—Este es el problema.

Nos hemos acostumbrado tanto a la metaficción que ya pocas cosas pueden sorprendernos.

En la literatura las cosas se complicaron; se vuelve contradictorio que un solo canal —la escritura— conecte dos realidades diferentes, la del personaje y la del lector.

Reconozco que hubo ejemplos magistrales, pero muy pocos —quizás ninguno— dejaron de ser un simulacro. El escritor fingía que sus personajes eran capaces de salirse del libro, cosa que es imposible para nuestras leyes naturales.

Porque a fin de cuentas, el personaje no deja de ser una idea que surge en la mente del escritor y se reduce a una serie de predicados. No se puede crear a un ser humano solamente a partir de una idea. Hasta que la ciencia lo permita, necesitamos de elementos del mundo material.

Pudimos sustituir, en parte, dichos elementos gracias al teatro, la televisión y el cine. Los actores prestaron sus cuerpos a los personajes para encarnar el simulacro, pero ahora involucrando un segundo canal. Vemos y escuchamos lo que antes solo imaginábamos. El puente entre lo ficticio y lo real cada vez cobraba más fuerza.

Y del mismo modo que con la literatura, los ejemplos varían dependiendo de su ejecución: van desde los más sutiles a los más explícitos, pasando también por los más orgánicos hasta aquellos donde la ruptura de la cuarta pared es algo completamente fuera de lugar. En ocasiones solo es un recurso narrativo que ayuda a explicar algunos acontecimientos y nos adentra en la mente del protagonista, como en Malcolm in the middle. En otros casos, es la base estructural del relato y construye nuevas formas narrativas a partir de lo que tanto nosotros como espectadores y ellos como personajes entienden por ‘realidad’. Community probablemente sirvió de inspiración para proyectos más ambiciosos, porque en su tiempo también fue uno.

Desconozco si el creador tenía la intención de convertir su serie en una comedia autoconsciente de sus posibilidades narrativas. Al principio da la impresión de ser simplemente un show que aprovecha ciertas libertades creativas como la elección del cast para crear escenarios hilarantes con finales dulces o irónicos; sin embargo, conforme avanza la historia todos los personajes tienden a darse cuenta de la presencia de un orden superior que encausa sus vidas por el camino del humor negro y las referencias a la cultura pop. De cualquier forma, no hay mucho que puedan hacer. Incluso Abed, el único personaje que parece comprender mejor que nadie lo que está sucediendo, se conforma con actuar el papel que le corresponde y ser un espectador el resto de las veces.

Lo único que puede romper este pacto son las dificultades del mundo exterior. Los personajes carecen de cuerpo propio, por lo que si sus actores ya no pueden interpretarlos, es necesario crear una excusa para sacarlos de la historia. Las excusas no siempre son creíbles, y la mayoría de las veces son decepcionantes. Porque como dije al principio, todo se trata de un simulacro. Abed está condenado a repetir los mismos diálogos, las mismas acciones, debe perder a su mejor amigo en cada oportunidad; toda su existencia está determinada por el periodo que abarca el programa. Su niñez, su adolescencia, su vejez y su muerte no pueden llegarnos una vez que se ha dicho todo lo que se había planeado para él.

Aunque a lo mejor eso no sea tan malo, nosotros como humanos no somos tan diferentes. Desde cuestiones como el género hasta la identidad individual, no dejamos de ser un simulacro. Recolectamos los símbolos que consideramos que nos identifican y los adherimos a nuestro cuerpo con la esperanza de que nuestra autoconcepción empate con la imagen que tienen los demás sobre nosotros. Es por ello que imitamos lo que nos gusta de los otros, para sentir la misma admiración que depositamos en otros cuerpos. Es posible —y aventurado, debo decirlo— que esa sea la razón por la cual la metaficción es tan popular estos días. Ahora que conocemos un poco mejor nuestra naturaleza performativa debemos reflejarla en aquellos símbolos que consumimos. La cultura siempre será un reflejo de su sociedad.

Yo por ejemplo me limito a escribir un relato humano. En él, la realidad es exactamente la misma hasta este punto, el punto en el que mis personajes leen esto que estoy escribiendo. Por supuesto, no todos lo van a leer, la mayoría vivirá tan absorta en sus dilemas que no tendrán la oportunidad de conocer ni este texto, ni esta revista, ni siquiera esta lengua. El cause de un grupo selecto de mis personajes los llevará a leer estas líneas y una vez que terminen… bueno, lo mejor será no hacer spoilers.