La imaginación es el límite y en esta ocasión Frederick Heineken nos comparte desde Buenos Aires, Argentina un interesante híbrido entre poesía y relato.

Hambres de trabajo, sueños que trepan y caen y vuelven a trepar. Una misión a la que nadie nos llama, pero creemos que es el deber. Acudimos. Como una especie de limbo, una siesta a medio dormir, con las máquinas trabajando a las tres de la tarde. Y el sol que pega fuerte en la ventana. Se mete a morir con uno.

Fiebre.

No tuve la intención de perderme ni colgarme en esa rama. No quería verla retorciéndose en el suelo. A mi amada, tan colmada de olvidos. Tuve suerte de quererte a vos también.

La medrosa noche, impávida ante el eco, invadió cada espina, me dio con todo. No lo pude advertir. La cosa de mierda fue sorprendente. Se pegó a mi cara como un chicle. Sucio, añejado en el cemento, reactivado por el sol.

El taco de la piba lo clava, lo abandona en mi cara dos horas después. Fue lo mismo, todo el tiempo me ganó.
       y abandonamos al cuerpo,
       el encierro,
       el apareamiento social. “Cómo culean los perros” había dejado de importarnos. Por entonces no figurábamos en todos lados. Se trataba de comerciales y un disgusto, algo de eso. Entonces el momento pasaba, la noche acabaría igual. Un rato entre las almohadas, era todo. Mecánico, moral… Por cada uno, me tocaba fumar.

Pensando en consumirme como el papel, no como la punta del filtro quemada y renegrida, que destaca horriblemente del minúsculo monumento al humo. Caen en los tachos y por el suelo, cada tanto se los encuentra detrás de algún mueble, entre las plantas. Los guardamos por si acaso. Nunca revolví la basura por hambre.

Amanece y me encuentro muy molesto. Parecía haber dormido entre escombros meados por los forros de los gatos. Pero no, estaba en la cama. A un lado tenía el arma, al otro una mujer. La miré mientras dormía, pensé en cuánto la amaba. Derramé alguna lágrima y traté de conciliar el sueño. Pero el sol calentaba el vidrio, el vidrio pega fuerte, despierta. Sólo un bebé, un gato, duerme así. Pero yo me opongo, necesito el otoño, el día de tormenta, aunque me pongan de mal humor. La clave está en alargar la noche, o al menos sus más leves sensaciones. Con eso basta para conservar la calma. Adormecido, uno piensa mejor. Puede parecerse a un gato y dormir como duerme un niño, para entonces meditar y tener algo que decir un domingo o cuando se viera con las amistades. Tampoco me interesa demasiado el destino. Quisiera quedarme aquí, como en un sueño, y reposar, desfragmentarme (casi) por completo. Me interesa, particularmente, conservar el ojo izquierdo; es con el que más te voy a extrañar.

Como una perla,
de un viejo collar,
de sospechas de plástico.
Vemos morir todos los placeres antes de haberlos concebido.

Acerca del autor

Escritor de relatos, poesía y ensayo. Actualmente está publicando su primer libro de relatos Mitología Urbana, que continuará con un segundo volumen como Mitología Urbana II. Otros títulos: Mis dos flores y Asesinato. Conoce más de su trabajo en su página de facebook o en su blog.