En el marco del día de la mujer el próximo 8 de marzo, hablaré de un tema que estructura mi forma de vida: el feminismo.[1] Así pues, quería abordar la lucha de las mujeres africanas por el reconocimiento de sus derechos. Sin embargo, en el África no puede hablarse de un único “feminismo”. En realidad, el mismo uso del término es problemático, un hecho que responde a circunstancias sociales muy complejas que iré desglosando a continuación. Por tanto, mi intención no es profundizar en estas discusiones teóricas, sino simplemente dar un panorama general de la crítica de las mujeres africanas y de sus propios postulados. En ese sentido, daré un breve resumen de la perspectiva teórica de la cual parten, el pensamiento poscolonial, que nos permita entender sus planteamientos. Sólo así nos resultará más sencillo comprender por qué las aportaciones de las mujeres africanas en los diversos campos (la pintura, las letras, el cine, etc.) no se proclaman feministas aunque aboguen por la reivindicación de las mujeres del continente.

Ahora bien, los estudios poscoloniales (de una enorme importancia para la configuración de los feminismos africanos) comienzan a ganar notoriedad, principalmente, a partir de la década de los ochenta.[2] Su postulado es contundente: la colonización no ha terminado. En palabras de Chandra Mohanty, teórica del feminismo poscolonial en la India, este hecho implica tanto una relación de dominación estructural de un país sobre otro; como una supresión, a menudo violenta, de la heterogeneidad de los sujetos involucrados (1988, p.52). Así, el colonialismo conlleva el establecimiento de un poder desigual (ya sea económico, político, militar, cultural e incluso psicológico) entre los distintos países (los del “primer mundo” sobre los del “tercer mundo”). En consecuencia, Occidente[3] ha obtenido el papel preponderante en la producción, interpretación y aceptación de todo tipo de conocimiento (¿se han preguntado por qué nuestra historia universal únicamente gira en torno a los sucesos de Europa y de Norteamérica? ¿Es que acaso Asia, África y América Latina no han participado en el desarrollo de la humanidad desde el campo de las ciencias, las artes y la medicina? ¿O es que su aporte ha sido nulificado e invisibilizado por siglos?).

En ese sentido, la crudeza del colonialismo se expresa (y se mantiene hasta hoy en día) en la esfera psicológica y cultural (un dominio tan poco perceptible que el colonizado no es consciente de su existencia). Dicha estrategia consiste en la creación de dicotomías a partir de las cuales se configura al tercer mundo (como civilizado/atrasado, racional/irracional, normal/diferente, riqueza/marginación, progreso/pobreza; en donde las primeras se adjudican a Occidente). Así entonces, Occidente construye y nos presenta al resto del mundo con base en una interacción desigual en la que él resulta favorecido. Además, nos lleva a normalizar sólo las categorías y los conocimientos que él produce (y que, eso sí, nos presenta como “universales”); al tiempo que invisibiliza lo procedente del ‘otro’ (Nandy, 1983). Por tanto, la característica distintiva del poscolonialismo es “su intento de visibilizar cómo la situación de privilegio de Occidente se ha forjado, de hecho, gracias a la marginalización económica, política y cultural de gran parte del mundo” (Landaluze y Espel, 2015, p.38).

Así entonces, los feminismos africanos parten de dicha postura poscolonial. En definitiva, las africanas cuestionan el discurso feminista occidental que, desde una posición estructural de poder, han impuesto su agenda política como la única válida (Mohanty, 1988, p.51). Es decir, para las africanas el feminismo ha creado concepciones ‘universalizantes’ de los derechos de las mujeres fundamentadas en una tradición individualista de Occidente; sin tomar en cuenta las necesidades ni las preocupaciones de las mujeres de otras partes del mundo: para ellas, la supuesta “visión homogeneizadora de la igualdad de género”, basada únicamente en intereses feministas identificados en Estados Unidos y en Europa, se ha convertido en una forma más de colonialismo. Como señala la sierraleonesa Filomina Chioma Steady,[4] la representación que los distintos feminismos occidentales hacen de la mujer del “Tercer Mundo”, como un grupo homogéneo y sin poder, la limitan a un ser apolítico y pasivo, ignorante, pobre, sin educación, limitada por sus costumbres, restringida a la familia. En contraste, la (auto)representación de la mujer occidental es todo lo contrario (moderna, libre, emancipadora, con control sobre su cuerpo y su sexualidad); una dicotomía que no resulta neutra (1981, p.29). Porque, del mismo modo en que sin el discurso y la configuración de lo No-Occidental no habría un Occidente, sin la “mujer del Tercer Mundo” no existiría esta imagen de la mujer occidental.[5] Afirma: la una habilita y sostiene a la otra.

En efecto, Steady fue la primera en desafiar el estereotipo tan extendido de la mujer africana oprimida que necesita ser liberada por la ideología feminista occidental. De hecho, propugna que el feminismo debe tomar en cuenta las cuestiones propias del modo de vida africano, así como reconocer el papel tan importante que las mujeres africanas han desempeñado a lo largo de la historia (como es el caso de Ngola Nzinga).[6] De esta manera, subraya que para la mujer negra las opresiones de género siempre han estado unidas a otras formas de dominación como la esclavitud, el colonialismo y el racismo. Además, resalta la inexistencia de lo que denomina una “visión monolítica del patriarcado”, esto es, una forma única de sometimiento masculino, ya que, en su opinión, la violencia machista debe ser teorizada e interpretada dentro de cada una de las distintas sociedades (y no sólo a partir de la opresión que ha ejercido en Occidente). Incluso ha recordado que las complejas conexiones entre las economías del primer y del tercer mundo han tenido un impacto profundo en la vida de las mujeres de estos países, una variable que ya no puede ignorarse (para ellas, cuestiones que tradicionalmente no se han considerado feministas, como el acceso al agua potable, también deben ser incluidas en este movimiento).[7] Con base en dichos puntos, Steady proclama: “para las mujeres africanas los enemigos no son los hombres negros, sino la historia” (1981, p.36).

De esa manera, algunas africanas se identifican con el feminismo, otras lo rechazan por aludir únicamente a una realidad occidental; las más se solidarizan con los términos propuestos por autoras africanas. Surge entonces una necesidad de crear sus propias denominaciones, lo que Pinkie Mekwge[8] ha designado como The Politics of Naming ‘La política de nombrar’, con la intención de construirse a sí mismas por primera vez (2008, p.21). Así, la mayor parte de las ideas y producciones de las mujeres africanas, si bien no se reconocen ‘feministas’, sí luchan por una reivindicación a favor de transformaciones sociales profundas que permitan nuevas oportunidades para las mujeres del continente (Pérez, 2011, p.5). Por tanto, con el paso del tiempo se han desarrollado diferentes corrientes ‘feministas’ en África (cuyos postulados y distinciones no abordaré por el momento pues sólo me interesa recalcar que no puede hablarse de un único movimiento de mujeres en África): el womanism, african womanism, stiwanism, motherism, nego-feminism. Si bien son distintas, convergen en puntos importantes como la capacidad de autonombrarse y autodefinirse de las mujeres africanas, así como en el deseo de decolonizar el feminismo, esto es, de reconocer la necesidad de corregir universalizaciones y de visibilizar los mecanismos de dominación occidentales. Porque si el término ‘feminismo’ tuvo su origen en Occidente, el feminismo no es Occidental y, por ende, no puede limitarse a la adición de las mujeres procedentes del ‘Tercer mundo’ a un proyecto feminista dominante que se autoproclama universal.

Ahora bien, en el campo de las letras persiste ese rechazo al término ‘feminismo’, mas no a su contenido. Es el caso de gran parte de las escritoras africanas del último siglo, entre ellas la zimbabuense Tsitsi Dangarembga[9] y la senegalesa Mariama Bâ[10] (a quienes ya les dedicaré su propia columna), que, a pesar de ser reconocidas como feministas en sus planteamientos, no se declaran abiertamente como tal, pues señalan otra vez las contradicciones procedentes de este movimiento en Occidente. Así, la autora nigeriana Buchi Emecheta[11] sostiene que por el sólo hecho de escribir sobre la vida cotidiana de las mujeres africanas se le ha tildado de feminista, y agrega: “pero si ahora soy feminista, entonces soy una feminista africana con la ‘f’ pequeña” (2007, p.553). En concreto, la escritora ghanesa Ama Ata Aidoo[12] denuncia que, como autora de obras de teatro, en muchas ocasiones Occidente la hizo sentir como si le hiciera un favor en escucharla. Incluso manifiesta que el título de ‘feminista’ proviene de una crítica literaria que no está acostumbrada a personajes femeninos que carecen de la debilidad que se espera en las obras de ficción occidentales (1998, p.23).

En efecto, hablar sobre “feminismo(s)” en África es reconocer una multiplicidad de perspectivas existentes. Sin embargo, entre todas estas corrientes, al igual que en la puramente Occidental, resalta un principio compartido de vital importancia: la articulación a través de la resistencia. Así, las mujeres africanas, se consideren o no feministas, están desarrollando proyectos para visibilizar el trabajo de sus compañeras dentro y fuera del continente. Es el caso de Ama Ata Aidoo, la actual directora ejecutiva de Mbasen (organización dedicada a la visibilidad de las autoras africanas). Porque, de hecho, la rebeldía y el cuestionamiento se hacen presentes en la pluma de las mujeres africanas como lo evidencia Stella Nyanzi, una activista y académica ugandesa arrestada y recluida en 2017 en la prisión de máxima seguridad de Luzira en Kampala, capital del país, con cargos por ciber acoso y comunicación ofensiva derivados de la publicación de sus poemas, desafiantes del poder político y social establecido, en la plataforma de Facebook. El siguiente es un fragmento de su poema Women Shall No Longer Wait:

Las mujeres ya no esperarán a los hombres tímidos

Para luchar por la liberación de Uganda

Empacamos misiles en nuestros propios bolígrafos y granadas en nuestras bocas

Y disparamos nuestras verdades a la dictadura

Las mujeres ya no esperarán a los hombres ciegos

Para llevarnos a la hermosa tierra prometida

Engrosamos los músculos de nuestras piernas

Y nos conducimos nosotras mismas hacia la libertad en bicicletas y autos

Las mujeres ya no esperarán a los hombres sin rostro

Para cortejarnos, amarnos o complacernos[13]

Es el caso también de Billie Zangewa, pintora malauí sudafricana, quien retrata en varias de sus obras a la mujer africana en su cotidianidad. Su trabajo más conocido es “El Renacimiento de la Venus Negra” (2010) en la que adapta la famosa pintura de 1486 de Sandro Botticelli, “El nacimiento de Venus”, a Johannesburgo, la ciudad más grande y poblada de Sudáfrica. Además, reemplaza a esa mujer blanca tradicional que capta de inmediato la mirada masculina por una mujer negra que, con una banda alrededor del cuerpo que contiene la frase ‘Ríndete de todo corazón a tu complejidad’, se presenta como una diosa contemporánea. Por último, el material con la que está hecha, un tapiz de seda tejido a mano, hace referencia a un oficio tradicionalmente femenino en África.

Billie Zangewa, “El Renacimiento de la Venus Negra” (2010). Collage de seda tejido a mano. 127 x 130 cm. Colección Gervanne y Matthias Leridon.

Para conocer más del trabajo de Billie Zangewa.


Bibliografía

Aidoo, A. A. (1998). Literature, Feminism and the African Women Today. Challenging Hierarchies: Issues and Themes in Colonial and Postcolonial African Literature (pp. 15-36). Peter Lang.

Emecheta, B. (2007). Feminism with small f. African Literature. An Anthology of Criticism and Theory (pp. 551-557). Blackwell.

Landaluze, I. y Espel, L. (2015). Los feminismos africanos. Las mujeres africanas “en sus propios términos”. Relaciones Internacionales. Feminismos en las relaciones internacionales 30 años después. Universidad Autónoma de Madrid.

Mekwge, P. (2008). Theorizing African Feminism(s). The ‘Colonial’ Question’. An African Journal of Philosophy, 20(1-2), 11-22.

Mohanty, C. (1988). Under Western Eyes. Feminist Scholarship and Colonial Discourses. Feminist Review, 30(1), 51-80.

Nandy, A. (1983). The intimate enemy. Loss and Recovery of Self under Colonialism. Bombay Calcutta Madras.

Pérez, B. (2011). Otra manera de sentir: feminismos negros, género y estudios literarios en el África Subsahariana. Africa World Press.

Steady, F. (1981). The BlackWoman Cross-Culturally. Schenkman Publishing.

Sudarkasa, N. (1996). The Strength of Our Mothers. Africa World Press.


[1] Por el término ‘feminismo’ entiendo una teoría y práctica política articulada por mujeres. Es un movimiento social que supone una toma de conciencia crítica que denuncia las discriminaciones que las mujeres sufren por el simple hecho de ser mujeres. Varela, N. (2008). Feminismo para principiantes. Ediciones B.S.A.

[2] Algunos señalan la publicación de Orientalismo (1978) del teórico y activista palestino Edward Said como el hito fundador de la corriente de pensamiento poscolonialista. Sin embargo, las mujeres han denunciado también este tipo de dominación y han contribuido de igual forma a su estudio como es el caso de Gayatri Spivak, filósofa y teórica india que introdujo el término ‘subalterno’ (1988) para referir a los grupos marginalizados.

[3] La extensión restringida de ‘Occidente’, usada en los estudios poscoloniales, engloba a Canadá, a los Estados Unidos, a Europa, a Australia y a Nueva Zelanda. El término ‘occidental’, entonces, sirve para denominar a una zona particular del mundo y a una cultura específica (mundo/cultura occidental).

[4] Feminista procedente de Sierra Leona, un país del África Occidental. Ha publicado diversos trabajos sobre el papel de las mujeres africanas, como Women and the Amistad Connection (2001) y Women and Colective Action in Africa: Development, Democratization and Empowerment (2006).

[5] De hecho, Chandra Mohanty (1988) proporciona ejemplos de esa representación de la mujer africana: en 1983 se publica el libro Women of Africa: Roots of Opression de la escritora feminista italiana María Rosa Cutrufelli. En él afirma que todas las mujeres africanas son dependientes, y que su único trabajo es en la prostitución. Sin embargo, las africanas no pueden reducirse a un grupo homogéneo caracterizado por sus dependencias y faltas de poder (p.59), ya que con esto se les niega cualquier especificidad histórica de ser algo más.

[6] De hecho, Niara Sudarkasa (1996), una reconocida antropóloga africanista, proporciona información sobre el papel de la mujer africana en la época precolonial con la intención de reconocer algunos periodos históricos en los que las africanas gozaron de poder e influencia considerables. Señala entonces que en algunos reinos y tribus los ancianos (tanto hombres como mujeres) tenían puestos destacados. En realidad, la asignación de las diversas tareas estaba fundamentada en la edad y no en el género (p.170). Dicha postura es compartida por Oyèrónké Oyèwumi, académica nigeriana, en African Women & Feminism. Reflecting on the Politics of Sisterhood donde realiza un estudio del papel de la mujer en las tribus Ibo de Nigeria.

[7] Señalan también cuestiones puramente africanas como: la pobreza extrema, el dominio de las mujeres adultas sobre las jóvenes, el privilegio de los descendientes varones frente a las hijas, los fundamentalismos religiosos (islámicos, cristianos y de religiones tradicionales), la opresión entre y hacia las co-esposas, etcétera.

[8] Pinkie Mekwge, de Etiopía, es Dr. en Filosofía en Estudios de Género. Ha sido directora adjunta en la Oficina de Educación Internacional y Asociaciones de la Universidad de Botswana y oficial en el programa del Consejo para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales en África (CODESRIA).

[9] Escritora y directora de cine nacida en Rhodesia (actual Zimbabue) en 1957. Es conocida por su libro Nervous Conditions, el primero publicado en inglés de una mujer negra zimbabuense, el cual fue premiado y adaptado al cine bajo el nombre de Neria en 1992. La obra retrata la vida de Tambudzai y su lucha por acceder a la educación en una sociedad colonial que la discrimina por ser pobre, mujer y negra. Por tanto, muchas editoriales (cuyos regentes eran hombres blancos) le cerraron las puertas. Logró publicar su novela hasta 1988 por Women’s Press.

[10] Escritora y activista senegalesa (1929-1981). Fue una ferviente defensora de los derechos de la mujer en África y crítica del sistema neocolonial que imperaba en las recién constituidas naciones independientes del continente. Su única novela terminada en vida, Une Si Longue Lettre “Mi carta más larga”, se considera ya un clásico de la literatura africana: el libro, generalmente considerado feminista, trata sobre las cartas que le escribe una viuda musulmana, Ramatoulaye, a su amiga Aïssatou en las que le desvela su vida.

[11] Escritora nigeriana (1944-2017). Autora de más de 20 novelas que giran en torno a la esclavitud, la maternidad, la libertad y la independencia, a través de la educación, de las mujeres en África.

[12] Autora de obras de teatro nacida en Ghana en 1942. Su única obra traducida al español es Our Sister Killjoy ‘Nuestra Hermana Aguafiestas’ que retrata el viaje de una estudiante ghanesa a Europa. En ella se hace explícito un sistema desigual que remarca las diferencias entre el mundo occidental y el africano. La crítica la ha tildado de ‘anti-occidentalista’, razón por la que sólo ha sido traducida a unos pocos idiomas.

[13] Traducción propia. Para leer el poema completo en su idioma original: https://africanfeminism.com/women-shall-no-longer-wait/