta, delicada, son algunos de los adjetivos con los que se le describe o se le imagina. Tanto a los lectores como a los demás personajes de la obra, Don Quijote nos hace creer en esta figura femenina idealizada que él mismo proyecta a través de lo que dice y lo que hace, pero al final, lo poco que conocemos de esta Dulcinea es sólo a través de palabras y descripciones. Es por eso que más adelante en la obra, surge una nueva imagen o idea, un nuevo retrato, creado a partir de lo que cuenta Sancho al enterarse de quién era realmente Dulcinea, la cual nunca perteneció a ninguna noble cuna, sino a una pocilga. Nadie ha visto realmente a Dulcinea, pero ambas descripciones de esta mujer están construidas sobre distintas  bases: por un lado, Sancho la describe con el fin de desprestigiar la imagen sublime que había construido Don Quijote, mientras que este lo hace todo a través de sus propias convicciones e ideales sobre cómo debía ser aquella mujer amada.

Don Quijote se apropia de las libertades que nos brinda la lengua, y a través de todos los recursos literarios habidos y por haber, retrata a Dulcinea de la manera que él la ha idealizado. A través de su propia palabra dibuja y desdibuja un bosquejo sobre una mujer, o un ideal de mujer, que al terminar la obra no sabemos si existió, si Dulcinea era Dulcinea o sólo era Aldonza o si en realidad no era nadie; pero lo que nos queda claro es que, en efecto, la amó. Tal vez la amó a través de una serie de paradigmas o cualidades atribuidas, pero esa era su imagen de ella y  ese era el retrato de la persona a la que amaba, haya sido real o no.

Entonces es ahí donde radica la diferencia: la literatura nos deja mentir, idealizar, ficcionalizar, pero la fotografía no. Sí, claramente hay trucos que a veces usamos en la fotografía para que la –papada- no reluzca tanto, para vernos más altos y delgados, y ya con más mañanas podemos quitar algunas arrugas usando Photoshop. Es por eso que la fotografía podría representar la fidelidad a las ataduras de la realidad; mientras que la poesía nos da esta libertad de idealizar y retratar a nuestro gusto al ser que amamos. Por eso es que ahí, justo en ese detalle, donde encontramos las dificultades para el fotógrafo: ¿cómo retratar al ser amado y hacer notar que, precisamente, ese es el ser amado?

A Bécquer le preguntaban qué era la poesía, clavando en su pupila la otra pupila azul. Pues bien, en este caso, no nos preguntamos qué es la poesía pero sí vemos la pupila clavada en nuestro obturador y en ese momento decimos: el ser amado… eres tú. Cliché, sí, pero así es como funciona bajo mis propias palabras y necesitaba meter alguna referencia de Bécquer en algún lugar para que mi texto tenga más validez romántica.  Ahora, para desarrollar las preguntas anteriores, necesito hablar de cine. Seguro que hay muchas películas que hablan sobre lo bello que es la fotografía y temas de esa índole compleja, pero la verdad no quiero pecar aparentando ser “cinéfila” y hablaré de dos que me gustan y que no vi por el tema de la fotografía, sino porque son películas románticas, de esas que te hacen llorar desde que empiezan y que ves cada que te aburres de tu cotidianidad y sientes la necesidad de amar apasionadamente.  

Bien, la primer película sobre la que hablaré fue dirigida por Clint Eastwood y protagonizada también por él y nada más y nada menos que la genial y hermosa Meryl Streep. Ah, el título, sí, de 1995: Los puentes de Madison. Habla sobre el romance entre una ama de casa italiana llamada  Francesca que toma té limón pensando en las decisiones que hizo a lo largo de su vida y que cuestiona si es realmente feliz, y del fotógrafo de National Geographic, Robert Kincaid, alto, bronceado y que combatía con leones en sus diversas tareas fotográficas.  La otra película de la que haré mención es Carol (2015) dirigida por Todd Haynes, que narra de manera bellísima el romance entre una joven aficionada a la fotografía llamada Therese Belivet (Rooney Mara) y Carol Aird (Cate Blanchett) [1], una mujer de vida glamorosa que está pasando por un divorcio muy dramático.  Bien, ahora, más allá de que las películas tengan en común a uno de los amantes como la figura del fotógrafo, hay otro elemento más profundo, tal vez, que comparten: el ser amado en primera instancia no es retratado como realmente quiere ser visto, y por eso es ahí donde entre el papel del fotógrafo.

Zygmunt Bauman menciona en su obra Amor líquido que “En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro” (p.21). Es esa incógnita la cual uno busca resolver pero también busca que le resuelvan, pues al amar, queremos que nos amen por quien realmente somos y poder reconocernos en el otro. En ambas películas, la dualidad que presentan los personajes es lo que resulta en un apasionado romance: fotógrafo aventurero/ ama de casa; vida sencilla/ vida glamurosa. Y también en ambas películas vemos esta concepción de cómo deben ser las esposas ideales y sus tareas impuestas, y su existencia se resume en esos roles sin que ellas puedan expresar quiénes son en realidad, viviendo en soledad y en una eterna sensación de ahogo. Es así como en ambas películas, a través de la fotografía, se le muestra a Francesa/Carol cómo son percibidas, más allá de sus máscaras impuestas de mujer como propiedad, y logran reconocerse en esos retratos, donde se ven humanas, donde se ven realmente ellas, sabiéndose así existentes, reales y sobretodo: amadas. Es así que la fotografía nos permite reconocernos, tener un esbozo más concreto de cómo somos en este vasto universo y sus mil interrogantes, y qué mejor que reconocernos amando y siendo amados.

Finalmente, quiero concluir estas reflexiones con la siguiente afirmación: ninguna representación es más o menos noble que la otra. Por más que una fotografía nos demuestre la “realidad”, sólo es una realidad de cómo nos vemos o percibimos ante el mundo, cosa que no limita a la literatura. En cambio, esta sí nos permite describir y pintar a la persona, sí, físicamente, pero también de una manera menos tangible, pues nos permitirá narrar sus bondades y peculiaridades, y resaltar un acercamiento más profundo al corazón de la persona. Que sí, que en la literatura podemos exagerar las cualidades físicas así como pasa en el Quijote, pero también nos va a permitir mostrar su esencia, y asimismo, la fotografía nos deja capturar el brillo de los ojos de esa persona tan especial que ni con mil metáforas se podrá describir con tanta precisión. Es en la fotografía donde nos reconocemos y en la literatura en lo que creemos. De todas maneras, al final, lo único que importa es la intención, y en ambos casos estoy segura que todo se resumirá en el amor.

Referencias

Cervantes, M. (2015) Don Quijote de la Mancha. Alfaguara.

Bauman, Z. (2017) Amor Líquido. Fondo de Cultura Económica.


[1] AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA