Los viajes siempre se convierten en grandes anécdotas para contar, el día de hoy Mariana Pou Moragues nos comparte un cuento desde Argentina.

Sé que tiene que ser toda la verdad, pero en ciertos momentos la memoria me bandea. Éramos siete, eso sí lo recuerdo. Lo sé porque éramos mamá y nosotras, las seis hijas.

Cinco y media de la mañana y el colectivo que sale de la ciudad de Viedma directo a Puerto Madryn. Es verano, pero la Patagonia es fría en las horas de la madrugada. Estamos vestidas de short y ojotas y camperas de jogging. Algunas con pañuelos alrededor del cuello. Si alguien tuviera alguna duda, seguramente se ahorraría la pregunta: nos vamos a la playa.

El colectivo toma la ruta nacional 3 y por ella nos lleva rumbo al amanecer lento de la Patagonia. Cruzamos las chacras de idevi, a las afueras de Viedma. Los frutales están repletos de ciruelas, duraznos, manzanas. Sí, manzanas porque es Río Negro. Pasamos por Zanjón de Oyuela y, frente a nosotras, aparece la ruta casi recta que nos lleva a San Antonio Oeste. De sus playas tengo el recuerdo de innumerables conchillas y el cielo tan inmenso como lo era el mar. Lentamente, el paisaje va cambiando del verde al marrón y amarillo de los campos sin riego manual. Abajo, el paisaje se torna dorado. Arriba, el cielo cambia en colores fucsias. Parece una pintura de Van Gogh o un rápido boceto hecho por las manos de Dios.

Después pasamos por el Balneario Las Grutas y por Sierra Grande, que supo tener la mina de hierro más grande de toda Sudamérica. Derecho, recto y con curvas, llegamos a Puerto Madryn. Bajamos mochilas y bolsos, sombreros para paliar el sol de enero y tapar nuestras narices tan blancas como el resto de nuestra piel.

Desayunamos en la estación de ómnibus; dejamos todos los bolsos y valijas en la entrada. Parece un acampe femenino: lleno de flores y colores rosados. Nos ubicamos como podemos alrededor de la mesa. En el centro de todas está mamá, como la reina del baile de fin de año.

Unas horas después sale el colectivo hacia la Península Valdés. Camino a Puerto Pirámides, nos reímos y charlamos. Pasa el guarda con los tickets para vender y mamá compra para todas de una vez. El señor se asombra. «¿Son todas suyas?» Sí, somos todas de ella. Las seis. Y el pasajero fantasma también, aunque nadie lo sabe. Seguimos de largo y dejamos el cartel con la historia de El Principito detrás. No me enteraré de que existe hasta un par de años después, cuando un amigo me envíe una foto por correo.

El pueblo de Pirámides es un paraíso en el destierro eterno del año laboral. Es el recuerdo de la casita de té con las masitas secas que nos comimos. Es el banco del bar donde nos sentamos a tomar una cerveza. Es el boliche nocturno que de día se vuelve biblioteca, con la puerta roja y el letrero con fondo negro y letras blancas. Puerto Pirámides es el mar donde nos bañamos todas: mamá, mis cinco hermanas, el pasajero inesperado y yo.

Nos instalamos en la cabaña más grande que había en el complejo. Cada una tenía una cama, excepto dos que compartieron una matrimonial. El acompañante fantasma también se instaló con una de nosotras, aunque nadie lo supo. Estaba allí, en todos lados y en ningún lugar a la vez. Tomó Heineken del pico, se compró una remera, se bañó, en malla y vestido, en el mar celeste donde aprendimos de nuevo a amarnos unas a otras. Amarnos de nuevo. Siete más uno.

El tiempo pasó bajo el Sol. No recuerdo ningún día nublado. Sol; siempre Sol. Y noches que se tendían sobre la aldea como una suave sábana oscura que, sin embargo, era luminosa a veces.

El último día comimos rabas con papas fritas. La comida con más aceite que he comido en mi vida. Tanto así que mi hermana menor estuvo vomitando toda la noche. El pasajero inesperado también. Así nos fuimos despidiendo de la cabaña, de la casa de té, de la biblioteca, del bar. Así nos despedimos también de la playa, con un último paseo que tenía sabor a poco, ganas de más.

La vuelta trajo rutinas, aunque todas nos trajimos algo de Puerto Pirámides. Excepto mi hermana menor. Ella lo había llevado sin saberlo y lo descubrió unos días después de volver. Era el pasajero inesperado que crecía en su vientre y a quien ya le elegía su nombre.

Acerca de la autora

Mariana Pou Moragues nació en Capital Federal (Argentina) hace 35 años. Creció junto a sus seis hermanas en una chacra cerca de Viedma, Río Negro. Escribe relatos y novelas desde joven, con los que ha participado en algunas ediciones de revistas.

Es correctora de textos y trabaja para una editorial universitaria, a la vez que en una oficina legal como administrativa. El presente cuento surge de un viaje real con su madre y hermanas a la Península Valdéz, Chubut. Para ellas lo dedica.