Cuando entramos a la página de la Pirateca lo primero que leemos es “los libros no se roban ¡se expropian!”, si indagamos un poco más encontramos su manifiesto que desarrolla la idea de liberar el conocimiento y la cultura a todxs, porque como dicta al principio, “Toda obra de arte, todo poema, toda filosofía, toda música surgen de una experiencia común, de la experiencia humana (que es invariablemente común) y por lo tanto, más que a un individuo, todo conocimiento y cultura pertenecen a la humanidad.”

En estos últimos días, las palabras de la Pirateca han hecho resaltar las voces de quienes están a favor, pero también de quienes están en contra. La mayoría de los argumentos en contra giran en torno al escritor en su énfasis de persona que debe pagar deudas, comer, etc. En fin, dejar de idealizarlo y verlo como un ser humano más con las mismas necesidades que nosotrxs. Pero hay un punto que el autor de esa columna no toma en cuenta: la persona por la que inicia la reciente polémica, Abigael Bohórquez, ya está muerta. En sus años de vida su poesía fue condenada al olvido y su persona condenada a la miseria; un día muere en su casa y al otro día lo encuentran.

La remuneración económica será para el Estado y para lxs herederxs que lucran con la poesía de Abigael para obtener un dinero que el poeta sonorense jamás tuvo en vida. Al final no importa la poesía del sonorense, no importa la huella que deja para la poesía en México ni la oportunidad de sacar al poeta del olvido y que su voz se escuche en más lugares; sólo interesa el valor monetario de su obra que en estos tiempos es una muy oportuna idea reeditarla. Es oportuna porque Abigael siempre escribió en los márgenes de la cultura dominante y de las reglas establecidas para la poesía. Eso sólo me deja pensando que el Estado (así en mayúscula) y lxs herederxs pensaron que sería una maravillosa idea reeditar a un poeta con el sentir de este tiempo y así tener una gran campaña de marketing, porque amenazar con que su poesía sólo será de dominio público hasta dentro de casi noventa años no es tener un interés real de que la voz del poeta por fin se escuche en todos lados.

Y esto no es para nada nuevo, esta faceta del capitalismo la hemos visto a través de los años en todos los ámbitos artísticos. Antes de escribir sobre este tema pensaba hacerlo sobre Gerardo Arana (aún pienso escribir sobe él, en otra ocasión), pero la reciente lectura de Dafen: dientes falsos de Pierre Herrera (recomiendo ampliamente que se den una vuelta por la página del Fondo Editorial Tierra Adentro) me animó a considerar escribir sobre la piratería, el lucrar con la obra de alguien más y la idealización que tenemos sobre las piezas únicas.

Pierre Herrera habla de Van Gogh, bueno en realidad de Van Gogh no, sino de Los girasoles. El ensayo no sólo aborda los precios impagables de los cuadros, también habla de cómo los museos han invertido mucho para valorar ciertas piezas como únicas cuando en realidad hay mil copias de ellas. De nuevo, el valor ya no radica en la obra sino en la idealización como objeto único en su especie, valor que utilizan para venderlas a precios que casi nadie puede pagar. A lo largo del ensayo nos toparemos con la idea de la réplica, lo original, los replicantes y los autores, conforme avanzamos hay una idea que hace eco con la polémica de la Pirateca.

El autor de una obra no ejerce sobre ella ningún privilegio,

la obra pertenece desde su nacimiento (y tal vez antes)

al dominio público y vive de sus innumerables relaciones

con las otras obras

en el espacio sin fronteras de la lectura.

Ninguna obra es original,

escribió Gérard Genette retomando ideas

de Valéry y Borges. (Dafen: dientes falsos. p.83)

La cita es muy cierta, la creación de algo no se da en la completa oscuridad, siempre hay antecedentes que nos permiten crear algo tomando como base mucho de lo que ya fue dicho. Es la idea del genio, muy difundida en el romanticismo, lo que nos lleva a pensar que la creación artística sólo se da a ciertos iluminados en las artes. Nos lleva a creer que todas las obras son únicas en su especie y no están influenciadas por siglos de conocimiento y letras. No entraremos en el ya tan cansado debate sobre qué es arte y qué no lo es; eso no me interesa.

Mi interés principal está en pensar en las estrategias que “los grandes difusores de cultura” utilizan para decirnos que sí y que no debemos conocer, cuál conocimiento se desprecia y cuál no, que debe ser de interés público y que no.

La obra de Abigael Bohórquez sólo puede ser de interés si lxs beneficia en lo individual.

Los cuadros de Van Gogh sólo pueden ser de interés en la medida que se presentan cómo únicas.

Los museos no dictan qué es arte.

Las editoriales no rescatan a ningún autor y a ninguna obra. Lxs privatizan.