Ya les conté en la columna sobre American Dirt que a principios del año pasado tomaba un seminario sobre literatura testimonial y novela política y en el abordábamos el desarrollo e impacto de la literatura en la sociedad. Me encantaba tomar ese seminario, las cuatro horas que llegaba a durar se pasaban rapidísimo, y al final de cada sesión siempre quedaban preguntas que no se responderían en ese momento, ni en la siguiente clase, se quedarían en nuestra mente para que lentamente se convirtieran en organismos vivos y poco a poco cada uno fuera encontrando la respuesta. Muchos años pensé que leía mala literatura y también pensé que las personas que leían eran mejores sólo por hacerlo. Estas ideas estaban alimentadas por las inconfundibles reseñas que aparecen en las portadas de las obras que las califican de “inigualables”, “geniales”, “una lectura imperdible”. Y es en ese momento que la literatura ya no está al alcance de todos ya que una reseña dictada por un grupo de élite llevará a la obra a un exponencial crecimiento en el marketing y por la tanto a un alce desmedido en su costo de adquisición. La literatura no es política por tratar temas de consciencia social o hablar de la situación de los inmigrantes en la frontera, lo es cuando llega al alcance de todos y no sólo a un grupo de personas que tiene la facilidad económica de adquirir las obras.

Este mecanismo también se ha encargado de desprestigiar cierta literatura o enaltecerla no por la obra en sí misma sino por lo vida privada y pública del autor. Gabriel Zaid tiene un texto titulado El secreto de la fama donde afirma “Lo que llama la atención es el autor, aunque la obra se pierda de vista. Hablar de los escritores interesa más que leerlos” (9). Conocemos más a los autores que a las obras. Pongo de ejemplo a Elena Garro, escritora mexicana que en vida tuvo una larga trayectoria como dramaturga, poeta, novelista, periodista, etc, es decir, una escritora completa. El 2016 fue el año de Elena Garro, “el resurgimiento de su obra”, eran los cien años de una de las escritoras más importantes de México., pero también fue el resurgimiento de los chismes que giraban alrededor de ella; sobre su exilio, ser una doble agente de la CIA, llamar a los intelectuales cobardes por la masacre del 68, su relación con Octavio Paz, etc. Y así la gente dejo de hablar de Garro como escritora y de su vasto catalogo de obras para hablar su vida pública y privada. Al día de hoy tiene más relevancia (con esto no quiero decir que no sea importante) El asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui que Los recuerdos del provenir. No es casualidad que a partir de que la vida de Elena Garro se convierte en tema de conversación el sello editorial Penguin Random House decida publicar toda la obra de Garro, ahora si con los títulos de “novela imperdible” que eleva su costo excesivamente. Tampoco se puede pasar por alto las veces en que su obra llevaba un cintillo que la calificaba como “Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares,. inspiradora de García Márquez y admirada por Borges”.

Este mecanismo que engrandece o desprestigia a un autor tiene unas bases muy bien cimentadas en lo que calificamos como “buena literatura” o “mala literatura”. Yo soy estudiante de Letras y debo decir que Rayuela me parece una de las novelas más aburridas que he leído. Estos dos hechos me han costado una serie de críticas, no sólo de maestros sino también de compañeros que enaltecen y glorifican una obra como la máxima de su género. Balún Canán de Rosario Castellanos y Chin Chin el teporocho de Armando Ramírez me parecen dos obras geniales; de la primera se dice que la voz de la niña protagonista es inverosímil y de la otra ya no se dice nada, parece que no vale la pena hablar de ella. No se puede generalizar un gusto y tampoco se puede hablar de literatura universal si los estantes de las librerías siguen llenos del canon literario, algunos atrevidos colocan a los escritores emergentes en el final del librero, ahí, escondidos; que raro es encontrarlos si no han escrito para convertirse en un bestseller. Claro que lo diferente llama la atención, pero en el sistema de ventas es más rentable ofrecer unas cuantas opciones y que estas sean las mismas en todas las librerías.

Tal vez estoy dando a entender que todo el canon literario es malo, no busco eso. El canon literario no es malo. Son los promotores de cultura quienes lo han hecho malo, no por lo que la obra diga o por un arbitrario gusto personal sino porque cierran las puertas a descubrir nuevas narrativas y lo que provocan es que las personas enaltezcan obras y autores. Y sí, conozco mucha gente que no ha leído a los “clásicos” pero saben que son obras magníficas y lo afirman con mucha seguridad. Esto no es producto del esnobismo, sino de lo terrible y efectiva que es la publicidad y cómo penetra en lo más recóndito del sistema de creencias.