Hace ya varios años me compré un libro sobre la historia de Japón, luego otro más y como es de esperar, sus líneas me llevaron a las primeras tribus que habitaron el archipiélago japonés; sin embargo, existe otra historia que ellos internalizaron y que, si bien para nosotros cuenta más como un relato a semejanza del génesis, para los japoneses significa el nacimiento de una nación a manos de los dioses.

El Kojiki es considerado el relato histórico más antiguo de Japón y en él se relata el nacimiento de las islas japonesas a manos de Izanami e Izanagi, así como la estirpe de los primeros emperadores de la nación. Estudiar este libro nos brinda una idea clara de la forma en que los japoneses se ven a sí mismos, especialmente en un país donde la religión no tiene el impacto que nos podríamos imaginar; y es que, los japoneses viven la religión de manera particular, casi como un secreto que nada tiene que ver con el otro. Las viviendas poseen, de vez en cuando, algún altar budista o shinto, pero la obligatoriedad de asistir al templo no existe. La figura de dios es tan extraña como interesante, porque ellos creen en las fuerzas de la naturaleza que puede ser percibida, creen en criaturas que causan malestar o desasosiego y más que rezar intentan estar en contacto con su propio ser y su entorno.

Entonces, el Kojiki no es tomado como un génesis meramente religioso, sino como un texto con validez histórica. En él, los dioses Izanami e Izanagi, la pareja más joven de 5 que aparecieron, reciben el mandato de consolidar la tierra, pues al inicio de los tiempos, solo existía una masa espesa que se había separado para dar paso a la luz, las nubes y el cielo. El resto de partículas de aquella masa, que no habían sido capaces de ascender, se quedaron para conformar la tierra. Las primeras generaciones de dioses, se crearon a sí mismos y desaparecieron al poco tiempo, hasta la aparición de las 5 parejas ya mencionadas.

Izanami e Izanagi reciben una lanza con la que, desde el puente del cielo, agitan las partículas, separando así el agua salada y formando una isla (Onogoro), sobre la que edificaron un altar (Yashidono) con una columna en el centro; para dar origen a las tierras, ambos dioses acuerdan girar en sentidos apuestos alrededor del altar, encontrándose así en un punto, donde se realiza una especie de ritual. Cuando se encuentran Izanami habla primero y luego Izanagi; de aquí nacen dos hijos imperfectos a los que no reconocen y terminan siendo enviados al mar en una balsa de junco.

Ante su fallo, ambos dioses acuden a las otras 4 parejas para preguntar qué habían hecho mal, a lo que les responden que Izanami (la deidad femenina) no debió hablar primero durante el ritual; entonces ambos retornan al altar y realizan la ceremonia nuevamente, esta vez hablando primero Izanagi. Este encuentro da como resultado el nacimiento de las 8 grandes islas japonesas: Awaji, Iyo (hoy Shikoku), Oki, Tsukushi (hoy Kyushu), Iki, Tsushima, Sado, Yamato (actualmente Honshu).

Ambos dioses originaron otras islas y deidades de la naturaleza; sin embargo, se sabe que Izanami murió al dar a luz a Kagutsuchi, la deidad del fuego, quien fue asesinado por su padre ante el dolor de perder a su esposa. La muerte de este hijo originó a su vez a muchas otras deidades.

En algunos otros pasajes, podemos ver cómo Izanagi va al Yomi (tierra de los muertos) en busca de su esposa, pero al encontrarla se da cuenta de que ha perdido toda su belleza, pues su cuerpo ha empezado a descomponerse y corromperse al estar en contacto con las fuerzas del Yomi. El dios es perseguido por criaturas residentes del inframundo, pero logra escapar del Yomi mientras escucha a su esposa gritarle que, por haberla abandonado, matará 1000 residentes de la tierra cada día a lo que Izanagi responde que él creará 1500 y es así que el concepto de muerte nace, pues hasta entonces dicha idea no había existido entre los habitantes de las islas.

El proceso de purificación de Izanagi tras regresar del inframundo dio origen a tres de los dioses más importantes de la mitología japonesa: Amaterasu, quien surge del ojo izquierdo y es la encarnación del sol; Tsukuyomi, quien surge de su ojo derecho y es la encarnación de la luna y, Susanoo, nacido de su nariz y que encarna los vientos o tormentas (muy famosos por Naruto, ¿a que sí?). De aquí en adelante hay muchos otros sucesos relacionados a los primeros gobernantes de las islas, de lo cual podríamos hablar en alguna otra entrada.

Mis primeros acercamientos al Kojiki fueron sumamente entretenidos, especialmente ante la idea de que, para Japón esto no es más que la historia real de su creación. Cosas como su espiritualidad, su apego a la naturaleza y los aspectos más simples de la existencia, tienen su origen en una idea: son descendientes de dioses, provienen de una larga estirpe de emperadores y su relación con la muerte es necesaria, como un ciclo circular que no tiene final aparente.

Incluso hoy, la historia japonesa se ha seguido fundamentado en un idealismo que sigue una línea clara desde los relatos del Kojiki hasta los testamentos ideológicos de grandes figuras históricas e incluso literarias (como Mishima y Ogai). Lo que me gustaría que revisáramos a partir del Kojiki es la relación existente entre las ideas que permearon grandes épocas en Japón, desde el Nara hasta el Meiji y es que, tal vez Japón esté cambiando paulatinamente en una época que prometa revolucionar el pensamiento no solo en cuanto a normas sociales, sino a corrientes artísticas muy interesantes. En fin, temas más o menos que iremos tratando poco a poco.