Comenzamos la semana con este interesante texto que nos envía Juan Antonio González Díaz desde Estado de México.

Le habían explicado las reglas del grupo de psicoterapia, Aldo fue presentado a los integrantes de éste. Roberto interrumpió los saludos que le brindaban al nuevo miembro del grupo:

—Tengo una crisis. No he orinado en dos días. Fui con el médico y me introdujo una sonda por el orificio de mi pene. Siento interrumpir la bienvenida—dijo Roberto, dirigiéndose a Aldo.

—No te preocupes, ¿y te sirvió? —preguntó el recién llegado.

—¿Qué cosa? —dijo Roberto.

—La sonda en tu pito—respondió Aldo mientras apuntaba con su dedo índice hacia el área del miembro de Roberto, y todo el grupo estalló en risas. Adriana (la terapeuta) pedía orden.

—¿A qué piensas que se deba tu incapacidad para orinar, Roberto? —dijo Adriana.

—Otrora me había pasado y se relacionó con los problemas que tenía con mi esposa—contestó Roberto.

—En la actualidad ya no estás casado, entonces a qué atribuyes…

—¿Otrora? —preguntó Aldo con rostro extrañado e interrumpiendo a la terapeuta.

—Quiere decir: en otro tiempo—comentó un miembro del grupo. Aldo, sin dejar de ver a Roberto, asintió.

—Vamos a tratar de no interferir, dejaremos expresarse hasta el final a la persona que tenga la palabra—ordenó Adriana, que le dirigió una mirada desaprobatoria al nuevo integrante del grupo. Aldo rompió en llanto al tiempo que explicaba que esas lágrimas eran parte de su patología y que lo hacía cuando estaba muy nervioso.

—Como decía—Roberto reinició su relato—, antes fue mi mujer la causa de mi estrés, pero estoy divorciado desde hace tiempo, no tengo mayores problemas en mi vida, ergo, no comprendo la ansiedad que no me permite orinar.

—Se dice ego—Aldo (que ya había parado de llorar) corrigió a Roberto. Las carcajadas del grupo no se hicieron esperar.

—Ergo es una expresión en latín que significa: por lo tanto—le explicó Adriana a Aldo.

—Otrora, ergo; eres un puto mamón Roberto, ¿lo sabías?, ¿no será esa la razón por la que no puedes con tu pipí? —dijo Aldo.

—Y tú eres un imbécil—respondió Roberto, que ya tenía una expresión de repulsión cuando se percató que Aldo volvió a llorar involuntariamente.

Roberto se levantó con la intención de abandonar el consultorio.

—Siéntate por favor, me disculpo—dijo Aldo con voz segura mientras colocaba su mano sobre el hombro de Roberto.

—Suéltame, cabrón—amenazó Roberto, Aldo lo empujó hacía la silla y con actitud violenta (lo opuesto a su llanto) vociferó: —No me provoques putito—, en ese instante Aldo se detuvo e inició una serie de respiraciones exageradas para tranquilizarse.

Roberto levantó las manos en señal de tranquilidad, al mismo tiempo buscaba las miradas del grupo y de la terapeuta, como pidiendo auxilio. Adriana estaba por finalizar la sesión cuando Aldo comentó:

—Doctora, por esto le mencioné que no sirvo para relacionarme con la gente—Aldo se refería a la entrevista previa a unirse al grupo. — Les pido una disculpa a todos—refirió Aldo que observaba a la gente en la habitación. —Pero esa es una verbigracia de mi carácter.

—¿Verbigracia? —preguntó con ironía otro miembro del grupo.

—Yo también puedo ser pedante—dijo Aldo y le dio un empellón por la espalda a Roberto, pero ahora, en lugar de llorar, rió de forma muy tonta.

Roberto se dirigió a la puerta para retirarse. Aldo lo interceptó, está vez lo tomó por los antebrazos. Roberto volvió a subir las manos, con más miedo que con la intención de transmitir desinterés. El primer empujón que le propinó Aldo le había dejado claro que, a golpes, no podría competirle. Roberto volvió a mirar al grupo en busca de ayuda, Adriana, que estaba a espaldas de Aldo, con su brazo levantado, le hacía señas a Roberto para que mantuviera la calma.

—Esto es lo que soy, Roberto—dijo Aldo con voz quebrada, al tiempo que ponía delicadamente su frente contra la de su temeroso compañero y comenzó a rezar: —Padre nuestro, que estás en el cielo…—Aldo estaba al filo del llanto.

—Calma, calma—repetía Roberto que no tenía idea de cómo actuar en esa incómoda situación.

—Repite conmigo, repite conmigo: santificado sea tu nombre…—ordenó Aldo con voz tierna y suplicante.

Ambos comenzaron a parafrasear el rezo ante el escepticismo del grupo. Adriana se había quedado con la mano arriba, como una estatua. Roberto cerró los ojos.

—Te voy a ayudar, te voy a ayudar—volvió a repetir Aldo en un tono casi inaudible. Roberto asentía: —Amén—terminó Aldo con la oración y ambos abrieron los ojos.

Adriana recompuso su postura e iba a invitarlos a tomar asiento, pero antes de que abriera la boca Aldo comenzó a frotarle los genitales a Roberto, éste cruzó las piernas como si le hubieran propinado un golpe en los testículos.

Aldo se alejó, sacudió su mano ya empapada de orines y salió del consultorio. Todos respiraron con alivio, Adriana se dejó caer en su silla sin saber cómo reiniciar el diálogo.

Después de un largo silencio, Adriana finalizó la terapia. También les prometió cambiar a Aldo de grupo y habló, cuando todos se fueron, con Roberto.

—Te ofrezco mis más sinceras disculpas. Fue un error de mi criterio profesional incluir a esa persona en el grupo, fue mi culpa, hice un mal juicio y…—Roberto la interrumpió.

—¿Puede cambiarme al grupo donde enviará a Aldo? —dijo Roberto con timidez.

Acerca del autor

Juan Antonio González Díaz. 1982. Estado de México. Es narrador. Ha publicado cuentos en Revista Pirocromo de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, El Narratorio (revista Argentina). En la revista Los Demonios y los Días (editada por alumnos de la facultad de filosofía de la universidad de Guanajuato), en revista Pretextos Literarios por Escrito, revista Purgante, revista Fósforo y en revista Buenos Relatos (Barcelona).