Tal vez todo en la vida sea momentáneo y finito, pero no por eso significa que todo pueda ser preciso. Tal como pasa en la fotografía, sí, captamos situaciones momentáneas, eso siempre, pero no todas van a ser precisas: las fotos pueden salir movidas, podemos tener los ojos cerrados o se atravesó alguien y no capturaste el momento. Y lo mismo en la literatura, cuestiones finitas, guerras, sucesos históricos, revoluciones, romances, pero no por eso serán precisas, pues por más que queramos, todo estará permeado por nuestras propias subjetividades. ¿En qué consiste lo preciso? ¿Lo preciso puede representarse de una manera precisamente estética?

Como siempre, primero reflexionemos desde la literatura. ¿Qué expresión literaria podría representar aquello que es finito, preciso y momentáneo? Desde Japón para todo el mundo y desde José Juan Tablada para México: el haikú. Ya saben, 5-7-5, sin rimas, amigable y divertido, cualquiera puede hacer un haikú incluso sin proponérselo. Sí, técnicamente eso es el haikú pero viendo más allá incluso de la misma apreciación de la naturaleza en el que siempre se inspira y todo aquello que evocaba en los poetas de antaño, considero que es más bien una metáfora de la vida misma.  La vida es breve, es repentina y no avisa, pero cada momento está lleno de significado y por eso mismo, es precisa. Veamos, si algo de nuestra vida hubiese sido diferente, no seríamos lo que somos ahora y ya dejaría de ser nuestra vida. Imagínense que la persona que siempre les gustó pero que nunca les correspondió les hubiera dicho que sí, o que al final hubieran estudiado lo que sus papás querían o viceversa: realmente dedicarse a vender quesos en lugar de estudiar literatura. Exacto, no seríamos lo que somos ahora, suma precisa de cada una de nuestras experiencias finitas e impredecibles. Claro, estoy segura que si Matsuo Basho leyera todo esto que propongo me diría:

Como las piedras,

así ya entre compas,

por favor, calla.

Pero bueno, también el haikú está permeado por esta cuestión estética tan característica en la mayoría de las artes y literatura japonesa: el mono no aware, el aware de las cosas, el darnos cuenta de que sí, en efecto, todo aquello que vivamos y que exista, será pasajero y finito. Y sentimos nostalgia, y por eso contemplamos todo con esta apacible calma que se siente como una lluvia silenciosa y solitaria pero a la vez, reconfortante. Una gota cayendo que a tus ojos se vea como la más llena de significado entre todas las demás, el cambio de color de las hojas en otoño, el florecimiento del sakura o del cerezo… Todas estas imágenes tan llenas de la visión japonesa sobre la existencia misma son el claro ejemplo de que la naturaleza y la vida son pasajeras, así como nosotros también.

El haikú es todo eso y más, pues en una simple expresión lingüística tan brevísima, encierra grandes verdades. Verdades repentinas, verdades breves… verdades precisas. Reflexiones o sentimientos que no pudieron haber pasado por nuestras cabezas en otro momento que no fuera solo ese en específico. Momentáneas, precisas y finitas, pero que perdurarán por la eternidad.

¿Que a qué me refería con lo de “desde José Juan Tablada para México”? Sí, ya sé, no debo dejar ideas inconclusas, así que aprovecharé este espacio para hablar un poquito de él. En la corriente literaria del Modernismo que inició a finales (¿qué es eso de iniciar al final?) del siglo XIX y teniendo a Rubén Darío como su predecesor, se buscaba la individualización de la voz/ las voces de América Latina, a través de formas que no siguen reglas, de temas diferentes a los que se trataban anteriormente, una manifestación moderna pues. Era mostrarse a sí mismos como otra forma de ver la literatura, pero, a pesar de eso, tuvieron una fuerte influencia del auge en el exotismo japonés que había en Francia por aquellas fechas. Y por eso mismo, varios autores como Efrén Rebolledo, con su antología de poemas Rimas japonesas (1916) y sus dos novelas cortas, Nikko y Hojas de bambú, o también José Martí, se dedicaron a ilustrar este imaginario japonés en el que no podían faltar la tímida geisha, el sake y el Monte Fuji a través de sus propias palabras. Pero tal vez fue sólo un autor mexicano de esa época el que ¿entendió? o tal vez vio más allá de todas estas preconcepciones del colectivo imaginario sobre lo japonés: José Juan Tablada.  

¿Por qué hablar una vez más de Tablada? Pues ¿por qué no? Fue gracias a él que el haikú llegó a México y no sólo eso, sino también un interés o una fijación por lo japonés en nuestro país. Tal vez en sus inicios, sus poemas de temática japonesa eran muy superficiales como los de sus contemporáneos que mencioné anteriormente, pues el Japón que retrataban era sólo una cuestión decorativa. Pero, con el tiempo, sus escritos fueron adquiriendo un aspecto más reflexivo e introspectivo, con metáforas más filosóficamente japonesas, como es en su Poema de Okusai (que personalmente se me hace más interesante que sus haikús), en el cual habla de las obras de arte pintadas por el gran Katsushika Hokusai o también conocido como Shunrō, o también como Sōri, o a veces Kakō y otras Taito, o Gakyōjin… ah o Iitsu o Manji. Hokusai, pues, el de la Gran Ola de Kanagawa. Un poema realmente brillante e inteligente, con unas imágenes muy impactantes y varias metáforas tan bien estructuradas que en verdad se ve un entendimiento profundo sobre la historia y la cosmovisión de Japón, con todo y el misticismo que hay en él (que bueno, ¿quién soy yo para decir que él sí lo entendía a diferencia de otros? ¿No?). Y aunque el Poema de Okusai no es lo que nos importa ahora, recomiendo ampliamente leerlo. En fin, que Tablada escribió un poemario de haikús titulado Un día… donde por fin se aprecia esta complejidad que engloba el haikú de una manera tan bella y al mismo, tan mexicana, que si no fuera por él, no sé qué habría sido del japonismo en México.

Fotografía de Fan Ho

Bien, ahora, en la fotografía, así como en la literatura donde hay mil temas diferentes, con todo y narradores, espacios, personajes, etc., también hay mil elementos que hacen que haya muchos estilos tan diferentes. Por ejemplo, en la fotografía de moda: todo planeado, calculado, maquillistas, modelos y estilistas. Luego, la fotografía de eventos sociales: sí, tal vez todo no está tan planeado, pues tienes que retratar a los recién casados cuando se den su primer beso o en el bautizo cuando al bebé le echan agua en la cabeza, pero son muchos los momentos en los que puedes tener la oportunidad de retratar aquellas escenas o incluso, recrearlas. Pero hay un estilo de fotografía  en específico que no nos permite tardarnos, no nos deja dudar ni pedir permiso, no nos da tiempo de cambiar el lente o de decirle a los coches y peatones que pasan que se quiten, pues es sólo ese momento y nada más. Lleno de instantes premeditados y una gran intuición: la fotografía callejera o Street Photography.

Uno de mis fotógrafos favoritos, no sé si precursor o no, pero que sirve bastante para ilustrar este estilo es Fan Ho, nacido en China en 1931. Sus obras se distinguen por este juego tan complejo y, una vez más, preciso entre sombras y luces, fuertes contrastes en monocromo, puntos de fuga y composición increíbles, todo eso en la vida callejera en Shanghái y Hong Kong. Fotografías que realmente aprovechan todos los elementos dentro de las escenas de la vida cotidiana: la calle, los comercios, gente común y corriente, pero representados de la manera más bella y genuina posible.

Igualar la calidad de las fotografías tomadas por Fan Ho es algo muy complicado, primero por la gran sensibilidad que representa, y segundo porque estas fotografías tienen una carga narrativa muy compleja que no todos pueden lograr. Considero que muchas veces, en el Street Photography se van a lo chusco o sólo a composiciones interesantes, y aunque esto también tenga su mérito, no abarca una complejidad más trascendental. Y por eso es que hay otro fotógrafo que me encanta, que incluso diría que se acerca a la genialidad de Fan Ho: Juan Carlos Pinto.  

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Fotografía de Juan Carlos Pinto

Nacido en Zacatecas, este fotógrafo mexicano se ha dedicado a retratar los elementos de la vida citadina de Tokyo, con todo y su ruido, sus luces, su velocidad, su enormidad… todo. Al igual que Fan Ho, sus fotografías se distinguen por estos contrastes de luz y sombra, pero Pinto no se queda estático, él también sabe aprovechar el movimiento y lo inestable de las situaciones para crear composiciones tan interesantes que contradice este punto anterior sobre lo preciso como estático. Pinto nos demuestra que no es así, que incluso entre tanto movimiento y caos, podemos representar la vida de manera exacta. Y una vez más, aparece este elemento de la precisión. Captar con tanta precisión un elemento tan espontáneo pero a la vez tan perfecto y lleno de trascendencia y reflexión es algo que rememora al haikú. Y bueno, al igual que Tablada, Juan Carlos Pinto nos demuestra esta gran sensibilidad y complejidad tan japonesa a través de sus ojos mexicanos.  

Así, las fotografías de Fan Ho son silenciosas, las de Pinto son llenas de ruido y color. El haikú suena como la brisa matutina pero realmente nos está gritando que nos estamos yendo poco a poco, entre instante e instante. Y entre todas estas contradicciones estéticas es donde la vida realmente se encuentra. Sí, respondiendo mis preguntas del inicio, claro que lo preciso puede ser representado de manera estética. El haikú y la fotografía de calle son dos expresiones bastante apasionantes que en su aparente sencillez, gracias a su precisión y sensibilidad engloban lo complejo que es el darnos cuenta de que nuestra existencia puede ir llegando a su fin (al menos terrenal) de manera imperceptible, tanto así, que sólo los mejores son capaces de retratar esa finitud, de atrapar el fluir del agua con sus manos y la existencia misma del ser con sus ojos de manera tan precisa como el salto de una rana en el viejo estanque. Y qué más hermoso el ver que en México tenemos a genios como Tablada o Juan Carlos Pinto, que se han percatado de estas nociones que aunque están patentadas como japonesas™ -el haikú, el mono no aware, la vida agitada de Tokyo- al final no son más que verdades universales humanas y que han sabido captarlo y capturarlo también. Y para concluir:  

La vida es, sí,

breve como un haikú:

aquí acaba.

Por si quieres ver más fotografías de Juan Carlos Pinto