¿De qué manera se relacionan lo fantástico, la cultura y el terror? El día de hoy Moisés Tadeo Govea Navarro de la UNAM nos comparte un interesante ensayo.

El fenómeno de los sueños contribuyó a elaborar la noción de un mundo irreal y espiritual y condujeron al sentimiento de lo sobrenatural. Por medio del simbolismo en sus manifestaciones, los antiguos pueblos mostraban las experiencias vitales y la manifestación de su sentir, transformando aspectos objetivos en formas subjetivas que se establecieron como certezas a asuntos de importancia colectiva. Alrededor de los fenómenos incomprensibles se tejieron las interpretaciones maravillosas, convirtiéndose lo desconocido e impredecible en fuente ominosa y omnipotente de castigos y favores por motivos inescrutables, terrenales y de una esfera cuya existencia no se sabía nada y los humanos no formaban parte de ella.

Hay un profundo legado de la superstición que difícilmente pierde su poderosa influencia y se ha convertido en un elemento permanente del inconsciente y los instintos más profundos del ser humano. De tal modo que, asociaciones tenebrosas se aferran a los elementos y procesos que antes eran completamente incomprensibles y hoy pueden explicarse fácilmente.

Estos aspectos tenebrosos y maléficos del misterio del mundo han alimentado el folclore popular, consolidándose como mitos vigentes en el imaginario popular;  dando lugar a creaturas del folclore popular que representan el terror indefinible, el miedo ancestral a lo desconocido, que es la clase más antigua y poderosa del miedo, que es la más antigua y poderosa emoción de la humanidad. Siendo así que los seres del folclore popular se convierten en mecanismos de supervivencia que ayudan a evadir situaciones de riesgo, reflejan cosas que molestan a un entorno sociocultural y los traumas que aquejan a determinado tiempo cultural. Permitiendo disminuir las distancias y unificar el tejido social, en un espacio del imaginario colectivo en donde el pánico garantiza la continuidad de una comunidad, espacio que se nutre de los miedos que sentimos frente a la otredad y lo desconocido.

Estos seres y narraciones rigen un mundo imaginario que escenifica las angustias y los deseos de una colectividad, pueden proceder de algún suceso real que consternó a la comunidad, permitiendo asimilar las desgracias, estas narraciones contribuyen a formar una memoria con base a hechos reales o acontecimientos fantásticos detrás de los que hay razones históricas, culturales y psicológicas.

Generando una fascinación que aunada al peligro de la incertidumbre de lo desconocido crean un universo de amenazas espirituales, que con la atracción por lo maravilloso dan lugar a un sistema de complejas reacciones  emocionales y excitación imaginativa que son atemporales.

Estas voces se transmiten de generación en generación, porque permiten, a través del miedo, controlar la conducta, constituyendo un componente educativo que forja las conductas permitidas y las no permitidas. Un medio coercitivo para comportarse y modo de inculcar la obediencia a través del pánico o el terror a lo desconocido.

Y estos relatos cruzaron los límites de la tradición oral hacia la composición literaria con la inserción e imbricación de los mitos ancestrales del folclore nacional y universal en los espacios literarios, debido al valor cultual que han tenido sobre los públicos y provocando su  explotación como producto de incentivación de la industria cinematográfica.

Para la construcción de un discurso sobre lo fantástico y su contraste con la cultura racional, es necesario emplear una amplitud de concepciones que surgen de la afluencia de sus creadores y de hacia quien se dirige.

Lo fantástico, parece englobar varias características comunes a las demás a través del elemento sobrenatural como algo que transgrede las leyes que organizan el mundo real, que no es explicable, que no existe, según dichas leyes, haciendo que el universo cotidiano del lector/espectador sea invadido por dicha sobrenaturalidad y, de ese modo, sean relativizadas las concepciones sobre lo real o irreal. Según esta perspectiva, se produciría una especie de intertexto entre dos discursos: lo fantástico y la realidad, con efectos tales como el temor o la perplejidad o, tal vez, una sensación de extrañamiento, especialmente manifestados, en una vacilación por parte de personajes pertenecientes al mundo de lo natural ante acontecimientos sobrenaturales. Sucede en muchos casos que el elemento inexplicable e intrusivo en la configuración de la realidad vivida por los personajes y también por el lector o espectador es finalmente aceptado, haciendo que lo sobrenatural forme parte de aquel universo, siendo que la puesta en duda sobre la irrupción de lo sobrenatural es finalmente comprendida como parte de la realidad cotidiana y resuelta por medio del combate de la misma.

Lo fantástico suele invertir el plano de realidad o construir un paradigma de realidad sólido para codificar la coexistencia del paradigma de realidad e irrealidad sin ruptura u oposición violenta, lo que amplifica el efecto de desazón en el lector/ espectador cuando dicho paradigma es irremediablemente confrontado y roto; de este modo, surge la posibilidad de que cualquier ruptura, cualquier excepción cause un escándalo y sea vista como una transgresión. Dando origen a una transformación angustiosa cuando lo familiar desaparece y se ponen en crisis los límites que sustentan la realidad y nos queda la incertidumbre de la misma.

La evocación de la posibilidad de lo imposible enuncia una transgresión; la impresión del miedo es una transgresión de las regularidades como efecto fundamental de lo fantástico, el miedo constituye la medida de lo fantástico, la frontera entre lo fantástico y el terror se disuelve a través del miedo.

Entre los géneros  que más popularidad han tenido mundialmente entre los lectores y espectadores a lo largo de los años nos encontramos con la ciencia ficción, la fantasía y el terror, cuyas fronteras están siempre íntimamente imbricadas en pos de la construcción de imaginarios sobre la realidad y de la búsqueda de itinerarios alternativos a la naturalidad de la vida diaria que despierten el entusiasmo del espectador o lector, siempre sediento de aventuras.

El cuento de horror  es tan antiguo como el pensamiento y el habla humanos traza una genealogía desde el primitivo folklore de todas las razas hasta cristalizar en las más antiguas sagas y escrituras sagradas.

El horror nace de la aprensión que sentimos frente a la oscuridad y la presencia del mal que suponemos habita en ella. El terror busca generar un efecto en las emociones, algo que su mismo nombre indica, asociándolo con uno de los sentires básicos del ser humano, que es el temor, aunque también con la repulsión por la inmundicia a la que suele asociarse lo monstruoso. El terror es la pista en donde interactúan los dilemas morales de una determinada sociedad; opera como un grito desesperado que castiga sin razón aparente los excesos sociales.  Podríamos decir que el gusto por el género del horror se basa en aspirar a mejorar el autocontrol sobre  las emociones.

Las complejas relaciones entre: lo sublime, el horror, el terror, lo macabro y lo sobrenatural presentes todas  en los objetos culturales que conservan esta matriz sublime  que se tensiona en reapariciones obsesivas o en desplazamientos inesperados de imágenes y formas que evolucionan para confrontar límites o fronteras de lo real con lo sobrenatural

Estas relaciones son representadas a través de características temáticas y formales como: la muerte, lo monstruoso, los lugares malditos, lo diabólico, lo fantasmal, el cuerpo mutilado, la tortura, el dolor, entre otras y pertenecientes todas a la tradición estética de lo sublime.

La noche, como manifestación de la obscuridad e isomorfo de la ceguera, es el escenario idóneo para la irrupción de las formas más variadas del miedo. Al introducir los símbolos nictomorfos, que de niños tememos naturalmente a lo negro, como representación de riesgo y amenaza.

Las leyendas y personajes sobrenaturales rondan entre lo maravilloso (propio de las creencias míticas) y lo fantástico (provocador de una vacilación a la hora de explicar los fenómenos), pero también están imbuidas de elementos propios del terror (por el efecto emocional provocado en los personajes y/o espectadores).

Hay un giro hacia la interioridad y el miedo psicológico en la ficción, subrayando sus motivaciones. El efecto emocional que es capaz de suscitar es resultado de efectos memorables que surgen del subconsciente, de esto dependerá el terror producido por la narración y de figuras recurrentes empleadas para crear efectos emocionales que, a su vez, se apoyan en ciertos matices ambientales tales como una atmosfera de ansiedad y miedo hacia lo ignoto y el más allá, la inclusión de fuerzas desconocidas y el atentado contra las leyes inmutables de la naturaleza que evitan la invasión del caos.

El miedo metafísico que suele manifestarse en los personajes, atañe directamente al lector, puesto que se produce cuando nuestras convicciones sobre lo real dejan de funcionar, prevaleciendo la incertidumbre en el lector real al ignorar o quedar difusas las fronteras entre realidad, sueño/pesadilla/muerte, delirio. Esto, hasta que el miedo se vuelva “desorganizador” ya que para pasar del miedo normal al patológico son necesarios “el elemento sorpresa, el elemento laberíntico, donde se asegura la imposibilidad de la escapatoria y la probabilidad siempre presente del encuentro, y el elemento duración, necesario para que se fije el conflicto.

Las emociones que se tejen a partir de su vocabulario (como el miedo, la ansiedad, la angustia y el suspenso), se generan en relación a un choque de fuerzas en aparente contradicción como el bien vs el mal, lo diabólico vs lo sagrado, la oscuridad vs el día, etc. El monstruo juega un papel central ya que su figura es la encargada de personificar esas antinomias y por ende es el lugar donde convergen todas las ansiedades.

Es necesaria la presencia de un monstruo que cumple con dos requisitos: es repulsivo (son antinaturales provocando la repugnancia entre los personajes de ficción, a través del asco se repugnan las desviaciones al relato hegemónico y se espectacularizan los peligros de salir de la trama central) y amenazante. Esta segunda característica no requiere mayor explicación, salvo que la amenaza puede ser física o psicológica.

Criaturas híbridas, intersticiales, que violan los esquemas de la caracterización cultural; en otras palabras, personajes extraordinarios en un mundo ordinario. Estas características no necesariamente son intrínsecas al personaje y pueden aparecer en forma de metonimia horrífica: la criatura horrible aparece rodeada por objetos que tomamos como objetos de asco y/o fobia.

Es la figura que encarna la irrupción del mal en el mundo cotidiano, y que trae aparejado el quebrantamiento del principio del orden. Lo anómalo esconde peligro contra la cultura porque la falta de articulación ontológica amenaza el sistema simbólico  de la comunidad, es decir, causan terror por la falta de orden que encarnan; violentan las categorías ontológicas que posee el lector y son ‘naturales’ dentro del ‘otro mundo’ del texto, e incluso ‘monstruos morales’ dentro de una narración mimética.

Son seres extraordinarios, producto de la imaginación o reales de naturaleza siniestra, que invaden y se apropian de la fragilidad de hombres y mujeres de vidas contenidas, donde el tedio y el vacío son enmascarados en la violencia interna de cada uno de ellos.

El monstruo se ha convertido en el lugar dónde se proyectan todos los malestares, es el otro que se entiende como una amenaza y el cual estamos condicionados a repudiar, confrontar, subyugar, y en el mejor de los casos aniquilar; representa todo aquello que no se permite ni se acepta socialmente.

El conflicto se genera  alrededor de la figura del monstruo y la respectiva amenaza que este le represente al status quo. La contienda entre el bien y el mal, encarnada simbólicamente entre el hombre  y el mal (lo abyecto), puede entenderse como un concepto que ampara otras fuerzas en aparente oposición tales como lo sagrado y lo profano, la barbarie y la civilización, lo urbano y lo rural, el orden y el caos, la verdad y la mentira, etc. Esta lucha varía de acuerdo al monstruo y la particular amenaza que éste simbolice. El monstruo es un espejo de las ansiedades sociales y el tema central en el cine  y la literatura de horror es cómo enfrentar la amenaza simbólica que representa su presencia.

Se establece el contacto con esferas y poderes desconocidos, hay una barrera invisible, una frontera que separa la vida de la muerte, la locura de la cordura, la noche del día, lo normal de lo aberrado, y el monstruo es la figura que representa todo aquello que está más allá de lo permitido, de lo socialmente aceptado y realizable. Si bien las ansiedades con respecto a esos límites cambian, la función del monstruo siempre es la de alterar el orden simbólico; siendo así, que la idea de matar al monstruo es vista  como la vía para restaurar el orden.

O bien, puede pasar de ser una amenaza a ser un castigador, encarnando una posición moralista frente a los valores que defiende al reprimir las transgresiones de los otros personajes, su figura es ambivalente en la medida en que defiende el orden pero al mismo tiempo lo ataca. Al jugar con los límites de las posibilidades de lo monstruoso se juega también  con los límites de tolerancia de la audiencia.

La construcción del monstruo describe valores opuestos que son otorgados por la tradición, está atada a viejas nociones históricas y religiosas basadas en aversiones, siendo así que las en la literatura y el cine de horror sean figuras abominables que carecen de alma y habitan cuerpos descompuestos. Dentro de estas figuras encontramos vampiros u hombres lobo (cuerpos mitad humano- mitad animal, inmortales pero sin alma), zombies (muertos vivientes), demonios (ángeles caídos), fantasmas (almas en pena), momias (cuerpos descompuestos), etc. Tales figuras, en su mayoría criaturas de la noche, no sólo juegan en contra de la idea de una “mejor vida después de la muerte”, central al pensamiento cristiano, sino que desafían la idea del cuerpo aporreado como recurso para purificar el alma y las pretensiones de divinidad que aseguran que sólo lo moral y lo puro tienen la capacidad de vida eterna y de regresar de entre los muertos.

La figura del licántropo se asocia con el miedo a no controlar nuestros impulsos animales, la figura del vampiro se asocia con el miedo a dañar a las personas que amamos. Las brujas son una manifestación de la sombra masculina; encarnan los deseos, los temores y las demás tendencias de nuestra psique que son incompatibles con nuestro yo. Y es que las brujas representan no sólo el poder y lo oculto, sino el peligro inherente que les conceden las regiones intersticiales que habitan los márgenes de la estructura social.