Muchas veces se tiene el concepto de que la literatura (y el arte general), es algo que pertenece a los círculos intelectuales, a las altas esferas de la cultura, asociando por ejemplo artes como la escultura, poesía o la música, a los altos recintos o sitios específicos para su consumo (ya hablamos de ello en el programa de Poética en la música), pero… ¿Qué pasa cuando se adapta algo de este arte hacia lo popular? en muchas ocasiones es mal visto, en lo personal siento que es algo genial.

Hace tiempo mientras navegaba entre la oferta musical de youtube me encontré con uno de los autores que no pueden faltar en las fiestas mexicanas, el buen Chalino Sánchez, rey del corrido, ídolo de multitudes, quien con su corta carrera se inmortalizó en el gusto nacional. Llamó mi atención su tema Nocturno a Rosario, pues nunca se me habría ocurrido escuchar la obra de Manuel Acuña en ese género.

Grande fue mi sorpresa al encontrar que no era una referencia o inspiración para una canción nueva, sino que literalmente interpreta el Nocturno a Rosario mientras los acordeones, la tuba y la guitarra suenan de fondo. Este tema aparece en su álbum Nieves de Enero (1992), en esta versión Chalino interpreta los cantos I, II, III, VII, X con pequeñas adaptaciones.

El Nocturno a Rosario es la obra más conocida del autor mexicano Manuel Acuña Narro (Saltillo, Coahuila 1849- Ciudad de México 1873) poeta que se desarrolló en el postromanticismo mexicano. Con una carrera literaria breve pero intensa, publica en 1869 una elegía a la muerte de su amigo Eduardo Alzúa, ese mismo año en compañía de otros intelectuales mexicanos fundó la Sociedad Literaria Nezalhuacóyotl.

Posteriormente escribiría su drama El Pasado, el cual sería representado dos años después y acogido con bastante entusiasmo por parte del público, sin embargo, la muerte de su padre, su soledad y la pobreza que atravesaba lo llevaron a una complicada situación que terminarían por agravarse al conocer a su musa imposible Rosario de la Peña y Llerena, quién no correspondería sus sentimientos, por lo que al más puro estilo romántico, Acuña decidiría suicidarse al ingerir cianuro después de escribir el Nocturno a Rosario, obra que lo inmortalizaría en la literatura (y a la vez traería una serie de problemas a la vida de Rosario).

Rosario de la Peña y Llerena

José López Portillo menciona que la muerte de Acuña pasó de ser un asunto metropolitano, a algo nacional, y se habló de él en toda la República y no sólo eso, sino que, se extendió por todos los países de habla española del continente. e incluso llegó hasta Europa , donde el episodio fue tratado por la prensa que se preocupaba de los asuntos hispano-americanos de aquella época.

La revista La Patria ilustrada reprodujo un largo artículo publicado en el París Charmant, de la capital francesa en el cual se afirmaba que “el triste fin del poeta coahuilense, se debía a a inhumana infidelidad de su amada”. Según el articulista, Acuña estaba en relaciones amorosas con Rosario y próximo ya a casarse con ella, cuando se vio precisado a salir de México por motivos de negocios, y no queriendo verla expuesta a los peligros de la soledad, la dejó encomendada al cuidado de un amigo de confianza; y éste y ella, cometiendo la más negra de las ingratitudes se habían entendido para amarse durante la ausencia del poeta. De modo que, al regresar éste de su desdichado viaje, halló ya casados a los infieles, y enloquecido entonces por el desencanto y el dolor, apeló desesperado al suicidio.

La realidad es que esta relación jamás existió, como la misma Rosario afirma su relación con Acuña era casi la de hermanos, sin embargo, la muerte le había dado a su víctima un crédito que pocos se atrevieron a negarle. De manera que Rosario de la Peña (desde entonces conocida como Rosario la de Acuña) quedó marcada para siempre con una historia de amor, engaño y seducción que rebasó las fronteras de su siglo.

Catorce años después del suicidio de Acuña, Rosario le concedió una entrevista al periodista Carlos Germán Amézaga en dónde ella comentaba lo siguiente:

Si fuese una de tantas vanidosas mujeres, me empeñaría por el contrario, con fingidas muestras de pena, en dar pábulo a esa novela de la que resulto heroína. Yo sé que para los corazones románticos no existe mayor atractivo que una pasión de trágicos efectos cual la que atribuyen muchos a Acuña; yo sé que renuncio, incondicionalmente, con mi franqueza, a la admiración de los tontos, pero no puedo ser cómplice de un engaño que lleva trazas de perpetuarse en México y otros puntos. Es verdad que Acuña me dedicó su Nocturno antes de matarse […] pero es verdad también, que ese Nocturno ha sido un pretexto nada más de Acuña para justificar su muerte; uno de tantos caprichos que tienen al final de su vida algunos artistas […] ¿Sería yo en su última noche una fantasía de poeta, una de esas idealidades que en algo participan de lo cierto, pero que más tienen del sueño arrebatado y de los vagos humores de aquel delirio? ¡Tal vez esa Rosario de Acuña, no tanga nada mío fuera del nombre!

Rosario de la Peña y Llerena se presenta como una interesante figura en la historia de la literatura mexicana, hija de don Juan de la Peña y su esposa Margarita Llerena, era el centro de atención en las tertulias literarias que se celebraban en su casa ubicada en la Plaza Santa Isabel. Se convirtió en la musa de distintos autores que quedaban atrapados por su belleza y solían escribir versos en su nombre (cuenta la leyenda que al llegar a su casa y para dar constancia de su asistencia, debían escribir algo en su honor en un libro que se encontraba en la entrada), algunos autores que fueron sus enamorados Ignacio Ramírez “El Nigromante”, Manuel María Flores e incluso José Martí.

A dichas reuniones asistían intelectuales de la época como Ignacio Manuel Altamirano; Francisco Zarco; Irineo Paz; Justo Sierra; Juan José Baz; Juan A. Mateos; Vicente Riva Palacio; José María Iglesias y Juan de Dios Peza; Agustín F. Cuenca, José Rosas Moreno, Porfirio Parra, Francisco Sosa, José Peón Contreras y, décadas más tarde, Manuel José Otón y Luis G. Urbina.

Curiosamente ambos artistas tendrían un triste final marcado por las letras: Acuña suicidándose a los 24 años después de escribir el Nocturno a Rosario y Chalino siendo asesinado a los 31 años un día después de recibir en el escenario una carta que lo amenazaba de muerte.